Uno de los problemas fundamentales del la filosofía moral es el de la justicia. Platón en La República, planteaba la cuestión preguntándose: «¿que es la justicia?», hasta llegar a conclusiones ideales del concepto. En contraposición los sofistas atendieron al problema desde la visión que se muestra en Gorgias «el hombre es la medida de todas las cosas, de las cosas que son en cuanto a son de las que no son, en cuanto no son».

Mientras, Platón, estaba asentando la base de un problema –el de los universales– que se prolongaría durante toda la edad media. Los sofistas por su parte daban los fundamentos del relativismo cultural, que de hecho, aparece normalmente circunscrito a la decadencia moral de las civilizaciones.

Los marxismos plantean las cuestiones éticas entremezclando notas de utilitarismo con el idealismo y la superstición, método de discernir sobre la realidad que conduce a errores teóricos insalvables y a resultados prácticos catastróficos. El marxista actual ha asumido que él mismo –su yo– es la medida de la realidad y en consecuencia no puede conocerse más verdad sobre los objetos exteriores que la de la propia percepción del sujeto, “él” es la medida de realidad capaz de ajustarla a sus preferencias independientemente de lo que las cosas son.

En este sentido resulta cuanto menos curioso que el existencialismo reivindicativo con la realidad u opuesto a la ella trate de conjugar el relativismo nihilista con un sentido universal de la justicia tan extremadamente idealista que termina por caer en el mismo error –la irrealidad– y desde luego en supersticiones de naturaleza religiosa. El pos-marxismo ha adoptado lo peor de la sofística conjugándola con los excesos del idealismo platónico.

Dentro de esta infamia epistemológica, la justicia, que es desde un punto de vista psicoanalítico –sin ánimo de ser exhaustivo en la definición –una relación sinalagmática entre sujetos que renuncian a parte de sus instintos para vivir en sociedad; pierde el sentido quedando a merced de los desórdenes más arcaicos, y la justicia se sustituye por la igualdad aplicándose como un criterio vacío de contenido , favoreciendo con su ambigüedad un uso indiscriminado tendente al ejercicio antisocial.

La igualdad no es una virtud moral, si no una virtud de la justicia que también puede utilizarse como medida de valor de la virtudes éticas. Los marxismos sociales confunden el sentido y significación de las palabras que expresan tales conceptos consagrando la igualdad como una virtud moral para referirse a la justicia, y en consecuencia se refieren a la persona justa como “igualitaria”, cuando desde luego muchas veces la igualdad da lugar a la injusticia.

El problema debe plantearse como lo hace Aristóteles en su ética a Nicomano: indagando sobre el sistema para lograr la justicia más que sobre su constitución metafísica. En este sentido los juristas superados por la razón nos vemos obligados a utilizar una premisa ya clásica en la jurisprudencia procesal “la igualdad consiste en dar a partes desiguales un trato desigual” donde igualdad se refiere lógicamente a justicia, confirmando sin duda, la confusión conceptual y el proceso descrito.

La justicia se consigue dando a los sujetos igualdad ante la convención y cuando se quiebra esta norma por la acción del individuo o del legislador, el orden social se vuelve injusto provocando , como todo aquello que se opone a la verdad, una infelicidad crónica a la vez que se condena a una muerte anunciada.