El tirano, para poder someter a un pueblo, lo primero que hace es corromper la sociedad, fomentar sus vicios (es más fácil convencer y gobernar por los vicios) y manipular su pasado, su historia, propiciar su desarraigo (el que controla el pasado, controla el futuro). Inducción a la revolución.

Parte esencial de la sibilina estrategia es, poco a poco si es necesario para no ser evidenciado, tomar la educación de las nuevas generaciones, mientras se abruma con propaganda falaz a la sociedad, que va aceptando por cobardía, comodidad o vergüenza, los nuevos preceptos.

Para tomar el mando del adoctrinamiento, es necesario suplantar los deberes tradicionales de la familia, porque los hijos no «pertenecen» a los padres, sino al Estado, claro.

La familia es peligrosa: sostén de la tradición, transmisora de valores, fuerza y cohesión social, garantía de futuro, equilibrio emocional. Objetivo prioritario, por tanto, de destrucción para la nueva sociedad.

Usurpa la educación; manipula, se inventa la historia, porque, como dijimos, el que controla el pasado controla el futuro. Los héroes se convierten en villanos, las virtudes en error, la religión en fanatismo irracional y dañino.

Para este propósito de descomposición nacional, de la destrucción de la unión sagrada de España, sirvió resultados formidables la transferencia de competencias educativas a las llamadas autonomías, donde se gestaron versiones pervertidas, interesadas, distorsionadas y domésticas de la historia, transmisoras de un odio fatal.

Destruyen el nivel educativo de las generaciones, inventan una nueva ética basada en valores negativos que obligan a seguir y practicar, atontan la capacidad de criterio, abruman el intelecto: pueblo inculto, seguridad del tirano.

Cuando un pueblo se reconoce como heredero de unas virtudes, de una tradición y de una historia, difícil es de dominar (especialmente si se trata del pueblo español, así lo constata una y mil veces la historia), por ello, se hace imprescindible destruir su moral y su capacidad de saberse y reconocerse, y hacerles creer hasta en la nueva normalidad, donde van, definitivamente, a sucumbir.

En la enseñanza se desvanecen las humanidades, para deshumanizar a la persona; se hace optativa con dificultades añadidas, cuando no se elimina, la asignatura de religión; hacen obligatorios adefesios intelectuales y morales como la educación para la ciudadanía, o la aberrante e infame manipulación sexual desde la más tierna infancia y su igualdad o equidad de género, degradación criminal de los infantes, pero, curiosamente, legal.

La Universidad (tan bella y limpiamente definida ya en las Partidas de Alfonso X el Sabio), se convierte entonces en la puntilla del despropósito, y, antítesis de sí misma, culmina el sometimiento del intelecto y la moral, transformando al hombre en borrego masa para el nuevo redil.

En la Universidad ya no hay amor por la sabiduría, ya no se busca la verdad, todo lo más un título, un papel sin fondo, sin contenido.

Mientras salgan de aquellas aulas personajes como Pablo Iglesias (el que no gana ninguna elección, pero, por arcanos misteriosos de la democracia liberal, hoy sufrimos como vicepresidente del Gobierno de lo que va quedando de España), algo no está bien.

Currículum del personaje citado: Licenciado en Derecho; Licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración; Certificado de Docencia; Diploma de Estudios Avanzados en Ciencia Política y de la Administración; Doctor en Ciencia Política y de la Administración con mención doctor europeus; Maestría en Humanidades en la Espacialidad de Estudios Culturales; Master of Arts in Communication with distintion en la especialidad Philosophy, Film and Psychoanalysis.

Vamos, un portento de sabiduría y lucidez, que, por cierto, no se manifiesta en ningún momento cuando habla, quizá por su destacada, candorosa, seráfica (es que angelical me parece poco) y conocida virtud de humildad, que acompaña en armonía de una zarrapastrosa imagen franciscana, que le impide manifestarse de forma más culta, y coherente. Vamos, para no pecar de soberbia, que, sé de buena tinta, le tiene muy preocupado.

No sé la razón por la que, al escribir el último párrafo, se me viene a la memoria aquella frase de D. Baltasar Gracián: «Es la cortesía la principal parte de la cultura». Cosas de la imaginación.

Para muestra de la situación de la Universidad, baste este botón. Muy duro lo tienen los buenos maestros, y conozco, afortunadamente, muchos, héroes del bien y la verdad en un mundo enteco.

Separada de la sabiduría, el bien y la verdad, la Universidad hoy, se ha convertido en un aparato de la revolución.

A la Universidad se la llamaba Alma Mater, madre nutricia, quizá fuera más apropiado ahora llamarla madrastra corruptora, entendiendo esto con la prudencia necesaria, pues, entre ellas, también hay heroínas que se niegan a sucumbir a las manipulaciones y presiones de la nueva oligarquía tiránica y globalizadora.

Para volver a la verdadera Universidad, debemos volver al hombre, a la persona; pero no al antropocentrismo vanidoso y egoísta del Renacimiento italiano (no hablemos de la Ilustración), sino al hombre en el sentido trascendente, en el sentido español.

Desde aquellos Estudios Generales de Palencia, la Universidad en España evoluciona y se perfecciona, cultiva nuevos, ignotos y lejanos mundos por todo el globo (otra hazaña única de España), da singular gloria y prez a la patria, da al mundo genios incomparables.

Ahora, la decadencia de aquella noble institución, nos viene de la acción extranjerizante y homogeneizadora, aplastante, de la plutocracia del odio y del poder mundial, de la mano de traidores y despistados; no necesitamos ningún Caballo de Troya, ya tenemos en casa la vergüenza de nuestros propios Don Julianes.

En un mundo aprisionado por el vértigo y lo inmediato, no queda espacio al estudio sosegado, a la lectura selecta, al cultivo del espíritu.

Se brindan, sin embargo, atractivas ofertas de títulos y especializaciones, baratas en esfuerzo, tiempo e incluso económicas. La guerra de la oferta y la demanda crematística, también se impone a la sabiduría; la Universidad convertida en un mercado soez.

Un igualitarismo chabacano e interesado, destruye la jerarquía, el respeto, la buena educación, y trae el deseado caos para la revolución, revolución que tomará el poder sin piedad.

La muerte del alma de los pueblos y de los hombres, será el triunfo de la revolución. Pero el alma auténtica no muere.

Han inoculado en la vida social la vergüenza por las virtudes, para evitar la rebeldía de un pueblo capaz de indignarse, sometiéndolo a la esclavitud de la moda por los vicios y la defensa y apología de todas las aberraciones.

El objetivo es claro, afortunadamente cada vez más claro: la destrucción de las identidades nacionales y personales, para crear un mundo anodino y homogéneo dispuesto a ser dominado por la nueva tiranía.

Porque la canalla sabe que el honor personal y la tradición de los pueblos son peligrosos, y, como señaló nuestro gran mártir de la Hispanidad D. Ramiro de Maeztu, ser es defenderse. No hay otra salida.