Las políticas conservadoras y sociales de recuperación de soberanía política y atención familiar dan éxitos en el mantenimiento de la prosperidad; así lo está experimentando Viktor Orban en Hungría. Hungría está en su mayor tasa de matrimonios en 40 años, la menor de divorcios en 60, una natalidad en ascenso y un notable descenso en el número de abortos.

La España social-comunista, por el contrario, registra récords en rupturas matrimoniales, abortos y caída de la natalidad, situándonos a la cola de Europa en el Índice de fecundidad de la mujer española que es de 1,1 hijos/mujer en 2019 cuando en 1976 era de 2,8. En los últimos años, en España hay más muertes que nacimientos y la familia, como institución nuclear y social, está dañada por políticas ideológicas al servicio del feminismo y el lobby LGTB. Nuestro sistema social peligra por su inviabilidad demográfica agravada por el cuento/ficción de que la inmigración “nos pagará las pensiones”, cuando las cifras de la Seguridad Social marcan a la inmigración tercermundista que recibe España como receptora de recursos netos y no como aportadora; por cada 10 inmigrantes que trabajan y cotizan –especialmente en trabajos precarios-, 28 son mantenidos con subsidios y servicios públicos gratuitos. No obstante a esta realidad espantosa que esquilma nuestra Seguridad Social y destruye las pensiones, España está abonada a la inmigración de sustitución cultural y étnica como el resto de esta Europa progre y buenista que detesta el fomento de la natalidad autóctona; una política por la que sí apuestan países como Hungría.

Las medidas “pro-familia” impulsadas por el presidente magiar Viktor Orban se prodigaron en contra del proceso de sustitución étnico y cultural que sufre Europa como consecuencia del globalismo, y apostaron por mantener la identidad de la nación reponiendo la tasa de fertilidad, la institución familiar tradicional y el matrimonio como núcleo de prosperidad y felicidad.

Las medidas de Orban se han caracterizado por un imponente “Plan de protección familiar” impulsado desde hace un año. Más de 200 mil familias se han beneficiado de él hasta ahora. Serán muchas más.

En esas medidas destaca el “préstamo para bebés”, subsidio de 29. 000 euros, sin intereses y para parejas casadas, que no tendrán que devolver si tienen tres hijos.

Se aplica una exención de por vida en el Impuesto de la Renta personal a las mujeres con cuatro hijos.

Se han abierto políticas de crédito blando y ayuda financiera avaladas desde el Estado para construir viviendas y para facilitar el pago de las hipotecas.

Se han construido más guarderías, implementado préstamos para familias numerosas y dado ayudas económicas directas por hijo en edad escolar.

Con semejantes políticas pro-familia ( las más ambiciosas de Europa) Orban da un empujón a la natalidad húngara, pues la tasa de fertilidad, en mínimos desde los años 90 tras el comunismo, ha aumentado notablemente respecto al pasado año y los abortos cayeron en más de un tercio respecto al periodo anterior. Con semejante éxito, el gobierno Orban ha decidido aumentar más todavía el gasto público en políticas pro-familia, y entre las nuevas decisiones destaca la de que los padres no tendrán que pagar nada por el cuidado de los hijos mientras trabajan. Una apuesta por la conciliación de la vida laboral y familiar sin parangón en Europa.

Hungría cerró desde 2010 –cuando llegó Orban al poder- el grifo del despilfarro político, y paralizó subvenciones a lobbies como el LGTB que en 2014 recibió 40 mil dólares de George Soros. Orban, ante la amenaza sobre la libertad de las familias y la inocencia de los menores avasallados por la ideología de género, decidió cortar subsidios públicos a esos lobbies y lanzar a las Fundaciones de George Soros fuera de Hungría. La “filantrópica” Fundación de Soros abandonó Hungría en 2018.

Orban no quiere para Hungría otra dictadura neocomunista, esta vez disfrazada de arcoíris o corrección política, pues él mismo contribuyó a derribar la tiranía soviética que durante décadas esclavizó a su pueblo. En el verano de 1989 un joven Viktor Orban se dirigió a las 300 mil personas congregadas en la Plaza de los Héroes de Budapest para pedir la retirada de las tropas soviéticas y el fin el comunismo. Su voz se hizo notar en Hungría y fuera de ella. Desde 2010, Orban es primer ministro de Hungría. Su partido, Fidesz, ha explotado un nacionalismo identitario de corte cristiano y anti islamista, conectado con las necesidades del pueblo húngaro que le viene dando en los comicios electorales abundantes mayorías. En 2015 Orban hizo unas declaraciones en defensa de la vida del no nacido y a favor de la pena de muerte contra criminales asesinos que le valieron la condena de Bruselas y el ataque general del establishment mediático buenista.

En 2015 decretó un cierre de fronteras contra los “refugiados” sirios y africanos, por suponer un proceso inmigracionista favorecido por mafias esclavistas de tráfico humano financiadas por las Fundaciones de George Soros. Su política anti inmigracionista ha seguido intacta, y es especialmente contraria a los flujos de origen islámico que han visto cómo mezquitas y permisos de residencia se veían limitados y las deportaciones se aceleraban.

Hace más de un año el Partido Popular Europeo en cuyo grupo en la Eurocámara se integraba Fidesz, el partido de Orban, decidió suspender su militancia en la “familia popular europea”. Orban llamó “idiotas útiles” a sus compañeros de militancia europea, al servir dócilmente los dictados proinmigracionistas y anti-familia de Bruselas. Fue especialmente duro con el ex presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker.
En julio de 2018 Bruselas llevó a Hungría al Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TUE) por “incumplir la legislación europea sobre asilo y retornos” y expresó su preocupación por la "criminalización" de las ONGs que trabajan con refugiados en un claro gesto de sumisión perruna hacia George Soros. Orban no agachó la cerviz, y continúa con su apuesta política contra la inmigración.

La política tributaria del gobierno Orban pasa por favorecer los patrimonios familiares y respetar la propiedad privada. Los tipos impositivos sobre las rentas personales y sobre las Sociedades son de los más bajos de la Unión Europea. El tipo del Impuesto de Renta es de un 15 por cien, y el de Sociedades de un 9, el más bajo de la Unión Europea. Ello no ha impedido aumentar la recaudación fiscal, al haber cortado el grifo al despilfarro político y al haber estimulado un notable descenso de la deuda. El superávit fiscal registrado en Hungría permite a Orban actuar con manos libres para estimular, desde el Estado, políticas pro natalistas y pro soberanistas. El crecimiento económico de Hungría se situó el pasado año por encima del 4 por cien del PIB, y supuso un bofetón en toda la cara a socialistas y comunistas que vieron como la libertad económica y la acción del Estado pueden combinarse para crear prosperidad mientras se cierran fronteras y se estimula la natalidad autóctona.

Orban ha vuelto a dar lecciones valientes sobre cómo retar a los dictados del mundialismo y de sus valedores multiculturalistas, restituyendo la noción de Patria como unidad histórica de destino y justicia social. Su pulso contra el globalismo y las oligarquías de Bruselas debe ser apoyado por todo patriota que crea que no puede haber sentimiento de Patria en el alma popular si éste no tiene la merecida y digna justicia social que lo acompañe.