¿Tienen culpa los fieles? Pues sí, también ellos, porque ellos también forman parte de la Iglesia, y sus pecados tendrán. Pero para dirigir el cotarro, ellos no tienen culpa prácticamente, porque no pintan nada. Tal vez por no exigir más a los supuestos pastores, pero eso no es el quid de la cuestión que abordamos.

Cuando una empresa empieza a tener resultados negativos más que notorios, deben saltar todas las alarmas y los responsables de la política empresarial deben realizar un examen serio de todo su quehacer. Porque una empresa emprende el camino trazado por sus directivos. Si no marcha bien, es a ellos a los que hay que exigir la responsabilidad. ¿El camino señalado es el correcto? Se lo deben preguntar los que señalan el camino. En la Iglesia igual.

Dicen que la Iglesia en Cataluña se haya prestado a los equívocos nacionalistas, y de allí esta cosecha. Seguro que ese rumbo tiene mucho que ver con los resultados, pero no es el único, y también es otra consecuencia más de un rumbo tomado por la jerarquía de toda la Iglesia medio siglo antes. Porque los resultados no son para tirar cohetes ni en Madrid tampoco, ni en Francia, ni en Italia, etc. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado que una organización tan poderosa por la influencia que era capaz de ejercer, en todos esos países, ahora no pinta nada? Una institución que en el pueblo más perdido tenía una iglesia desde la que dar culto a Dios e instruir correctamente a los fieles. En su buena parte. Una organización que por lo mismo influía enormemente en el tejido social. ¿Y ahora dónde está esa influencia? Ahora la Iglesia como si no estuviera. Para algunos tal vez es deprimente oírlo, pero es así, y lo saben. ¿Quién es el culpable, pues?

Hace 50 años (51 para ser más exacto), se ha consumado el cambio en la liturgia milenaria de la Iglesia. Esto a su vez ha sido adaptación necesaria a la nueva doctrina aparecida en el Concilio Vaticano II. Podríamos decir que la idea base de este concilio ha sido la concepción de la Iglesia. Esta ya no es “la única” Iglesia verdadera – no lo dicen explícitamente -, sino junto con la “ortodoxa” y las confesiones protestantes – esto se puede deducir - participa de alguna manera de esa “Iglesia de Cristo”, según los padres conciliares. Lo cual es la traición a todo lo que enseñaba la Iglesia Católica de sí misma durante siglos, desde el principio.

[El arte moderno profanador. El nuevo retablo en la iglesia de San Clemente en Drolshagen, Arzobispado de Paderborn. Han dicho a los fieles que la imagen representa la “Asunción de la Virgen”. El Santo Tomás que recibe la cinta sería el de la derecha. Hay artes peores, pero este es de los más locos. Vuelve al hombre, y no tendrás fin en tu descaminar]

De allí el ecumenismo; de allí el nuevo concepto de la libertad religiosa. Esta antes era ligada al derecho del hombre a conocer y dar culto en la religión verdadera, y ahora se basta con lo que el hombre desee o piensa, aún estando equivocado. A lo que antes se toleraba, ahora se le daba pleno derecho. En resumen, “liberté fraternité égalité” en la Iglesia. O la revolución de octubre en la misma, según el pretendido teólogo Congar.

Otro resumen, más conciso todavía: de Dios como centro, se pasó al hombre como centro. Sí, en realidad era eso. De allí la nueva liturgia, con los curas mirando al pueblo (el pueblo que irónicamente está desapareciendo, por la esterilidad del error). Del órgano de Bach, a la guitarra de Bob Dylan. Del latín culto y refinado, la chabacanería regional.

Empezamos con la corrupción de la fe, y se termina con la de la moral. En Alemania acaban de demostrar que es posible bendecir lo que siempre era llamado pecado, y que no pasa nada. Ahora bien, que un cura pruebe decir la misa en latín según el rito tradicional, y verá si le echan o no. Técnicamente hablando, con ocasión del CVII ha tenido lugar el golpe de estado en el Vaticano, cogiendo posiciones claves en la estructura visible de la Iglesia Católica los que no comparten su fe. Se empezó con Juan XXIII sugiriendo que la Iglesia debe abrir ventanas para que entre el aire fresco – lo cual es una barbaridad inconmensurable, porque la Iglesia en sí tiene todo lo que necesita, y fuera de ella no necesita ni verdad ni virtud – pasando por Pablo VI que después del desastre de los años setenta se quejaba inútilmente “En la Iglesia ha entrado el humo de Satanás.” ¿Pero no tenía nada con el fuego Vd.? Para finalmente llegar hasta el camarada Bergoglio. Naturalmente todo esto se arregla haciendo unas cuantas canonizaciones, de Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II. ¿Santos de qué? De los desastres provocados. ¡Pero que no oiga yo que alguien lo cuestione! Lo cuestiona la realidad, los hechos, las consecuencias, las doctrinas. Lo cuestionan las piedras que gritan. Lo cuestionan las palabras “Por sus frutos los conoceréis”, y “Si la sal se vuelve sosa, no sirve sino para echarla fuera...”. Santos de Novus Ordo Missae para Novus Ordo Seclorum. Así la inmensa mayoría de los católicos fue entregada al servicio de las cosas mundanas. En España en concreto, el franquismo fue socavado no por la izquierda principalmente, sino por los representantes del Vaticano. Todo aquello de estado confesional ya no molaba, si no daba asco. Neutralizado el aparado visible de la Iglesia, las consecuencias sociales tuvieron que ser las que fueron, y con cuyos restos nos encontramos todavía hoy. En el sequeral que nos toca vivir.

¿Nos rendiremos? Cosa imposible. Pero hemos de saber que en el error no podemos batallar. Para ello hay que formar mentes en las fuentes verdaderas. Eso se hace empezando por los círculos locales de los dispuestos a despertar.