Otros ejemplos parecidos al del padre Ángel pudieran traerse sin necesidad de salir de España, pero sería saturar de tristeza a los fieles de un mismo país, por lo que hemos preferido reunirlos de varios lugares. De este modo, además, se verá la perfecta sintonía que une a personas tan distantes entre sí contra una misma doctrina. En los buenos ministros de la Iglesia, que gracias a Dios son muchos, es extraño escuchar alguna declaración contraria a la Iglesia y su Tradición, y casi siempre que sucede es por inadvertencia; en cambio, cuando se trata de estos otros ministros, lo difícil es escuchar de ellos alguna declaración conforme a la doctrina, y están tan interesados en remarcar sus opiniones absurdas, que no dejan lugar a dudas sobre sus intenciones.

     Esto mismo es lo que ocurre con el reverendo James Martin. Son tantas las declaraciones que podríamos escoger en que demuestra su apoyo al error que nos ocupa, que nuestro problema no consiste tanto en buscar las que vamos a comentar como en seleccionar las que van a quedarse fuera. Apelo a la confianza del lector cuando aseguro que no he elegido de entre esas declaraciones las más ridículas, sino que he ido tomando las primeras que se me han aparecido. Cualquier mérito cómico debe recaer exclusivamente en el reverendo mismo y sus ideas.

     Este sacerdote jesuita es conocido en todo el mundo, y sobre todo en Estados Unidos, su país de origen, por defender a los que él llama «católicos LGBT». Pero es una pésima forma de defenderlos católicamente el comenzar llamándolos así. No existen, hablando con propiedad, católicos iracundos, católicos lujuriosos, católicos envidiosos o católicos soberbios. Existen católicos con tendencia a todos estos pecados, pero no creen que esos pecados formen parte de su identidad ni tratan de reivindicarlos. Si todas las personas con inclinación a esos pecados que he nombrado se unieran bajo las siglas ILES para defender su derecho a cometerlos, decir que hay «católicos ILES» sería un oxímoron tan manifiesto como el que comete el reverendo James Martin al llamar a esas personas «católicos LGBT». Desde el momento en que ese nombre representa la unión de personas que reivindican no sólo su inclinación al pecado, sino su derecho a cometerlo, llamarlos católicos es una contradicción. Una persona puede ser católica y homosexual sólo si se abstiene de mantener relaciones de ese género, o al menos si reconoce su ilicitud, se esfueza por no consentir y se confiesa en caso de hacerlo; pero no podrá serlo sin estas precauciones, porque no puede pertenecer a la religión que quiere salvarle del pecado y a la ideología que quiere salvarlo de la inocencia. ¿Qué armonía tiene Cristo con Belial?

     Siendo pues dos cosas irreconciliables entre sí la religión católica y la ideología LGBT, no es de extrañar que quien intente hacerlas compatibles acabe distorsionando una de ellas para ajustarla a la otra. En la alternativa, el reverendo James Martin no ha dudado en distorsionar la religión católica. Así, en un mensaje del 23 de octubre de 2019, juzgaba como interesante un artículo de Richard Rohr, en el que este sacerdote franciscano recuerda y comenta una palabras del teólogo Walter Wink. Este teólogo reconocía que la Biblia condena claramente las relaciones homosexuales, pero añadía que la cuestión es saber si el juicio bíblico es correcto. Para apoyar esta opinión ponía como ejemplo la esclavitud. Estas son sus palabras: «La Biblia también sancionó la esclavitud y en ningún lado la atacó como injusta. ¿Estamos preparados para argumentar hoy que la esclavitud está justificada bíblicamente? Hace más de ciento cincuenta años, cuando el debate sobre la esclavitud estaba en su apogeo, la Biblia parecía estar claramente del lado de los esclavistas. Los abolicionistas se vieron en apuros para justificar su oposición a la esclavitud por motivos bíblicos. Sin embargo, hoy, si le preguntaras a los cristianos en el sur de los EE.UU si la Biblia sanciona la esclavitud, prácticamente todos estarían de acuerdo en que no. Del mismo modo, dentro de cincuenta años la gente mirará hacia atrás con asombro de que las iglesias puedan ser tan obtusas y tan resistentes a lo nuevo que el Espíritu Santo estaba haciendo entre nosotros con respecto a la sexualidad».

   Estamos de acuerdo con el reverendo James Martin en considerar este artículo como interesante, pero no en el sentido que él piensa. Es interesante como ejemplo de argumento capcioso y de impropiedad en el empleo del paralelismo; es interesante como prueba de hasta qué grado de desvarío es capaz de llegar una persona cuando su mente ha sido absorbida por una ideología moderna. Todo este pasaje se apoya sobre una falsa analogía, en el que el autor ha pretendido que las dos partes de la comparación funcionaran como premisas, de modo que induzcan al lector a una conclusión. Sin embargo, nada podía ser más contrario a sus intenciones, porque en un silogismo (que es al fin y al cabo la función que cumple este paralelismo) es mala idea que una de las premisas sea antítesis de la otra, o al menos susceptible de serlo. El teólogo Walter Wink nos ofrece por un lado la condena explícita e inequívoca de las relaciones homosexuales por parte de la Biblia, y por otro lado la falta de condena de la esclavitud por parte de la misma. ¿Quién puede inferir que la homosexualidad puede dejar de condenarse aunque la Biblia la condene, porque la esclavitud se condena aunque la Biblia no la condenó? ¿Hay algo más ridículo que equiparar una condena expresa con una falta de condena? Precisamente por eso, porque la esclavitud no se condena ni se aprueba explícitamente en la Biblia, sino que se habla de ella como de un hecho, es por lo que admite que se condene sin contradecir a las Escrituras, mientras que la condena repetida y categórica de las relaciones homosexuales no admite variación en este sentido.

   Este teólogo nos dice que cuando el debate de la esclavitud estaba en su apogeo, la Biblia parecía estar claramente del lado de los esclavistas, aunque al decirnos que los abolicionistas se vieron en apuros para hacer lo mismo, declara implícitamente que también recurrieron a las Escrituras y encontraron allí motivos. En realidad, ambos creyeron encontrar pasajes para justificar su postura, lo que pone en evidencia que no había un juicio expreso a favor o en contra, o que era ambiguo. En el caso de las relaciones homosexuales, nadie diría que la Biblia parece estar del lado de la condena, sino que es algo claro, seguro e irrefutable. No hay debate. Es por ello que este teólogo cuestiona no que haya un juicio de la Biblia sobre la homosexualidad, lo cual confiesa, sino que ese juicio sea correcto, mientras que no cuestiona el juicio de la Biblia sobre la esclavitud, porque no hay juicio moral al respecto. Él mismo se encarga de decirnos que si hoy preguntáramos si la Biblia condena la esclavitud, se contestaría que no; pero se olvida decir que si preguntáramos si la Biblia aprueba la esclavitud, contestaríamos de la misma manera. ¿Cómo puede concluir entonces que, del mismo modo que hoy condenamos la esclavitud aunque la Biblia no lo haga, debemos no condenar los actos homosexuales aunque la Biblia lo hace? En un caso ni condena ni aprueba; en otro sólo condena.

   Si la Biblia aprobara expresamente la esclavitud, si amenazara con el infierno y con no alcanzar el Reino de Dios a los que se opusieran a ella, la comparación tendría alguna congruencia.

Si San Pablo hubiera dicho: «ya no hay heterosexuales ni homosexuales» así como dijo ya no hay

libres ni esclavos, este teólogo no hubiera necesitado nada más para justificar las relaciones homosexuales, aunque todo el Antiguo Testamento las condenara. Sin embargo, las palabras reales de San Pablo no le sirven para convencerse de que admiten la abolición de la esclavitud, aunque en el Antiguo Testamento ni siquiera se apruebe moralmente.

   Vemos en el Nuevo Testamento que San Pablo habla de la esclavitud como de un hecho, y así recomienda a los esclavos obedecer a sus amos, siendo inevitable en ese tiempo su condición. Pero después nos dice que ya no hay esclavos ni libres, que todos son uno, porque ambos tienen como amo a Jesucristo.  Esta igualdad espiritual entre libres y esclavos que aparece en el Nuevo Testamento es como el principio emanatriz de la completa igualdad lograda posteriormente. Las palabras de San Pablo admiten aquí desarrollo, y la abolición de la esclavitud no hizo más que cumplir en un sentido carnal lo que San Pablo cambia en un sentido espiritual. Es por eso que San Paulino de Nola, por no citar otros ejemplos, se hizo esclavo para pagar el rescate de otro esclavo, hijo de una viuda, y consiguió liberar también a todos los cautivos de Nola intercediendo por ellos ante el rey. No sabemos que San Ambrosio, San Agustín o San Jerónimo, que elogiaron a este santo, le hayan reprendido por este episodio, y tampoco lo hace San Gregorio Magno, que narra la historia en sus Diálogos

     El reverendo James Martin, como hemos dicho, encuentra interesante toda esta falacia del teólogo Walter Wink, porque sigue absolutamente su línea de pensamiento. En una conferencia a los estudiantes de la Universidad de Georgetown declaraba que «rechazar la enseñanza de la Iglesia sobre la sexualidad no es lo mismo que rechazar la enseñanza de la Iglesia sobre la Resurrección».   

Estas palabras, a la vez que nos aclaran que no sólo encontraba interesantes las opiniones del mencionado teólogo, sino que las compartía, demuestran además que no mide las consecuencias de lo que dice. Supongamos por un momento que es posible que la Biblia se equivocara en esta enseñanza. Lo que se seguiría, aunque el reverendo no lo sepa, es que la Resurrección de Jesucristo también podría ser una equivocación. Porque si San Pablo pudo equivocarse en una enseñanza moral, pudo equivocarse en cualquier otra; si pudo equivocarse en cualquier otra, los demás apóstoles se equivocaron al aceptarlo entre ellos, y por lo tanto también pudieron equivocarse ellos mismos en las demás enseñanzas; y como del testimonio de estos apóstoles depende todo lo que sabemos sobre Jesucristo, incluida su Resurrección, se sigue que la primera duda que recae sobre la validez de las palabras de San Pablo sobre los actos homosexuales afecta a la validez de la Resurrección misma.

   Esta armonía de nuestra religión, por la cual ninguna de sus partes puede ser sustraída sin dañar el conjunto, es la que no puede percibir el reverendo James Martin. Nosotros podríamos enumerar todas las herejías que se han creado a lo largo de la historia de la Iglesia sin negar la Resurrección, y mostrarle a dónde han ido a parar todas ellas. Porque todas, rechazando dogmas y doctrinas en apariencia menos importantes, han acabado, al añadir consecuencia sobre consecuencia, en las más extrañas formas de herejía. En apariencia la herejía de Lutero afectaba a una doctrina sutil como es la de la gracia, que no parecía que pudiera provocar gran conmoción en la vida de los fieles más sencillos; sin embargo, el protestantismo acabó permitiendo el divorcio, el matrimonio de los clérigos, el libre examen de las Escrituras, y rechazando la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, entre otras cosas.

   Si el tiempo que ocupa James Martin en atacar las doctrinas de la Iglesia lo invirtiera en estudiarlas, comprobaría por sí mismo esta trabazón. Al igual que sucede con los dogmas, las doctrinas de nuestra religión están tan estrechamente unidas entre sí, y dependen tanto unas de otras, que al sustraer una cualquiera de ellas inmediatamente comunica su falta a las demás, provocando el vacío en un efecto dominó. Esta es la razón por la que todas las herejías, aun cuando comenzaran por rechazar un solo dogma o doctrina de nuestra religión, acabaron rechazando otros dogmas y doctrinas sin relación aparente, como si desde el momento en que se reniega uno de ellos se entrara en una pendiente que resulta imposible remontar. Así nuestra religión no admite, como este reverendo quisiera, que cada uno escoja algunas de sus enseñanzas y niegue otras, porque desde ese momento quien así lo hace cree ya en una religión diferente.

     Para apoyar este cambio en la moral sexual, el reverendo James Martin señalaba en la misma conferencia que la gente toma la Biblia fuera de contexto en cuanto a la homosexualidad. Esta ha sido siempre la idea favorita de los que quieren eludir los textos más claros e inequívocos de las Escrituras. Conviene llamar la atención sobre su método: si encuentran un sólo pasaje, aunque sea ambiguo, que pueda servir de apoyo al cambio que quieren introducir, lo utilizan y enfrentan contra todos los demás pasajes que son claramente contrarios a ese cambio; si lo que encuentran es que todos los pasajes sin excepción son contrarios a ese cambio y que se expresan de una forma contundente y unívoca, utilizan la maniobra del contexto temporal. En realidad, esta apelación al contexto es una de las muchas formas de la evasiva por excelencia, que es la de decir que los tiempos han cambiado. Estas palabras están en boca de todos los que quisieran que la Iglesia fuera una esponja que absorbiera todo lo que de inmundo fluye en el siglo.

   Por mi parte, debo confesar que siempre que escucho a alguien decir que los tiempos han cambiado para justificar un cambio en la ley o en la moral, me quedo en suspenso, expectante, pues siempre creo que son las palabras introductorias de un argumento que va a desarrollarse a continuación. Pero siempre me veo defraudado. Lo único que sigue a estas palabras es un silencio súbito, lo cual me provoca un gran desconcierto, o bien algún otro comentario sin conexión con lo anterior, lo cual no me alivia mucho más. Yo quisiera recordarles, con San Agustín, que los tiempos somos nosotros, y que decimos que son buenos, malos, o que cambian, porque los hombres que viven en él son buenos, malos o cambian. Ahora bien: si les estamos preguntando por qué algunos hombres han decidido cambiar respecto a una doctrina de la Iglesia, y nos responden que los tiempos han cambiado, nos están diciendo, al fin y al cabo, que los hombres han cambiado porque han cambiado. Y como no es ese hecho el que pedimos que nos confirmen, sino las razones para que se dé, resulta que difieren eternamente contestarnos, con lo cual ganan tiempo, que es precisamente lo que necesitan para seguir cambiando a más hombres y así poder volver a decir que los tiempos han cambiado.

     ¿Qué ha cambiado en cuanto a las relaciones homosexuales desde los tiempos en que escribía San Pablo? Mientras entonces su práctica era habitual y aceptada entre la mayoría de los paganos, aunque no elogiada públicamente, hoy es considerada motivo de orgullo y hasta de discriminación positiva. ¿Qué puede suponer este cambio para su condena? Si San Pablo hubiera sobrevivido hasta nuestros tiempos, lo único que haría es combatir ese pecado con mayor ímpetu, ya que es mayor su aceptación. Si insistió en condenar esas relaciones cuando todavía se llevaban a cabo en cierta clandestinidad, mayor insistencia emplearía hoy al verlas celebradas públicamente. En fin, si el reverendo James Martin conociera a San Pablo en persona y le manifestara sus ideas, creo que no saldría airoso del encuentro.

     En el Encuentro Mundial de las Familias de 2018, en Dublín, la intervención de este reverendo estuvo dedicada casi por completo a recordar algunas historias de personas homosexuales con las que pudiera conmover a su auditorio. «La madre de un adolescente homosexual me dijo que su hijo había decidido volver a la Iglesia después de años de sentir que la Iglesia lo odiaba. Después de mucha discusión, decidió regresar el domingo de Pascua. La madre estaba encantada. Cuando comenzó la Misa, estaba emocionada de tener a su hijo a su lado. Pero después de que el sacerdote proclamó la historia de la Resurrección de Cristo, ¿adivinan sobre qué predicó? Acerca de lo malo de la homosexualidad. El hijo se puso de pie y salió de la iglesia. Y la madre se quedó sentada y lloró». Sin duda este reverendo quisiera que los sacerdotes no pudieran condenar ningún pecado por miedo a que pudieran escuchar su predicación personas inclinadas a cometerlo. Que no condenen más los asesinatos, para así no herir los sentimientos de un posible asesino que se encuentre escuchando la predicación; que no condenen el robo, no vaya a ser que un ladrón se levante y abandone la iglesia; que no condenen la lujuria, porque lo importante es que nadie pueda darse por aludido y ofenderse. Si quieren que sus iglesias se llenen, hagan caso al reverendo James Martin: no condenen el pecado, es decir, no sean católicos.

    Bien sé que el problema es que este reverendo no considera que las relaciones homosexuales sean pecado. Por eso mismo, en su intervención debería haber dado las razones por las que cree que esas relaciones no son pecado, y sólo después de convencernos, contarnos la crueldad de un sacerdote que las condena. Mientras no haga esto, contarnos que alguien se sintió ofendido porque un sacerdote fue coherente con su religión y condenó lo que las Escrituras y la Tradición condenan, será tan sólo una muestra de que, al carecer de argumentos, la patopeya es el único recurso que le queda. A nosotros nos entristece su historia por motivos muy diferentes a los suyos; nos entristece que ese adolescente no reconociera su pecado, mientras que al reverendo James Martin le entristece que el sacerdote lo condenara. Para nosotros, ese sacerdote sería cruel si, para que su iglesia tuviera ocupado un asiento más, estuviera dispuesto a condenar el alma de ese adolescente ocultándole el pecado contra el que debe luchar.

     En el mismo lugar recordó otra pequeña historia: «El año pasado, un estudiante universitario me dijo que la primera persona a quien reveló su orientación, fue un sacerdote. Lo primero que dijo el sacerdote fue: «Dios te ama y la iglesia te acepta». El joven me dijo: Eso literalmente me salvó la vida». Deberíamos conocer más detalles de la historia para estar de acuerdo con el joven. Porque, si el sacerdote se refería a que aceptaba su orientación pero que el joven debería oponerle la castidad, convenimos en que le salvó la vida, y puede que la eterna; si, en cambio, se refería a que aceptaba no sólo su orientación, sino los actos que cometiera abandonándose a ella, entonces deberemos informarle que el sacerdote no salvó su vida, sino que es muy probable que se la hiciera perder. Conociendo las ideas del reverendo, no es difícil imaginar que entendía la historia en este segundo sentido, pues él mismo nos dice en otro lugar que los católicos LGBT no están obligados a practicar la castidad.

     Pero sigamos con la misma intervención en el Encuentro Mundial de las Familias. El reverendo se lamenta de que los católicos LGBT son aceptados en la Iglesia dependiendo de si viven en una gran ciudad con pastores de mente abierta o en lugares menos abiertos con pastores homófobos. A tenor de esto se pregunta: «¿Por qué debería la fe depender de dónde vives? ¿Es eso lo que Dios desea para la Iglesia? ¿Quería Jesús que las personas en Betania percibieran el amor de Dios menos que las personas en Betsaida? ¿Quería Jesús que una mujer en Jericó se sintiera menos amada que una mujer en Jerusalén?» Con la esperanza de que no contestemos a ninguna en particular, el reverendo hace muchas preguntas seguidas. Por desgracia, nosotros nos hemos propuesto comentar las palabras de estos sacerdotes, y tenemos la manía de responder a sus preguntas. En cuanto a la primera pregunta de la serie, ¿por qué debería la fe depender de dónde vives?, creemos que él mismo se vería en apuros a la hora de responderla con sólo cambiar ese dónde por un cuándo. Porque, ¿cuándo, en qué época vive el reverendo James Martin? En el siglo XXI. ¿Y qué hace con la fe? Hacerla depender completamente de ese siglo, poner en duda los juicios de la Biblia según coincidan o no con los juicios de su época, rechazar toda doctrina que no se ajuste al molde de su tiempo. Así que permítanos el reverendo que le devolvamos la pregunta: ¿Por qué debería la fe depender de cuándo vives?

     En cuanto a las demás preguntas, que se reducen a una misma comparación, debemos responder que, por supuesto, Jesucristo no quería que las personas percibieran el amor de Dios según el lugar en el que vivían. Precisamente por eso a María Magdalena, como hemos comentado anteriormente, la salva de ser lapidada por los judíos, pero le manda no pecar más. Así es como quiso que esta mujer de Betania percibiera el amor de Dios. Pero Jesucristo tampoco se olvidó de las personas que vivían en Betsaida, y como también quería que percibieran el amor de Dios, les reprocha su pecado de incredulidad con estas palabras:¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en vosotras, tiempo ha que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza. He aquí el diferente modo en que Jesucristo y el reverendo James Martin querían que en todos los lugares se percibiera el amor de Dios. Uno les descubre sus pecados para que se corrijan, mientras que el otro niega que los tengan para que se obstinen.

     Podremos decir muchas cosas de este reverendo, pero jamás diremos que no es generoso con las personas que quieren dejarlo en evidencia. Como si en lo más profundo y recóndito de su alma

quisiera ser rebatido, él mismo nos ofrece los ejemplos con los que mejor podemos demostrar sus contradicciones, como en esta ocasión al hacer referencia a Betania y Betsaida. Cada comparación que utiliza destruye sus intenciones, todas sus palabras son como boomerangs que se vuelven contra él con tanta más fuerza cuanta mayor es la que utilizó para lanzarlas.

     Este reverendo cree actuar de la misma manera que Jesucristo recordándonos la mitad de lo que El hacía y omitiendo la otra mitad, que casualmente siempre se refiere a la conversión del pecador. Parece decirnos: «miradme, estoy rodeado de pecadores, ¡cómo me parezco a Jesucristo!»; pero si otro sacerdote se rodea de pecadores con el mismo fin que el de Jesucristo, que era el de mandarles

no pecar más, entonces ya no ve el parecido, sino que exclama indignado: «¡homófobos, crueles, inhumanos! ¿Por qué odiarán tanto a esas personas?» No comprende que es él quien odia a las personas cuando no odia sus pecados, y que son aquellos otros sacerdotes quienes aman a las personas cuando no aman sus pecados. Esa insistencia por presentarnos a Jesucristo como alguien que se rodeaba de pecadores sin ningún otro fin que el de su compañía, como si Dios se hubiera encarnado para contemplar indiferente la desobediencia de los hombres, tan sólo puede provenir de mentes invadidas de una ideología tan perversa como sugestiva. Entendería que hablaran así del diablo, porque nada hay que inflame más su orgullo que admirar sus conquistas; pero que hablen así de Jesucristo, y que habiendo sufrido hasta la muerte de cruz para liberarnos del pecado intenten convertirlo en un simple espectador de los pecados del hombre, eso es lo que ningún católico puede escuchar sin una santa indignación.

     Cuando los sacerdotes como el reverendo James Martin se sienten acorralados por nuestras objeciones, comienzan a contradecirse hasta que les hacemos retroceder a un punto en que se vuelven ridículos. Ellos mantienen, por ejemplo, que las relaciones homosexuales no son pecado; pero cuando les demostramos con las Escrituras, la Tradición y el Catecismo que sí lo son, nos dicen que Jesucristo también se rodeaba de pecadores; y cuando les recordamos que se rodeaba de ellos para alejarlos del pecado, nos contestan que las relaciones homosexuales no son pecado. Este es el círculo del que no quieren salir y al que pretenden reducir a sus fieles. Creen que su postura es irrebatible no porque no se pueda rebatir, siendo como es la cosa más sencilla del mundo, sino porque se niegan a seguir aceptando las consecuencias lógicas de sus proposiciones, confundiendo de esta manera el error exánime con la verdad inconmovible.   

     Así es como intentan convencer a los incautos de que lo que nos molesta es que imiten a Jesucristo a la hora de rodearse de pecadores, cuando lo que realmente criticamos es que se queden a medio camino en la imitación. Nosotros admiramos la labor de un padre como Phillip Bochanski, que se rodea de personas homosexuales para enseñarles a vivir en castidad, que convierte, guía, corrige y ayuda, y que por todo ello ha recibido la Cruz Pro Ecclesia et Pontifice. Este padre se parece al reverendo James Martin en el hecho de rodearse de personas homosexuales, pero se diferencia de él por completo en el hecho de intentar separar sus almas del pecado. No se resigna a creer que el pecado está tan adherido a las fibras de esas almas que no se pueda separar sin dañar la misma naturaleza humana, porque no quiere compartir con el diablo las almas por las que murió Jesucristo. Este es el verdadero trabajo pastoral que la Iglesia reconoce y premia.

     Nos gustaría poder decir que el reverendo James Martin recibe una respuesta unánime en contra por sus disparatadas ideas, pero la triste realidad es otra. No podemos nombrar a todos los que le apoyan, pero nombraremos al menos a los que por su superioridad jerárquica sirven de medida para valorar la magnitud del desconcierto general. Entre los arzobispos norteamericanos que de alguna manera han respaldado a James Martin, se encuentran Joseph Fiorenza, arzobispo emérito de Galveston, Monseñor Jon Stowe, de Kentucky, Blase Cupich, arzobispo de Chicago, o el arzobispo John Wester, de Nuevo México. Cuanta más alta es la dignidad que ocupan algunos de sus defensores, más honda es la decepción que causa a los fieles, quienes ven al filo de la desesperación cómo algunos de los más idóneos para condenar eficazmente este veneno que intenta filtrarse en nuestra Iglesia son los que cooperan para que siga su curso.

   Gracias a Dios, todavía son muchos los ministros de la Iglesia que rechazan con firmeza este tipo de ideas. Monseñor Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián, pidió que se amonestara al reverendo James Martin, mientras que el cardenal Robert Sarah ha refutado sus comentarios sobre la castidad en un artículo en el Wall Street Journal. En la misma dirección se ha pronunciado el arzobispo Charles Chaput, quien denuncia la confusión que el activista y reverendo James Martin crea sobre las enseñanzas de la Iglesia. Sin embargo, siempre será un triste espectáculo ver cómo las ideas contrarias a la doctrina de la Iglesia, y que por lo tanto deberían combatirse hacia afuera, se combaten en el mismo interior de la Iglesia, dejando a los fieles más incautos y propensos a dejarse llevar por la corriente del siglo la sensación de que pueden decidir libremente en la alternativa, sin por ello apartarse de la unidad de la fe.

   El caso del reverendo James Martin es más triste incluso que el del padre Ángel, porque es mayor su fama y por lo tanto el mismo error se expande con mayor rapidez y abarca mayor terreno. Como en el caso anterior, después de haber señalado ese error tan sólo nos queda ofrecer nuestras oraciones por el reverendo James Martin y por todos los fieles a los que puede haber hecho partícipes de su confusión, pidiendo a Dios que disminuya el número de víctimas que se han dejado embaucar por los artificios del diablo.