José Almeida es licenciado en Ciencias Históricas y posgrado en Turismo Cultural. Actualmente es subdirector de la revista ‘Nova Águia’, miembro del consejo de MIL – Movimento Internacional Lusófono, colaborador de los periódicos ‘O Diabo’ y ‘Agora’, traductor, editor, e investigador del Centro de Filosofía de la Universidad de Lisboa. Es coautor de varias obras colectivas ligadas a la historia, filosofía y cultura portuguesa. Organiza desde 2015 las Tertulias de cultura portuguesa en Oporto.

Portugal ha registrado hasta el momento 70.000 casos y 1.930 fallecidos por Covid-19. Pese a que compartimos 1.214 km de frontera, la diferencia con España, más de 683.000 casos y de 50.000 fallecidos, es enorme. Sin embargo, en el aspecto económico Portugal ha sufrido una caída del PIB del 14,1%, el mayor descalabro de los países europeos solo por detrás de España. ¿En qué se ha diferenciado la gestión de la pandemia? ¿A que se debe el descalabro económico?

Es imposible dar una explicación sin acudir al origen del problema. La causa del descalabro económico de Portugal tiene una razón muy simple, la fragilidad de nuestra economía desde el 25 de abril de 1974. Desde esa fecha, Portugal no ha tenido un plan estratégico o nacional. Circunscrito a su dimensión europea, Portugal ha sido rehén económicamente de los mercados internacionales y de los grandes grupos económicos. Si el comunismo y el sindicalismo socialista acabaron con la industria portuguesa en los primeros años tras el golpe de estado de abril, el capitalismo liberal y el mercado común patrocinaron la destrucción de nuestra flota pesquera y promovieron el abandono de nuestros campos. Mientras Portugal abdicaba de su soberanía e independencia política y económica, el proyecto de Bruselas de convertir a Portugal en un país de turismo y de otros servicios ligados al sector terciario fue tomando forma. Un país que no produce es un país sin futuro y, en Portugal, la población fue engañada por sucesivas generaciones de políticos que les hicieron creer que sería posible mantener una economía nacional basada en el turismo. Además de la saturación y degradación del nivel de vida de las poblaciones de los grandes centros turísticos, la transformación provocada por una inversión turística no regulada, y casi siempre destructiva de otras áreas económicas, ha creado una ilusión frágil y precaria de enriquecimiento. Dicho esto, el resultado está a la vista. En apenas seis meses de crisis, la falta de visión económica de nuestros gobernantes casi nos condena a una nueva quiebra. Para empeorar este escenario, Portugal sufre desde hace 46 años un problema gravísimo de corrupción sistémica que aborta cualquier tentativa o posibilidad de reconstruir la economía nacional. Recientemente, Paulo de Morais, un político social demócrata desilusionado con el rumbo de nuestra democracia, publicó un libro muy esclarecedor de esta realidad, titulado “El pequeño libro negro de la corrupción”. Ahí está todo. El Covid-19 fue solo otro acontecimiento que desencadenó el descalabro económico. La diferencia con España es que, por la presión de la población, se tomaron las primeras medidas en cuanto aparecieron los primeros casos, pero, al igual que con el turismo, nuestros gobernantes lidian con la pandemia sin una planificación o estrategia clara, día a día, esperando poder minimizar el daño para asegurarse la próxima reelección.

Es evidente que esa anticipación en la toma de medidas es la que ha marcado la diferencia entre nuestros países, pero ¿defiende la izquierda portuguesa los mismos mantras progresistas que la izquierda española con respecto al Covid-19?

Desde luego, la izquierda ha utilizado la pandemia para avanzar en su agenda. El estado ha regado de subvenciones al lobby LGBT cuando no había dinero para pagar los sueldos de los bomberos. Creo que son muy significativas las declaraciones de Antonio Guterres, socialista portugués y secretario general de la ONU: “La pandemia es una demostración de lo que todos sabíamos: milenios de patriarcado han resultado en un mundo dominado por los hombres con una cultura dominante masculina que nos daña a todos – mujeres, hombres, niñas y niños”.   

En Portugal hay un gobierno socialista, presidido por Antonio Costa, que recibe apoyos puntuales del Bloque de Izquierdas y de los comunistas. Hasta el 2019 hubo una coalición de todos estos partidos y los verdes que, curiosamente, fue elogiada por organismos como el Fondo Monetario Internacional o la Comisión Europea. En España nuestro gobierno socialista-comunista solo avanza en proyectos de ingeniería social, como la eutanasia, o en limitar las libertades, como la recién anunciada ley de memoria democrática. ¿Qué política sigue la izquierda portuguesa?

Las políticas de izquierda, así como las políticas liberales, tienen una raíz común, reflejando las dos caras de la misma moneda. Las aparentes diferencias entre la izquierda internacionalista y los liberales globalistas solo sirven para animar el simulacro democrático que ayuda a camuflar el monolitismo gris del globalismo. Si la izquierda cumple la agenda liberal forzando las falsas causas humanistas, sociales y humanitarias que reivindica, los liberales se aprovechan de esa falsa ética izquierdista, conquistando a las masas a través de una colonización mental que busca normalizar la idea de un mundo sin fronteras. Ahora, como bien sabemos, ese mundo sin fronteras no es nada más que un mercado global. En ese sentido la política portuguesa está bien vista por el FMI o la Comisión Europea. Podemos decir que la izquierda portuguesa ha jugado su papel en esta gran agenda globalista, atacando a la familia, a algunos sectores del ejército y de las fuerzas de seguridad, y a la Iglesia. El revisionismo histórico de la izquierda portuguesa no es, por ahora, tan peligroso como al que asistimos en España. Sin embargo, algunas figuras de partidos de extrema izquierda y de asociaciones como SOS Racismo, verdaderos pirómanos sociales, han intentado subvertir nuestra memoria histórica colectiva, aprovechando casos como el de George Floyd para señalar un problema de racismo sistémico que Portugal, de hecho, nunca ha sufrido. Como en España y en el resto de Occidente, la inversión de valores, el culto a la muerte y la destrucción también están sucediendo en tierras lusas.    

Un asunto en el que los socialistas portugueses parecen haber copiado a los españoles es el del control de los medios de comunicación. Hay tres grandes cadenas: RTP, pública y dependiente del gobierno, SIC, privada y dirigida por el hermanastro del primer ministro, y TVI, hasta ahora en manos del Grupo PRISA y cuyo nuevo máximo accionista también está relacionado con Antonio Costa. ¿Queda algún medio libre en Portugal?

Si exceptuamos PNR o el recién creado Chega, nos encontramos que incluso la llamada “derecha política” necesita un sello de aprobación y legitimación del régimen. Esto también se refleja en los medios de comunicación que, en gran parte, se limitan a reproducir las noticias difundidas por nuestra agencia de noticias – Lusa. Los pocos periodistas que hacen frente al régimen, exponiendo su corrupción, acaban destituidos o con sus programas cancelados por la presión del gobierno. La censura en Portugal es cada vez más evidente e incuestionable. Por ejemplo, recientemente el gobierno subvencionó a los medios en una supuesta acción de ayuda a la prensa, pero ese falso mecenazgo solo premió a los grandes grupos para comprar su colaboración. Por tanto, nos encontramos con pocos medios de información libres, destacando el histórico ‘O Diabo’ – semanario político independiente fundado en 1976 –, o ‘Agora’ – periódico trimestral nacionalista –, y el diario online ‘Notícias Viriato’, dirigido por António Abreu.    

En las elecciones celebradas el año pasado, el partido Chega, literalmente, ¡Basta!, obtuvo un diputado y ha colocado a su líder André Ventura en el parlamento. La formación se ha afiliado en Europa con Identidad y Democracia, el grupo de Marine Le Pen, y ha recibido los calificativos de ultra, extrema derecha, populista, neofascista, etc. ¿Qué representa Chega? ¿Supone un cambio importante en la política portuguesa?

Desde la aparición de Chega los portugueses hemos empezado a hablar más de política. El partido ha sido un fenómeno mediático, trayendo algo de emoción a la política nacional. Recientemente el historiador italiano Riccardo Marchi ha escrito un libro sobre este joven partido, y ha sido víctima de un linchamiento intelectual y de persecución institucional por parte de otros académicos e intelectuales vinculados a la izquierda y a la extrema izquierda. Todo porque este investigador y profesor universitario no ha asociado a Chega con etiquetas ridículas como “fascista”, “extremista”, “racista” u otros calificativos asociados comúnmente a este partido. Esa polémica hizo correr ríos de tinta y llevó a muchas personas a cuestionarse la libertad de pensamiento en la sociedad portuguesa. Este caso muestra bien el terror de la casta dominante ante el ascenso meteórico de una fuerza política que promete una oposición real. En ese sentido, la aparición de Chega fue bastante importante. Sin embargo, no creo que el resurgimiento nacional pase por la vía partidista. Nuestro problema es sistémico. Sin el fin del régimen impuesto el 25 de abril de 1974, jamás conseguiremos revertir la degradación moral y político-social de nuestra sociedad. Chega, pese a sus muchas diferencias con los demás partidos, no deja de ser un partido nacido de la III República. Su afiliación al grupo Identidad y Democracia parece más un intento de legitimación del partido a nivel nacional que la búsqueda de una afirmación internacional. A diferencia de sus homólogos italianos y franceses, su programa político sigue siendo bastante flexible y es seguro que sufrirá cambios en el futuro, ajustándose a un electorado muy heterogéneo. Al fin y al cabo, las intenciones de voto al partido liderado por André Ventura continúan caracterizadas por la marca de la protesta contra 46 años de corrupción, tiranía e incapacidad.

A pesar del cierre de fronteras y las limitaciones a los movimientos de personas impuestas por el Covid-19, España sigue recibiendo un flujo constante de inmigración ilegal. ¿Cuál es la situación en Portugal?

En Europa se está produciendo una invasión desde que las democracias occidentales decidieron hacer una ‘tabula rasa’ de la historia, olvidando que, desde la antigüedad, la defensa de Europa se ha hecho y asegurado fuera de sus fronteras. En Portugal, solo muy recientemente comenzaron a llegar los primeros inmigrantes ilegales. Los movimientos nacionalistas e identitarios más activos hace mucho que alertaron de esta inevitabilidad. Estaba bastante claro que sería una cuestión de tiempo antes de que los ilegales comenzasen a desembarcar en nuestras costas. Los primeros ensayos para la creación de una ruta de tráfico de personas que finalizaba en Portugal tuvieron lugar en el primer semestre de 2020. Desde entonces han llegado con regularidad pequeños grupos de ilegales, siempre oriundos de Marruecos. Las autoridades marroquíes declinan responsabilidades, mientras que el estado portugués, ansioso del protagonismo mediático “políticamente correcto”, desautoriza a los organismos de inspección como el Servicio de Extranjería y Fronteras que ya alertó de la realidad de estas redes, alegando falta de medios y de voluntad política para combatir este problema. No obstante, el gobierno portugués siempre se ha mostrado disponible para recibir y acoger migrantes de otros países. Afortunadamente para nosotros, no somos el destino al que aspiran. Respecto al Covid-19 y al movimiento de personas, no deja de ser curioso que durante el período de confinamiento Portugal continuó recibiendo vuelos internacionales de diversas partes del mundo, sobre todo de Brasil y de antiguos territorios portugueses como Cabo Verde o Angola. Curiosamente, en países como Cabo Verde, los pasajeros estaban sujetos a pruebas y controles sanitarios para entrar o salir del país. Aquí era posible entrar y salir sin ningún tipo de control, mientras las autoridades confinaban a los portugueses en sus casas. Otra prueba de la improvisación del gobierno para lidiar con una situación que no fue catastrófica porque Dios no lo quiso.

¿Cómo se ve desde Portugal la situación en España?

En Portugal las noticias sobre España siempre se han seguido de cerca y la cuestión del Covid-19 no ha sido diferente. Por un lado, el gobierno ha procurado asustar a los portugueses con las cifras de la pandemia en España, pero, por otro lado, no ha habido grandes críticas hacia el gobierno español, con el que ha mantenido un estrecho dialogo desde el inicio de la pandemia. Al fin y al cabo, pertenecen a la misma gran familia política y, precisamente por eso, prefieren señalar a figuras como Donald Trump y Jair Bolsonaro, dos chivos expiatorios. La situación en Portugal nunca ha sido preocupante, sobre todo porque los portugueses han estado un paso por delante de su gobierno cuando aún se desconocía esta situación y se tardaba en tomar decisiones. Hoy, el creciente número de infectados en España ha sido presentado como una inevitabilidad derivada de la naturaleza del virus y usado como excusa para seguir ejerciendo el control de la población mediante el miedo. En ese sentido, España ha sido un barómetro del desastre, como lo fue Italia a principios del año. Aunque el gobierno español se ha mostrado mucho más duro que el portugués en la aplicación de ciertas normas, está claro que ambos países obedecen a la misma agenda internacional, encabezada por instituciones como la  ONU o la OMS. 

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