Decía el filósofo Bianyuán en su libro Chúncui lixing de piping que “lianjié shì duoyáng xing zongué tonyí de daibiao”. No importa que no lo hayan entendido. Yo tampoco. Lo verdaderamente importante es que ese enunciado leído en chino suscita en nuestro cerebro una musicalidad que no consigue infundir su versión en castellano. Y todo ello gracias al milagro de la tecnología moderna materializado en el traductor de Google: se escriben unas palabras en castellano en el apartado correspondiente al idioma de origen, se selecciona un idioma de destino, se pulsa una tecla y se obtiene inmediatamente su traducción e incluso su transliteración al alfabeto latino.

Con este sencillo método he encontrado la equivalencia del apellido del filósofo alemán Immanuel Kant y de su magna obra Crítica de la razón pura con los ideogramas chinos y con esa fonética tan evocadora del trino de los pájaros cantores de Viena. Y ya estamos en condiciones de pasar a analizar esa frase que dijo Bianyuán y que traducida del alemán al español se entiende aún menos que en chino: “la conexión es la representación de la unidad sintética de la diversidad”. No quiero decir -como diría un filósofo- que no se entienda per se y en su propia mismidad desde un punto de vista ontológico, sino que para comprenderla en toda su amplitud es preciso estudiar filosofía diez horas al día durante tres años descansando solo los domingos.

Podríamos acudir al contexto y quizás la clave nos la dé la oración inmediatamente anterior: ”El concepto de conexión (verbindung) lleva consigo además del concepto de diversidad y de la síntesis de esta diversidad, el de unidad de esta misma diversidad”. Pero ahora mismo no me veo con fuerzas para desmenuzarla. En realidad he llegado a este punto para formular mi teoría de que todo razonamiento es inútil salvo que lo reconozcamos como la vía adecuada para llegar a entender que no hay nada comprensible más allá de las verdades aparentes. Para empezar, la historia de la humanidad no es inteligible para la razón: es una sucesión de guerras, crímenes y catástrofes de todo tipo que parece solo tener como fin convertir al ser humano en una fábrica de sufrimiento. Todas las religiones nos instan a cultivar esas virtudes que florecen del dolor físico y espiritual al tiempo que condenan la concupiscencia, a la que nos tienta el Diablo para desviarnos de la senda que conduce a la salvación del alma. Pero ¿es esto razonable?, ¿tiene sentido que Satanás exista?...

Yo no lo veo, pero como estoy convencido de que existe llego a la conclusión de que las leyes ocultas que rigen tanto el devenir de la historia como las que regulan el comportamiento de la naturaleza son, en última instancia, absolutamente ilógicas (unlogische, para que nos entendamos). Un niño pequeño puede creer que si suelta una pelota de su mano el hecho de que se caiga al suelo es algo lógico, aunque no conozca la ley de la gravitación universal de Newton. Pero si se le trata de explicar que la razón última de ese fenómeno tan aparentemente sencillo está en la curvatura del espacio-tiempo se pondrá a patalear de rabia y no parará hasta que lo llevemos al circo. ¿Y qué me dicen del extraño comportamiento de los fotones virtuales, que viajan hacia atrás en el tiempo y pueden ser absorbidos por electrones antes de haber sido emitidos por ellos mismos, eh?...Esto es como si yo pido cita con mi dentista para que me empaste una muela picada y justo antes de entrar en su consulta me la encuentro ya empastada. ¿Hay algo entonces más importante que la razón para el ser humano? Sí: el mundo de los sentimientos.

El amor, por ejemplo, es más importante que la razón y de hecho nos hace perderla o, al menos, encontrar otra razón de distinta naturaleza, lo que viene a añadir una razón más para desacreditar a la misma razón, o sea para asegurar, con un alto grado de certeza, que no nos importa para nada ni la razón pura ni la razón práctica, y que Kant podía haberse dedicado a alguna labor más pura y más práctica en vez de legar a la posteridad una obra tan abstrusa, que solo iba a crear dolores de cabeza a los estudiantes de bachillerato, porque ninguno de los grandes científicos a los que debemos nuestro actual nivel de conocimientos iba a perder el tiempo leyéndosela.

Dicho esto, solo me queda recurrir a la rima ondulante para demostrar rotundamente el postulado que previamente he formulado, ya que toda explicación de los fenómenos naturales tiene mucho que ver con la mecánica ondulatoria, y la poesía es algo tan natural como la leche merengada. Lean esto y mediten si tengo o no tengo razón:

La diosa Razón

La Razón, diosa sensata,

a la lógica sujeta

todo aquello que medita

con un tesón que denota

una paciencia absoluta.

Y esta diosa es, sin disputa,

la que al humano le dota

de ese don que necesita

para alcanzar cualquier meta

por la que luche y combata.

Por eso quien la maltrata

es posible que cometa

una torpeza infinita

y pase por ser idiota

o una persona muy bruta.

Más también hay quien tributa

a esta diosa una devota

adulación inaudita

a manera de profeta

y entonces mete la pata

porque a veces desbarata

su plan con alguna treta,

pues no es un alma bendita

cuya bondad no se agota

cual Teresa de Calcuta:

Es soberbia y le refuta

sin admitir su derrota

lo que el amor le suscita,

pues al amante receta

medicina tan ingrata

que no la acepta y acata.

Porque el amor no respeta

a quien lo frena y limita,

a quien lo mide y acota,

pues con su fuego transmuta

una astilla diminuta

en una bomba que explota

en la mano que la agita

porque no puede estar quieta.

Ved si no cómo arrebata

la cordura y cómo ata

el corazón y lo aprieta

del hombre que se ejercita

en esta lid que le brota

del pecho cual dulce fruta

pero que luego permuta

esa nube en la que flota

y que su dicha concita

por la zozobra que inquieta

y por la pena que mata.