Hoy, en esta cuarta entrega, trataré de explicar cuatro de las instituciones básicas del liberalismo para la cooperación social y analizaré, al mismo tiempo, lo poco o mucho que queda de ellas a fin de que podamos saber si se ha descompuesto (o no) esta filosofía política individualista.  
 
Comencemos.
 
Libertad de asociación:
 Implica, en palabras de John Stuart Mill, «la libertad de unirse para la consecución de un fin cualquiera, siempre que sea inofensivo para los demás y con tal de que las personas asociadas sean mayores de edad y no se encuentren coaccionadas ni engañadas». ¿Existe libertad de asociación? Mi respuesta es sí, de hecho, es de los principios que más se cumplen, si bien no podemos concluir que exista una libertad absoluta de asociación, sino un tanto relativizada, ya que es frecuente que se aplasten libertades individuales y se ilegalicen asociaciones. Además, las asociaciones tienen como límites ser pacíficas y tener un objeto lícito, es decir se prohíbe que las mismas persigan fines o utilicen medios tipificados como delitos, así como que sean secretas o paramilitares.
 
 Libre mercado:
 Implica libertad de elección de oficio (como aplicación de la libertad personal al ámbito económico); implica que exista la propiedad privada de los medios de producción (como aplicación del derecho de propiedad al ámbito económico); implica que haya libre comercio (como aplicación de la autonomía contractual al ámbito económico); implica que haya libre empresa (como aplicación de la libertad de asociación al ámbito económico); implica que en el mercado exista libre competencia (como interacción de todos los principios anteriores). Por tanto, sobreviene la siguiente pregunta: ¿Se respeta el libre mercado? Mi respuesta es no, de hecho, el intervencionismo estatal en mayúsculo, siendo muestra de ello las ayudas a la banca, empresas hoteleras públicas, los convenios colectivos, las reformas laborales, las subvenciones, las empresas estatales, la obra pública, la nacionalización de empresas privadas, los monopolios estatales, los duopolios, los aranceles, los impuestos, las tasas, las contribuciones especiales, control de precios, etc. En conclusión, no se puede concluir que exista una verdadera libertad de mercado.
 
 Gobierno limitado:
 Conlleva que los gobiernos tengan límites claros de actuación y de intervención en la vida privada de sus administrados. Por tanto, es inevitable la siguiente pregunta: ¿Disfrutamos de Gobiernos limitados? Mi respuesta es no, porque el poder del estado parece no tener límites. Los Gobiernos no están protegiendo los derechos individuales de las personas y eso, precisamente, no es liberalismo. Sostengo que el poder estatal parece no tener límites. Es bien sabido que durante la pandemia, por ejemplo, no se han respetado libertades fundamentales como la libertad de movimiento, la libertad de culto, la libertad de expresión (hasta el punto de censurarla) y se han establecido impuestos confiscatorios como los de los combustibles o contra el patrimonio, entre otros. Aunque lo peor de todo no es que se desmorone uno de los pilares tan fundamentales del liberalismo como el que aquí estoy tratando de explicar, sino, a mi entender, es que una sociedad obnubilada como la nuestra, concede una legitimidad desbordada, vergonzante y vergonzosa, a los gobernantes cuando existe un riesgo patente de tiranización, de ahí que se haya descompuesto el liberalismo (si es que alguna vez existió).
 
Globalización:
Implica tal y como señala Huemer (2010), que un estado no tiene la debida legitimidad para prohibir la entrada de personas o de bienes extranjeros a su territorio, ni para restringir la permanencia de católicos, homosexuales o masones dentro de su territorio, por ejemplo. Convendría reflexionar sobre todos aquellos derechos que, en lugar de haber sido modulados por el Estado para evitar la conculcación de derechos individuales, han sido extirpados arbitrariamente de la vida de los individuos. No obstante, parece justo reconocer que la globalización ha traído a la sociedades modernas muchas ventajas, de ahí que gracias a ella una empresa de Jumilla pueda vender sus vinos en el extranjero, hasta el punto de presidir como presidió la cena de gala de los Oscar. Bienvenida la globalización, por tanto.
 
Continuará...