El vivir no es tarea fácil para nadie, pero cuando ves hacia donde caminamos o nos llevan, la crisis económica, moral y sanitaria, y a lo que ya hemos llegado, se te ponen los pelos de punta. De la sociedad, en este caso de la española, se dice toda suerte de improperios: vagos y maleantes, o pillos y mangantes. Muy envidiosos... que ya no caben más tontos, o más "hijoputas" por kilómetro cuadrado, etc., y lo malo es que los piropos al final vienen a ser ciertos. (Óigase "La república de los tontos", en Es Radio) Una crítica social directa de lo más acertado.

Uno de mis trabajos, que salió aquí hace pocos días, hecho sobre la razón de Camilo José Cela, en "Las nueve señales del hijoputa", adonde muestra con gran certeza y habilidad los vicios, y malas costumbres, podemos observar cómo coinciden con los siete pecados capitales. Recibí respuesta de algunos amigos, señalando en conocidos comunes, las marcas o características que llevan los así calificados. Es gracioso, y parece cierto. Pero esto es la sociedad. Ni que decir tiene que lo que se ha fomentado son los vicios y pecados, impulsados desde los politicastros que se hacen con el poder engañando al pueblo. Por eso y aunque el pueblo no sea bienhechor, hacen más daño con el ejemplo que con el pecado. No en vano han llegado a ser casta, en honor a sus trampas y privilegios, categoría que se han adjudicado sin pertenecerles, y predicando lo contrario. Con estos rectores egoístas y embusteros la sociedad no puede ser buena. Pero es que la clase política, en este caso, la casta, sale de la sociedad, y ésta la lleva al poder, y hay una relación directa entre ambas. De esta pescadilla, ya viciada, que se muerde la cola corrompida, del pescado que empieza a corromperse por la cabeza, no se podrá salir nunca, salvo, tras una enorme confrontación de consecuencias incalculables. Una revolución que pondría el mundo del revés y lo destruiría. Por eso solo vamos a peor, por muy duro que sea imaginarlo. Pues este pueblo endemoniado nuestro además de todos los defectos, extremos y abusos, vicios o pecados, tiene uno más y que es el más gordo e imperdonable: lo poco que se quiere así mismo y que es tanto como lo mucho que se odia. Por eso no se perdona, y en su desesperación llega a la guerra. Máxime cuando la extrema izquierda en el poder, logra dividir a los españoles y precisamente en torno a la guerra civil. Que la sociedad está hecha polvo, es una evidencia. Su base no es el amor y el perdón como manda la iglesia que fue extirpada en la guerra civil, que hoy quieren repetir, atizando el mismo fuego que iniciaron, aquella vez igual que hoy. El egoísmo individual es tan grande como la insolidaridad con los demás. El amor y el perdón, no existen. Sólo la discordia, el odio, el rencor y la guerra. Las consecuencias son bien palmarias.

Mis trabajos llevan casi siempre una crítica social porque es el prójimo lo que más me preocupa. Nadie tiene conciencia, de una oreja, por ejemplo, hasta que no le duele. El mundo, aunque ancho y ajeno, pudo haber viajado hacia el bien, para mejorarse, pero creo que se ha torcido en el camino, por propia voluntad. Ya no podemos hacer nada más que lamentarlo, y no tirar la toalla ni darlo todo por perdido; eso nunca se debe hacer. España demostró varias veces en su historia ser un gran pueblo. Y lo era hasta que se metió el demonio dentro a envenenarla, y a hacer de las suyas. Mis escritos reflejan el tiempo que vivimos, y el pasado en su contraposición con el presente. Al final es como una conversación entre amigos, en la que concordamos con dolor y cierta conformidad franciscana: bueno, ¡que lo vayamos contando! Es la última razón de vivir. Una razón que se puede tornar sinrazón cuando nadie la entiende y la invade una niebla espesa de fría soledad.

Mi gratitud para los que me escuchan y entienden, es infinita. Eso es la comunicación. La poesía que te hace levantar de la silla cuando lo que lees, te sublima. O la música que además de escucharla, la oyes, y la sientes metiéndose entre tus vísceras. Esa última razón que te permite reconciliarte con la vida y acercarte a entender un poco la existencia confusa, y adivinar, que tú no lo querías así, que te has extraviado en el camino, que te hubiera gustado otra cosa mejor y no la has conseguido, pero que ya eres consciente de tu incierta y equivocada realidad.

 

Ahora, cuando los años y avatares del camino, aminoran las potencias del alma, y pierdes capacidades, y palabras, ves cómo se van los amigos (mi álbum de fotos está lleno de muertos), dejando ese gran dolor inexpresable, y cómo se imponen las inexorables leyes de la naturaleza. Ahora se hace más patente que nunca, el refrán: de bien nacidos es ser agradecidos. Pues las cosas que me faltan por decir, o que no sé expresar, se quedan en lo inefable. Y allí están y estamos todos, porque lo inefable existe. Si hemos nacido, quizá sea para soportar ese grado de impotencia. Para ser bien nacidos y agradecidos, bajo los designios del Cielo.