Todo estaba a punto de ocurrir.

Desde la Presidencia debía partir la orden, como en el 36. El límite de la paciencia hacía mucho tiempo que había sido sobrepasado con mucho. La oposición se estaba pasando de castaño oscuro, merecían un escarmiento y punto.

Estaban hartos de aguantar sus quejas, sus enfrentamientos con la realidad, sus mentiras. Pero…. ¿Quién pensaban que eran?

Por más que se les avisaba, por más que se les decía que las decisiones las tomaban ellos por voluntad del pueblo. Que el Gobierno contaba con el apoyo mayoritario del mismo. Así lo habían dicho las urnas.

Colorados, Petarras, Debemos y Talufos, habían sumado suficiente.

¿Cómo podían oponerse a las decisiones que se tomaban en beneficio del pueblo? Y más en una situación de alarma sanitaria y económica como en la que se encontraba el país.

La subida de la luz, la bajada de las pensiones, dejar morir a los débiles, la falta de soluciones sanitarias, las medidas tomadas, aunque fueran equivocadas, ¡no se puede acertar siempre!, la libertad de los presos, los indultos, la libertad de los ocupas para actuar, la reducción de  las penas, la eutanasia, el recorte de las libertades, la práctica disolución de las cámaras con el gobierno por decreto, la limitación de la libertad de expresión, el manejo de los medios de comunicación, las subidas de impuestos, las mentiras,  todas las medidas se habían tomado en beneficio de un pueblo cuya oposición no veía más allá.

Se les avisaba a diario a través de los medios de comunicación y de las redes sociales, incluso con luz y taquígrafos se les dijo, son “vuestras últimas palabras”, “cierren al salir”, “nunca se os volverá a escuchar aquí”. Suficiente.

Se dará la orden al Ministerio de Orden Social para “detener, recluir y reeducar” al líder de la Oposición. Tenían que ser drásticos.

Pero cuando fueron a poner el nombre en el documento, comenzaron a hacerse patentes los problemas del gobierno y la duda. ¿Quién era el Jefe de la Oposición? ¡No iban a detenerles a todos los que se oponían! No habría gulag suficiente y eran más que ellos, así que mientras unos decían que el líder del partido de la Penita Pobarde, otros lo descartaban porque no era suficientemente significativa su representación y además daba pena y el que ocupase su puesto siempre sería más peligroso.

Otros preferían y decían que sería más disuasorio si se detenía al líder de la Extrema Voz, pero si la representación de su partido era todavía menor, su eliminación sería, además, aplaudida por parte de los de la Penita Pobarde y eso no.

La oposición menos oposición eran los del Partido Limoncito, que no es que no se lo mereciesen, por su don en el desconocimiento de la situación ante cualquier problema y en su falta de toma de decisiones. Lo pedían especialmente los talufos por ganarles una vez. ¡Algo imperdonable!, pero como decía Debemos, al ser su líder una mujer y por muy igualitarios que quisiéramos parecer, no quedaría nada bien en su lucha contra la “violencia machista” y además no eran nadie.

Estaban ante un problema de imposible resolución si no querían romper el gobierno y había que tomar una solución.

Y la tomaron por unanimidad.

El Consejo de ministros en pleno, después de recoger las vacunas suficientes para la segunda dosis (la primera se la habían puesto como grupo de riesgo), llenar todas las maletas posibles con oro del Banco Central y siempre pensando que era lo mejor para un pueblo que se merecía todo de ellos, hasta tener que abandonar el país por el que lo habían dado todo. No podían permitirse perder el poder, ¡sería nefasto para el pueblo! Tomaron un avión y volaron a Valenzuela, país hermano, que los recibía con los brazos abiertos, abiertos para un gobierno del pueblo y en reciprocidad con quienes habían hecho tanto por ellos y por el pueblo valenzuelano. Y siempre, siempre, siempre pensando en los pobres del mundo, famélica legión.