Palabras de cara a la galería. Se las lleva el viento. La clase (y casta) política nos tiene acostumbrados; sobre todo, por estos lares patrios. Hoy, nada puede pillarnos por sorpresa.
 
Las tragaderas de los gobiernos occidentales son tan profundas como la perversión e inoperancia de las inútiles instituciones o el abismo de incipiente desesperanza que se asoma al dantesco paisaje del aeropuerto de Kabul. Los orcos recién llegados a la capital afgana han inoculado su veneno, impuesto su ley y borrado no sólo sonrisas, sino rostros de aquellas afganas que, con el fundamentalismo por bandera, se han vuelto a convertir en enemigas del Islam por el mero hecho de haber nacido mujer. 
 
Mientras tanto, infamia y humillación recorren los EE.UU. y Occidente, sus poltronas y pasillos de poder, al mismo tiempo que se producen cobardes quejas y lamentos por parte de gobiernos, asociaciones y organizaciones de indigno significado y falso compromiso con el acrónimo que las ampara. El miedo guarda la viña y el silencio de sus voceros (y voceras) se ha transformado en la más sonora evidencia y lamentable complicidad de aquellas pancartas, altavoces y consignas de sus subvencionadas algaradas. Las avalanchas en estos casos son para otro tipo de misión. La pasta pública y el postureo de las redes sociales no entienden de tragedias humanas, esas miles de microhistorias que se generan en un nuevo muro de las lamentaciones junto a las pistas de aterrizaje de la zona militar.
 
La gestión de estos carcas de estómagos agradecidos está a años luz de una solución a un problema que, como tantos otros, tiene el mismo índice de esperanza que el que se encuentra en las carreteras aledañas al aeropuerto de Kabul, en el sollozo ahogado por las armas de un pueblo afgano atemorizado, enjaulado, cautivo ante la radicalidad de unos captores que "milagrosamente" empiezan a ser blanqueados e, incluso, bendecidos por los otrora defensores del progre-buenismo.
 
Allí, impera la dictadura del "kalaka", el latigazo fácil, la lapidación del verdugo de turno y las exhibiciones coránicas en rezos acompasados por ráfagas de los de gatillo fácil. Su munición se ha encargado de matar la esperanza, de mandarla al exilio, con esa versión canalla, yihadista o fundamentalista, de la cacareada "religión de paz", la de piel de cordero que pulula por tantas ciudades y mezquitas de la "buenista" y decrépita Europa, este viejo continente que hoy entona su pesar en modo gagá.
 
No hay resistencia. La sumisión ha triunfado; está impuesta, aquí y allí. La disidencia tiene los días contados o, si la suerte acompaña, un boleto de lotería de un asfixiante espacio en la bodega de algún avión de evacuación que, fruto de la improvisación y culmen de la nefasta intervención de la OTAN, parte de Kabul con escasos pasajeros (o ninguno) ante la fuerte presión de milicianos pertrechados junto a vallados y muros del territorio aeroportuario de la capital.
 
Ciudadanos de Jalalabad, Asadabad o barrios capitalinos de Kabul lo han probado en sus carnes o, peor aún, con su propia vida cuando han celebrado su independencia del Imperio Británico hace escasos días. Son, serán los siguientes en pasar por la taquilla del registro doméstico y su ajusticiamiento por exhibir la tricolor en vez de la "sangrienta y democrática" bandera del nuevo emirato islámico.
 
No hay salida en esa ratonera. No hay países limítrofes y de posibles, practicantes del Islam, que hayan dado un paso al frente para acudir al socorro de Afganistán. No hay resquicio alguno en una nación fallida que, a lo largo de su historia, fue la tumba de imperios y poderosas naciones.