He pasado unos días conmovido, dolorido y apesadumbrado, temiendo el asesinato de ese Ángel llamado Alfie Evans, cuyo recuerdo permanecerá siempre con nosotros.

         Mi más sentido pésame a sus afligidos padres, que a pesar de su juventud, han dado un gran ejemplo de entereza y carácter, ante las adversidades de la vida.

         Solo cuando se ha perdido a un hijo se puede llegar a sentir el tremendo dolor que han sufrido, y seguirán sufriendo el resto de sus vidas, estos padres… Mis oraciones están con ellos, para que Dios les ayude a soportar esta tremenda pérdida, y además en circunstancias tan lamentables, que me atrevería a calificar de auténtico asesinato.

         ¡Desde cuando los Estados están por encima de los padres, a la hora de cuidar a los hijos…?

         Si el Estado italiano había concedido su nacionalidad a Alfie Evans, ¿por qué impidieron su traslado allí, para ser cuidado en un hospital que al parecer es propiedad de la Iglesia Católica…?

         El Papa Francisco, a quien he sentido ahora como “nuestro” Papa, ha sabido estar a la altura, y quiero darle las gracias por ello, como católico –y pecador- que soy.

         En otras ocasiones y circunstancias parece el típico argentino, que habla mucho y no hace nada, pero en este asunto concreto, en donde se jugaba el principal derecho básico del género humano, el derecho a la vida, el Papa ha sabido estar a las duras y a las maduras, y merece todo nuestro respeto y apoyo por ello…

         Pensaba titular esta reflexión “todos somos Alfie Evans”, para manifestar nuestra total solidaridad con este auténtico ángel, pero teniendo en cuenta que vivimos en una sociedad totalmente egoísta, he preferido comenzar así: “Todos podemos ser Alfie Evans”.

         En efecto, es un caso paradigmático, de eutanasia, que en realidad es asesinato, por muy impune que pueda quedar.

         ¿Quién impedirá –con este precedente-, que el día que dejemos de ser útiles, estemos postrados en una cama, tengamos que circular en silla de ruedas, etc., no nos den el pasaporte definitivo?

         Cuando la sociedad deja de valorar a la persona como tal, como un auténtico Hijo de Dios, y portador por tanto de unos valores inmateriales, inherentes a su condición humana, cualquier cosa es posible…

         ¿Si esto hacen con un pobre niño, al que ni siquiera han dejado cumplir dos años de vida, que harán con los ancianos de ochenta años, o con los inválidos, dementes, impedidos física o psíquicamente, etc.?

         Pero, eso sí, el juez que ha fallado –y nunca mejor dicho-, es un gran defensor y protector de los homosexuales, lesbianas y demás colectivos marginales.

         Ya se sabe que para algunos, lo primero es lo primero.

        

        

Ramiro GRAU MORANCHO,

Jurista y escritor. Académico Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España.