Mientras el COVID-19 sigue campando a sus anchas por España, el gobierno acaba de anunciar otro paso más dentro de la ofensiva de proyectos de ley sectarios. Después de la eutanaisa y el recrudecimiento de la ley de Memoria Histórica, Irene Montero ha proclamado que toca ahora ir a por el aborto. La cobarde reforma que hizo Rajoy en 2015 es, según la ministra, una traba a libertad de las mujeres, apelando al ya conocido eslogan, no por pobre menos exitosos, de “nuestros cuerpos son nuestros y nosotras decidimos”.

La mentira sobre la que se construye todo el argumentario abortista, y que hemos oído miles de veces, es que el feto "no es un ser humano". La justificación de una afirmación tan tajante y con consecuencias tan drásticas siempre me ha sorprendido por su pobreza. Nos dicen que no es más que un conjunto de células, que no es independiente de la madre, que carece de los rasgos básicos del ser humano... Pero todo abortista choca siempre con el problema de responder, entonces, a partir de cuándo uno se convierte en ser humano si no es en la concepción. ¿Cuál es el momento mágico dentro de los nueve meses de embarazo en el que ese conjunto de células deja de ser propiedad de la madre y se convierte en una persona?

Prueba del desconcierto de los abortistas con esta cuestión es el baile de plazos que ofrecen en sus leyes, según el país, el momento y las circunstancias. Actualmente en España, por ejemplo, el aborto es libre en las primeras 14 semanas, de ahí hasta la 22 solo se admiten en casos de "grave riesgo para la salud" y solo en caso de que el feto tenga anomalías incompatibles con la vida se podrá abortar hasta los nueve meses (artículos 14 y 15). No se acaba de entender la razón extraña por la que hasta la semana 14 puedo matar a mi hijo sin problema pero a partir de ahí tengo que justificarlo con un dictamen médico. ¿Quiere decir que el feto se hace ser humano a la semana 14, o a la 22?

En realidad, todas estas consideraciones han sido introducidas por los abortistas como precauciones para hacer la idea del aborto más asumible socialmente. Pero no nos engañemos, una vez que las aceptamos estamos aceptando en el fondo la lógica implícita de que podemos marcar líneas a partir de las cuales se empieza o se deja de ser persona. Y este camino, una vez tomado, nos lleva a lugares cada vez más tenebrosos.

La noche del pasado 1 de agosto, una Asamblea Nacional de Francia casi vacía votó a favor de permitir el aborto hasta los nueve meses si se determina que existe "angustia psicosocial" para la madre. Así, de facto se está permitiendo abortar a niños perfectamente sanos hasta el momento mismo de su nacimiento. No sé si los diputados franceses que han votado esta moción creerán que un niño sietemesino u ochomesino, que podría venir al mundo completamente formado y sobrevivir sin ningún problema, "no es un ser humano". O quizá es que ya directamente no les importa que lo sea. A la que sí debería importarle es a la ministra Montero, cuyos tres hijos han nacido de forma prematura y que de acuerdo con la legislación francesa, podrían por tanto haber sido despedazados y tirados a la basura impunemente, porque no son legalmente seres humanos.

Algunos abortistas ya han solucionado el dilema de las semanas de forma expeditiva. Según un estudio publicado justo el día después de la votación en la Asamblea francesa, el 2 de agosto, en la vecina Bélgica, el 93,6% de los médicos está de acuerdo en matar a aquellos niños recién nacidos que presenten afecciones graves, aunque sean no letales. Es decir, que podemos acabar con la vida de los niños incluso cuando ya han nacido. El 68,1% de los médicos manifestaba preferir "el feticido antes que aplicar cuidados paliativos neonatales" incluso en casos de problemas no letales. Pensar que nueve de caz diez médicos prefieren matar a un bebé antes que atenderlo es escalofriante. Pero no podemos creer que estos sanitarios son más inhumanos o monstruosos que la inmensa mayoría de la sociedad.

Efectivamente, nada distingue al bebé que pasa sus últimas dos semanas en el vientre de la madre del bebé recién nacido que pasa sus primeras semanas en el mundo exterior, como bien deberían saber mejor que nadie Montero e Iglesias. Si las leyes nos permiten matar al primero, incluso si está sano, como en Francia ¿qué nos impide poder matar también al segundo? ¿Es que acaso “es más ser humano” uno que otro? La respuesta realmente da igual, porque por más que lo repita, al argumentario abortista al final no le importa cuando empieza la vida, solo cuando acabarla. Al igual que en la eutanasia, lo que importa es si somos o no una traba para la libertad exaltada de la sociedad a decidir sin ataduras ni responsabilidades. Por ahora, al menos, necesitamos seguir mintiéndonos a nosotros mismos para evitar los remordimientos, afirmando que ese hijo que estamos desechando “no es un ser humano”.  Pero en un futuro no muy lejano, cuando no queden remordimientos que aten a nuestra libertad, ni siquiera necesitemos eso.