La colonización yanqui de España comenzó desde el instante mismo en que decidimos dar cabida en nuestras casas, como si fuera un miembro más de la familia, a la televisión. A partir de ese momento, uno a uno, los estereotipos de la sociedad norteamericana fueron calando en nosotros, convirtiéndose en auténticos paradigmas que, en muchos casos, hemos imitado, cuando no asumidos como propios.

Poco a poco, algunas costumbres, determinadas conductas, incluso muchos giros idiomáticos han ido dando de lado, con la complicidad necesaria, claro está, de los medios de comunicación, a otros propios e intrínsecamente nuestros.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, estamos llegando a tales extremos de estupidez que ya solo nos falta celebrar el llamado “día de acción de gracias”, toda vez que supongo que el 4 de julio, día de la fiesta nacional de los yanquis, nadie tratará de imitar por lo que tiene de componente patriótico.

Atrás hemos dejado la fiesta de Todos los Santos que, a cada paso, va perdiendo más su significado tradicional de recuerdo a nuestros antepasados fallecidos, para convertirse en una suerte de carnaval de otoño que, con la denominación de fiesta de Halloween, parece querer alejar a las gentes, en especial a los más jóvenes, de la realidad tangible, tal vez la única de todas, que es la muerte, disfrazándola tras máscaras de esqueletos y brujas.

Es muy posible que la mayor parte de nuestros jóvenes -los niños ya no digamos- sean del todo ajenos a esa realidad que les aguarda, de forma inexorable, al final de sus vidas ya que, intencionadamente, por ese afán insano de la super protección, se les ha alejado de su conocimiento como si se tratase de algo prohibido que es necesario ocultar para que no les produzca un trauma.

Lo cierto es que, tradiciones tan arraigadas en nuestra patria como la visita a los cementerios o la representación del Don Juan van siendo arrinconadas, de forma consciente, dando paso a costumbres importadas desde otros esquemas culturales ajenos a nuestra cultura. Es muy posible que, con nuestra generación, ambas costumbres dejen de tener vigencia y queden para el recuerdo.

También, de un tiempo a esta parte, hemos importado otra costumbre yanqui cual es la del llamado “black friday”, el viernes negro para mejor entendernos, que no deja de ser unas rebajas adelantadas con el fin de fomentar el consumismo en fechas previas a la Navidad.

Sin duda, desde el punto de vista comercial, la medida pueda ser acertada, sin embargo, lo que no acertamos a comprender es el motivo de la necesidad de arrinconar nuestro idioma, recurriendo a uno del todo ajeno para bautizar esta fecha. Tal parece, como desde luego lo es, que su traducción al idioma de Cervantes resulta de todo grado incongruente ya que más nos acerca al anuncio de una jornada luctuosa que a la de una fecha jubilosa en la que los precios descienden de manera vertiginosa.

Sin embargo, sea como sea, en estos días y conforme avance el mes mucho más, los anuncios del famoso “viernes negro” se reiterarán y servirán para publicitar tanto las ofertas de los centros comerciales, como las que se registrarán en los precios de los coches, de las gafas e incluso de los libros, utilizando, por supuesto, su denominación inglesa lo que demuestra la poca imaginación que tenemos y el servilismo con el que aceptamos, sin rechistar, todo lo venido de allende nuestras fronteras en perjuicio de lo propio que lo dejamos perder ante la pasividad general.   

Tan solo unos pocos días después del luctuoso viernes, nos daremos de cara con la Navidad donde otro personaje importado, un gordinflón de risa fácil y vestido de un rojo chillón, se hará presente tratando, aunque en este caso creo que sin éxito, de desbancar a nuestros queridos Reyes Magos de Oriente.

Si nos detenemos a pensar, nos daremos cuenta de que el gordinflón este no es otra cosa que un vivo estereotipo, aunque un tanto camuflado, del laicismo imperante hasta el punto de haberse convertido, al menos en los Estados Unidos, en el personaje central de la trama navideña, dando de lado al auténtico protagonista que no es otro que el Niño Dios que viene a la tierra convertido en hombre. No hay más que ver con atención cualquier película o serie televisiva norteamericana para comprobar que tal personaje, más allá de un elemento tangencial de la fiesta, es su auténtico protagonista.

En honor a la verdad hay que señalar que tras una fuerte presión llevada a cabo años atrás, camuflada bajo los siempre socorridos intereses comerciales, el famoso “Santa” no fue capaz de sentar sus reales en nuestra querida España, más allá de esa simplista justificación de algunos padres que argumentan que si los juguetes para los niños se los deja el gordo de marras tienen más tiempo para disfrutarlos que si son los SS.MM. los Reyes los encargados de traérselos, como si todo el año no fuese espacio de tiempo suficiente para jugar con ellos.

Mención aparte merece el árbol navideño que a punto estuvo de desbancar a nuestro tradicional Nacimiento, si bien, de un tiempo a esta parte, se observa que de nuevo la vieja tradición española está en auge.

En resumen, si descartamos que no vamos a imitar a los yanquis en la celebración de su 4 de julio, con la exaltación de su historia, de su bandera y de sus símbolos más característicos toda vez que la malvada izquierda y la miserable ultraizquierda pondría el grito en el cielo, tildándonos a todos de “fachas”, solo nos queda asumir como propio el “día de acción de gracias” que, como a alguna lumbrera se le ocurra, estaremos celebrando a la vuelta de unos años.

Por tanto, que se vayan preparando para cambiar el dicho popular de “está más mosqueado que un pavo en Navidad” para sustituirlo por el más acorde de “está más mosca que un pavo en acción de gracias”. Una coña marinera.

En fin, que nosotros somos así. Un pueblo inmensamente rico en tradiciones y costumbres sin parangón; un pueblo capaz de crear los más importantes arquetipos de la literatura universal; un pueblo con una Historia legendaria que asombró al mundo y que, sin embargo, aceptamos cualquier estupidez que venga de fuera en detrimento de lo auténticamente nuestro. ¡Qué pena!