A punto de superar, con secuelas, la que esperemos sea la primera y única oleada de coronavirus, podemos y debemos hacer una valoración de su impacto socioeconómico. Los cerca de 30.000 fallecidos y la caída de PIB próxima al 30% son suficientes para comprender el alcance de la crisis. A ello hay que sumar el impacto sobre la educación a todos los niveles a pesar del encomiable esfuerzo y dedicación de nuestros profesores y maestros.

También debemos valorar a nuestra clase política en general y a los distintos gobiernos, central y autonómicos en particular, ya que a ellos tendríamos que repercutirles los hipotéticos éxitos, pero también la gravedad y frialdad de las cifras que mencionábamos al inicio del artículo.

Advertíamos hace semanas, al principio de la pandemia, que una de las principales causas del brutal impacto del coronavirus fue sin duda el retraso en la aplicación de medidas preventivas por parte del Estado y de las Comunidades Autónomas. O no se enteraron de lo que venía, lo cual es dudoso ya que los antecedentes de China e Italia lo avisaban claramente, o no quisieron enterarse esperando que se solucionara solo.

Pero cuando se enteraron la respuesta lejos de ser constructiva y coordinada, es decir, de Estado, se plasmó primero en mirar hacia otro lado y después en la bronca y el teatrillo. Con la boca pequeña, sabedores de su corresponsabilidad, bien en el ámbito del gobierno central (ahí callan los socio comunistas) bien en los gobiernos autonómicos (ahí calla el resto).

Igualmente grave resulta ser el hecho de no querer enterarse de lo que ha pasado y así evitar intervenir y arriesgar. Es más fácil y menos peligroso mantenerse en la distracción, es decir, en la bronca cómoda que les permite no tener que coger el toro por los cuernos.

Además, la clase política se ha dado cuenta, y esto es muy peligroso, de que el recurso humano es capaz de superar con su sacrificio una crisis sanitaria. Lo cual puede invitarles a dejarse llevar por el camino de las promesas y no corregir ni una sola de las deficiencias estructurales y organizativas detectadas.

Por ello, cuando no están de bronca están prometiendo. Pero ni siquiera saben prometer. Ni para prometer muestran esfuerzo y pertinencia. Que si una paga extra para los sanitarios, que si un macro hospital para emergencias. No se han enterado de que los sanitarios lo que merecen son sueldos dignos y acordes con el alto nivel de cualificación científica demostrada y no paguillas extra. Tampoco han llegado a entender que lo prioritario frente a una pandemia es la medicina preventiva y la salud pública despolitizada y no macro estructuras sanitarias. Que para hospitales de emergencia todos los que han querido ver han visto como nuestras Fuerzas Armadas, nuestro querido Ejército, es capaz de ponerlos en funcionamiento en horas.

La conclusión que saco es que han fallado y faltado muchas cosas y para colmo otras muchas han sobrado. Queda claro que nuestros gobiernos no esperaban ni estaban preparados, ni en lo personal ni en lo logístico, para hacer frente a una crisis de esta envergadura. De ello nos dimos cuenta al inicio de la pandemia y el Jefe del Estado posiblemente antes, lo que explica que no haya aparecido en escena evitando que el dúo Sánchez-Iglesias con sus socios independentistas le cargaran el mochuelo.

Pero a falta de Jefe de Estado nos ha sobrado un Presidente del Gobierno permanentemente en los medios de comunicación propios y extraños, junto con sus ministros, especialmente el comunista, vendiendo y justificando su letal gestión y sometiéndonos a una cruel pesadilla.

Han faltado ministerios capaces de coordinar e integrar, sin radicalismos y han sobrado ministros aburridos carentes de carisma y competencia, incapaces de destacar, de estar a la altura de los ciudadanos.

Ha faltado protección y apoyo a los profesionales sanitarios, a nuestros mayores y medidas efectivas para ayudar a trabajadores, autónomos y empresarios, al turismo, a la agricultura y han sobrado aplausos, discursos, promesas políticas estériles y rentas clientelares.

Ha faltado un estado de alarma adecuado en el tiempo y alcance y han sobrado decenas de normas dictadas a su sombra, ajenas a la pandemia, ideológicas y con la marca del oportunismo rancio de la izquierda.

En fin, que ésta sea la única oleada o la única crisis y si la hubiera o la hubiese que su gestión caiga en manos de hombres y mujeres con sentido patrio, con miras de Estado, con espíritu de servicio real y efectivo. Resumiendo, parecidos a la mayoría de los españoles de a pie.