En el colmo absoluto del cinismo y en el más bastardo de los ejercicios de manipulación histórica, este miserable, canalla e indocumentado gobierno socialista-comunista, pretende, en un nuevo gesto de miserable villanía, violar y profanar la tumba de José Antonio para exhumar sus restos mortales que descansan en la basílica del Valle de los Caídos, amparándose en lo que ellos llaman “ley de memoria democrática” y mejor sería llamarle “ley bastarda de la manipulación histórica”.

¿Cuál es la excusa que pretenden argumentar esta canalla socialista y comunista para tratar de justificar tal atropello? Simplemente, recurriendo a la falacia histórica de que José Antonio no murió en el campo de batalla.

Efectivamente, si abordamos el tema con rigor, José Antonio no falleció en el campo de batalla, pese a todo, hay que recordar a estos memos que nos gobiernan, encabezados por el cada vez más patético “pantalón de pitillo”, que los muertos resultantes de cualquier guerra son la suma de los fallecidos en el campo de batalla y también los que resultaron muertos en la retaguardia como consecuencia directa de una acción relacionada con la contienda.

Sin embargo, en el caso de José Antonio es mucho peor. José Antonio, fundador de Falange Española, fue encarcelado en marzo de 1936, menos de un mes después del pucherazo electoral que llevó al gobierno al frente popular.

No debemos pasar por alto como fue aquella campaña electoral, desarrollada bajo la permanente amenaza del matonismo socialista. Recurramos, simplemente, a una pequeña muestra de lo antedicho, en palabras del entonces alcalde socialista de Alicante que decía: “El 16 de febrero no dejéis votar a las beatas ni a las mojas; cuando veáis a alguien que lleve en la mano una candidatura de derechas, cortarle la mano y rompérsela en las narices y se la hacéis comer”. Este era el “democrático” mensaje electoral de un bastardo, un tal Lorenzo Carbonel, alcalde radical socialista de Alicante, en el que muestra su catadura moral. Esto nos da idea de como fueron aquellos comicios que, finalmente, llevaron a España a una guerra civil en la que la mitad de los españoles se levantaron para evitar, simplemente, que los matase la otra media.

Pero sigamos con el hilo del tema que nos ocupa. A partir de la llegada del frente popular al gobierno, la persecución a la Falange y a sus líderes, especialmente a José Antonio, alcanzó niveles de auténtica obsesión por parte de los nuevos gobernantes de España. Había que terminar con ella, fuera como fuera, incluso por medio de falsas pruebas que permitían, ante la opinión pública, culpar a la Falange de todo tipo de acciones violentas que, en la mayoría de los casos, eran respuesta a las múltiples agresiones e incluso al vil asesinato de varios de sus afiliados, a manos de las juventudes socialistas y comunistas, bien instruidas por algunos Oficiales de la Guardia Civil y del Cuerpo de Seguridad afines a la causa marxista, cuando no a atentados cometidos ellos mismos contra sus correligionarios para culpar a la Falange y así justificar cualquier acción contra ella. La persecución llegó a tales extremos que, el malvado frente popular, contraviniendo el parecer del Tribunal Supremo, declaró ilegal a Falange Española. Esto de contravenir los dictámenes judiciales ¿no les suena de algo? La historia, lamentablemente, siempre se repite.

Fueron muchos los falangistas encarcelados sin razón de tipo alguno a partir de marzo de 1936, siendo el propio José Antonio uno de ellos, quien, una vez en prisión, malamente podría tratar de conspirar contra un gobierno, por otra parte, ilegítimo toda vez que había accedido al poder por medio de la falsificación de las actas y, con ello, los resultados de las elecciones de febrero de aquel año resultaban fraudulentos, lo que ya, de por sí, justificaría cualquier acción que se iniciase contra él.

No debemos de perder de vista las palabras del gran matón, el miserable Largo Caballero, cuando el 10 de febrero de 1936, en el Cine Europa, señalaba sin recato: “Si los socialistas son derrotados en las urnas, irán a la violencia, pues antes que el fascismo preferimos la anarquía y el caos”. Una intolerable amenaza que advertía de antemano lo que sucedería en el supuesto de quedar fuera del poder.

Frases similares a estas, que figuran en la prensa de la época, son la mejor muestra del nivel del amenazante matonismo de este canalla que todavía posee en Madrid una estatua que lo recuerda y que el miserable tipo del “pantalón de pitillo”, no hace muchas fechas glosó y reivindicó, sin vergüenza alguna, su deleznable figura.  

Por supuesto, de haber sido al revés, es decir que fuese un partido de derechas como la CEDA, por citar un ejemplo, el que cometiese tamaños desafueros, en ese caso la izquierda bastarda sería la primera que justificaría un levantamiento violento contra el poder como así demostró en Asturias y en Cataluña en 1934, por el simple hecho de que no se podía permitir que gobernase la derecha, aunque fuese mayoritariamente votada por el pueblo español.

Pero volvamos a José Antonio. Para evitar cualquier incidente, de forma consciente e intencionada, se le traslada a Alicante donde queda aislado, incluso no se atiende su petición de permitirle mediar en el conflicto para evitar más derramamiento de sangre.

Y así, llegamos a la burda pantomima de su juicio popular, sin garantías jurídicas de tipo alguno, en el que ya se sabía la sentencia y, por tanto, estaba condenado a muerte desde antes del inicio de las vistas. De esta forma, aquel triste 20 de noviembre de 1936, se procedió al asesinato de José Antonio, sirviendo de justificación un juicio “legal” como trampantojo histórico de tan execrable crimen.

Y ahora, esta miserable canalla socialista y comunista, los partidos más corruptos, criminales y totalitarios que ha dado la historia de la humanidad, pretenden violentar también la tumba de José Antonio, aduciendo que no se trata de un caído en la guerra civil y, de esta forma, tratar de ocultar la verdad de los hechos: que José Antonio fue vilmente asesinado por ellos ya que, argumentase lo que argumentase en la fase oral del juicio, ya estaba condenado a muerte desde que entró en prisión. Esta es la verdadera memoria democrática.

Solo espero y deseo que Dios me de vida para ver al miserable tipejo del pantalón de pitillo y a su banda de maleantes, sentados en el banquillo para responder de sus tropelías y de todo el mal que le están causando a España. Aunque eso sí, que no les quepa la menor duda de que, con nosotros, tendrán un juicio justo, de acuerdo con la Ley.