El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define la voz “tradición” como la “costumbre que prevalece de generación en generación”. De esta forma, el conjunto de tradiciones y costumbres, heredadas de nuestros antepasados, forman nuestro sustrato, el alma de España. Es, por tanto, nuestro deber, como herederos de esas tradiciones y costumbres, recibidas de nuestros mayores, legarlas integras a las generaciones venideras para que estos, a su vez, puedan transmitírselas a los que los sucedan y así permanezcan vivas, como parte nuestra más íntima esencia.

Sin embargo, llevamos años asistiendo, casi impasibles, al intento reiterado de eliminar muchas de las costumbres y tradiciones más profundamente enraizadas en nuestro ADN nacional. Una operación que, junto a otras muchas que se están llevando a cabo, persiguen, como objetivo final, el desarme ideológico de nuestro pueblo y, con ello, liquidar el alma cristiana de España, convirtiéndola en una especie de producto hecho a la imagen y semejanza de aquellos que pretenden dictarnos un nuevo orden que incluye la eliminación de nuestra Patria.

Si nos molestamos en realizar un estudio pormenorizado de lo que estamos señalando, llegaremos a la conclusión de que todo comenzó de la forma, en apariencia, más ingenua e infantil, por medio de la constante inoculación e instalación de arquetipos culturales ajenos a nuestra forma de entender la vida, influenciados por otras culturas ajenas a la nuestra; todo ello, está provocando el paulatino ocaso de alguna de nuestras costumbres más tradicionales y arraigadas, así como la permeabilización de otras del todo extrañas, al menos en el significado que se les quieren dar. Todo ello, bien sazonado, con los paradigmas impuestos por obra y gracia de la sociedad de consumo que impregna la vida, con su espíritu cien por cien mercantilista.

Tal vez, por el hecho de que esta impregnación fue lenta y laboriosa, contando, por supuesto, con la aquiescencia y el concurso necesario de muchos de nosotros, esta penetración ha ido pasando casi desapercibida hasta que finalmente logró instalarse, solapando algunas de esas costumbres que, otrora, formaron parte del ADN de España como Nación. 

Ejemplos podríamos poner muchos, pues los hay; sin embargo, vamos a fijarnos, tan solo, en alguno de ellos.

Empezando por el idioma, de un tiempo a esta parte, estamos asistiendo a la adopción, por parte de nuestra sociedad, de voces, venidas de allende nuestras fronteras, que, lentamente, van sustituyendo a las que hemos usado tradicionalmente a lo largo de los siglos.

Sirva como ejemplo, ese tan manido como ridículo “chao” que, prácticamente, ha desbancado a nuestro otrora “adiós”, “nos vemos” o “hasta siempre”; sin embargo, tal vez por lo absurdo e incluso pedante del vocablo, no merece excesivos comentarios. Más grave es la constante y pertinaz adopción de anglicismos para sustituir a frases y palabras con las que cuenta nuestro maravilloso idioma, con lo que creemos convertirnos en más “chic” o estar más en la onda de la modernidad cursi. Pasemos por alto, si es que hay alguno, aquellos que puedan no contar con una traducción exacta al español; sin embargo, es frecuente escuchar hablar de “marketing”, “pack”, “backstage”, “look”, “selfie”, etc., que todos ellos tienen su perfecta traducción al español. 

Incluso, hemos llegado a introducir en nuestra vida cotidiana denominaciones y celebraciones tales como “black friday”, “halloween”, “summer time”, entre otras. Realmente, solo nos falta celebrar el “día de acción de gracias” y el “4 de julio” para implementar en nuestra sociedad costumbres del todo ajenas a la nuestra.       

Algo similar sucede con las fiestas. Dejando a un lado nuestra “Fiesta Nacional”, toda una seña de identidad, que se encuentra en serio peligro de desaparición, perseguida con ahínco por animalistas, ecologistas y demás ralea, siempre asociada a la izquierda, incluso ahora por la canalla proetarra a la que dicen darle pena los toros, pero no los asesinados por sus correligionarios; todos ellos, sabiamente dirigidos desde instancias muy interesadas en que todas las señas de España desaparezcan, en la inteligencia de que doblegar a una Nación sin alma es tarea relativamente sencilla.

Pero hay más. Fijémonos, por ejemplo, en la denominada “fiesta de Halloween”. Merced a la penetración sistemática en nuestra cultura de esta costumbre, los signos propios de la celebración del día de Todos los Santos van diluyéndose poco a poco.

En estos años, estamos asistiendo al nacimiento de esta costumbre, extraña para nosotros, que bajo la anglosajona denominación de “noche de Halloween” pretende celebrar una especie de carnaval de otoño para así conmemorar lo que los norteamericanos, designan como la “noche de brujas”. Y en este sentido, ya es frecuente ver, cada vez que la fecha se acerca, en colegios infantiles, en pubs y en centros de reunión juveniles grandes carteles que publicitan la noche de Halloween, convocando a todos a una especial celebración, ocultos tras un disfraz de bruja o de fantasma.

Pero sí esta importación es mala, todavía es mucho peor la de “Papa Noel”, el famoso “Santa”, ese personaje gordinflón, barbudo y simplón venido del norte, que, sin tener nada que ver con nosotros, se persona por aquí cada vez que se acerca la Navidad para rivalizar con nuestros Reyes Magos de siempre. 

Llegados a este punto, no deberíamos pasar por alto un hecho, fácilmente contrastable y que a veces pasa inadvertido, cual es que ese te personaje, en la cultura anglosajona, se convierte en el principal protagonista de la Navidad en detrimento del que tendría que serlo por derecho propio: El Niño Dios, hecho hombre.

Pues he aquí que madres y padres se afanan en inculcar a sus hijos la devoción por este personaje, aduciendo las más peregrinas justificaciones, muchas de ellas de tal simpleza como el hecho de que al recibir los niños los regalos el día de Nochebuena tienen más tiempo para disfrutarlos, como si todo el año no fuese más que suficiente para que los niños disfruten con los regalos recibidos la Noche de la ilusión, la mágica y simpar noche de Reyes.

Todo ello sin contar que grandes almacenes y áreas comerciales se obstinan, de forma machacona e impertinente, en imponer a este personaje sin duda con la intención de hacer realidad aquella máxima de “divide y vencerás” en beneficio de sus cajas que notan un incremento de la recaudación en estas fechas, olvidando que las disponibilidades de gastos de cada familia son las mismas y que si logran imponer esta extraña tradición será en detrimento de la tan arraigada de los Reyes Magos.

La colonización anglosajona a la que estamos sometidos, especialmente desde que la televisión se asentó en nuestros hogares, está echando al traste con una buena parte de nuestra cultura tradicional. Si la Coca-cola sirvió como punta de lanza para el desembarco de un inmenso paquete de usos y costumbres, todas ellas debidamente mercantilizadas, a esta le siguió la hamburguesa, tratando de desterrar los bocadillos de toda la vida; después vinieron las palomitas en los cines para sustituir a los caramelos y las pipas; más tarde fueron importadas peculiares formas de vestir traídas de los barrios más bajos de Nueva York y finalmente expresiones, giros idiomáticos popularizados entre la juventud, que han ido ganando terreno a los usados en nuestro rico idioma.

Estamos siendo colonizados y nosotros sin enterarnos. Señas de identidad propias y hermosas se están arrumbando para dar paso a otras sin base ni fundamento, pero que, debidamente vendidas y publicitadas, hacen enriquecer los bolsillos de unos cuantos listillos que se asoman a la televisión o a cualquier pantalla de cine.

La ligereza y la frivolidad con la que estamos tratando nuestras costumbres y tradiciones ponen a estas en serio trance de desaparición, sobre todo cuando son los niños los que reciben el bombardeo de estos mensajes innovadores, siendo ellos los llamados a que estas tradiciones sean legadas a venideras generaciones.

Es preocupante pensar, sin embargo, que otras costumbres o formas de entender la vida, dignas de todo encomio, venidas de allende los mares -el fervoroso amor a la Bandera, por ejemplo- no las tengamos en consideración para nada, ni tan siquiera se enseñen en las Escuelas y Colegios.

Pese a todo, lo más triste es que donde nacen estas costumbres las conservan férreamente, como un elemento de cohesión, no dejando que nada ni nadie se las dañe o deteriore y mostrando cada vez, de forma más enconada, una absoluta impermeabilidad a todo lo que no sea de ellos y pueda surgir de fuera de sus fronteras.

Una prueba de que las costumbres y tradiciones contribuyen a cohesionar el sentimiento de Nación, lo encontramos en esa pertinaz tentativa, a cuya cabeza, como siempre, se encuentra la izquierda y, de manera especial, los separatistas y populistas, de crear nuevos usos y símbolos para implantarlos en aquellos lugares donde, a nivel municipal o autonómico, tienen impronta o gobierno. 

Para ello, acuñan nuevas denominaciones a sus citas festivas, con el fin de eliminar cualquier vestigio de la cultura hispana de raíces eminentemente cristianas, retrotrayéndose a supuestas celebraciones que, al parecer, tenían lugar en tiempos tribales y que, por otra parte, ni tan siquiera poseen base sólida alguna. De esta suerte, la Navidad pasa a ser, exclusivamente, la fiesta del solsticio de invierno, en la misma medida que San Juan lo es del de verano y así, en cada lugar, podemos encontrar muchos más ejemplos que darían para escribir un libro de bastantes páginas.

Basta con asomarnos, por estas fechas, a cualquiera de las ciudades o pueblos donde gobiernan populistas o independentistas, para comprobar el esmerado cuidado que ponen para que la iluminación navideña, con la que se adornan las calles de nuestras ciudades, no guarde relación alguna con lo que estamos celebrando, utilizando simbología que serviría igual para exornar las calles con motivo de la celebración de las fiestas mayores o de la Feria de abril, donde se celebre.

En definitiva, se trata, de una parte, socavar nuestras costumbres más arraigadas, y de otra, de eliminar el sentimiento nacional colectivo, para reemplazarlo por otro, localista y aldeano, en el que los paradigmas de usos, costumbres o personajes están sacados -en la mayor parte de los casos inventados- de tiempos ancestrales, con el fin de reivindicar la personalidad y las señas propias y diferenciadoras de una región o comarca. 

Incluso, algunos de estos mitos inventados se nos antojan hasta inapropiados. Por ejemplo, la progresía separatista gallega, ha pretendido implantar desde que asumieron funciones de gobierno, con ocasión de la celebración de las fiestas que ellos llaman del “solsticio de invierno”, la figura de un extraño personaje, “el apalpador”, que, según no se quien, es el encargado, de acuerdo con “su” tradición, de traer los regalos a los niños. Al parecer, este siniestro personaje, se persona en los dormitorios de los infantes para, después de tocarles la barriga, dejarles los juguetes. 

Es curioso que, en estas épocas en las que todos estamos muy sensibilizados con los problemas derivados de la maldita pederastia, alguien invente un personaje que, por las noches, pone manos sobre los niños mientras duermen.

Pero la cosa no queda solo ahí. Los vascos, se inventaron a su “Olentzero”, un carbonero, gordinflón y desharrapado que es el encargado de traer los regalos a los niños, cuyo origen, probablemente antiguo, se sitúa en la zona de Lesaca y que, a partir de finales del XX, se exportó al resto de la región vasco-navarra como una seña propia de identidad ancestral.

Todavía recordamos aquella pantomima valenciana de las tres matronas republicanas sustituyendo a los Reyes Magos en la Cabalgata del 5 de enero o la subversión de la tradición cuando el Madrid, gobernado por aquella vieja podemita de infausto recuerdo, implantó lo de las “tres Reinas magas”, en un guiño descarado a las feminazis. 

Y, como eso, muchas cosas más o ¿acaso hay quien duda de que, de haber podido, no habrían eliminado ya -lo hicieron cuando la funesta II República- las celebraciones de la Semana Santa? Veremos a ver si permiten que se celebren en 2021, aduciendo que el “bicho chino” puede rondar cerca de las salidas procesionales.

Sin ir tan lejos, a fecha de hoy, planea una sombra negra sobre las próximas celebraciones navideñas. Esta miserable y sectaria dictadura de macarras y chulos de barrio chino, al más rancio estilo bellaco, están planteando, amparándose en la pandemia, que justifica cualquier privación de la libertad más elemental, cargarse la Navidad, con lo cual se eliminaría una de las tradiciones más hermosas y más íntimamente ligadas al alma hispana. Saben muy bien que, una vez eliminada, les resultará más fácil reemplazarla por otra cosa, hecha al gusto y medida de los social-comunistas.

No debemos pasar por alto ni olvidar que ya se llevaron por delante la celebración del 12 de octubre, Fiesta Nacional, aduciendo que no se podía animar a la celebración de grandes concentraciones de público. Sin embargo, no pensaban así aquel lejano 8 de marzo, en el que gritaban a los cuatro vientos que “matan más los hombres que el Covid” y permitieron aquella manifestación político-ideológica feminista. Pero, evidentemente, no es lo mismo, aquellas que se concentraron en marzo eran afines a su causa totalitaria, todo lo contrario que los que saldrían a ver desfilar a las tropas por las calles el día de la Fiesta Nacional. 

Se trata, como hemos señalado de una operación de gran calado. De una parte, hay que eliminar costumbres y tradiciones y de otra, cambiar la Historia, reescribiéndola a su gusto. Hoy, quieren borrar todo vestigio de Franco, mañana le tocará el turno a los Reyes Católicos, a Don Juan de Austria y al mismísimo Pelayo. De hecho, ya pretenden que los niños estudien que la invasión musulmana fue “pacífica y conciliadora”, el colmo de la falacia histórica teniendo en cuenta que aquellos venidos de África asolaron y esclavizaron a España durante siglos. Pero lo grave, es que algún maestrillo o profesorcillo perteneciente a la progresía, explicará eso a nuestros hijos. 

En resumen, que todo esto constituye, por encima de todo, un atentado contra el alma de España con la única finalidad de desarmarla ideológicamente y hacerla desaparecer como Nación. ¿Lo vamos a consentir?