Érase una vez una niña que, tras acogerse a una excedencia de su trabajo en 2012,​ fue elegida diputada autonómica, luego portavoz adjunta y, gracias a sus cualidades personales, comenzó a participar como tertuliana en medios de comunicación. Parecía que su trayectoria política sería imparable y, de hecho, fue elegida segunda joven europea de 2014, premio que le concedió la Alianza de los Demócratas y Liberales en el Comité de las Regiones de la Unión Europea.

No paró ahí la cosa. Tan sólo 3 años después, se presentó a las elecciones, esta vez como candidata a la Presidencia de la Generalidad. A pesar de que su partido fue el más votado, no pudo  formar gobierno. La comarca se le quedó pequeña y, en 2019, anunció su salto a la política nacional. Un año después, en 2020, fue proclamada presidenta de su partido.

¡Qué contenta se puso! Tomó las riendas de la formación y decidió que podía llegar aún más alto. Su destino era la cumbre. A pesar de que el país, en plena pandemia, se encontraba casi paralizado, su cabeza no paraba de maquinar. Una y otra vez pensaba cómo rentabilizar los escaños y concejales que su partido tenía en el parlamento nacional, los parlamentos autonómicos y los distintos ayuntamientos en los que habían obtenido representación, especialmente en aquellos en los que, cambiando los votos de sitio, pudiera hacer que la oposición, con su ayuda, formara gobierno.

  • ¡Ya lo tengo! – se dijo a sí misma – Con los seis diputados que tengo en Murcia, me voy a unir a la formación del Presidente del Gobierno. Presentaré una moción de censura y, con su apoyo, haré que uno de mis candidatos, a pesar de que somos la parte débil de la coalición, presida la Comunidad Autónoma.

La niña estaba absorta en sus pensamientos. Tal y como ella lo veía, todo el mundo no tendría otro remedio que reconocer su sagacidad política por conseguir, con esa hábil maniobra, los mismo que si hubiera ganado las elecciones.

  • Con la publicidad positiva que generará este primer movimiento – continuó pensando su cabecita-, voy a hacer lo mismo en Madrid. Con mis 26 diputados autonómicos, romperé la coalición con esa otra niña que acapara más atención que yo y, como las matemáticas me dan, voy a presentar una segunda moción de censura también allí.

¡Qué torbellino mental! Una vez había empezado a desarrollar el plan, no podía parar.

  • Y en Castilla y León, y en el ayuntamiento de … Y diré que lo hago para que el Presidente del Gobierno y su partido no caigan en manos de extremistas e independentistas… Y el electorado comprenderá que mi papel ha sido tan importante para que no se radicalice el país que, en las próximas elecciones, ya no tendré 10 diputados, sino que por lo menos multiplicaré por cinco o más, y entonces formaré parte de…

Tan ensimismada iba, que se despistó y no se dio cuenta de una piedra en medio del camino. La otra niña en la que había estado pensando, se le había adelantado y convocado elecciones.

  • Es sólo un tropiezo – se autoconvenció sin desanimarse por ello-. Presentaré la moción de censura de todas formas. Como la mesa de la cámara la controla mi partido, seguro que se admitirá a trámite. Y que sea un tribunal el que decida, porque a lo mejor hay suerte y se anula la maniobra vil y rastrera de la niña ésa...

Pero antes de que se diera cuenta, volvió a tropezar con otra piedra que tampoco había previsto: en Murcia, 3 de sus candidatos, decidieron no seguir el plan urdido y se desmarcaron de ella para continuar apoyando al partido con el que hasta el momento habían formado coalición y…

Y como han podido leer, este artículo es una adaptación libre de la fábula de Samaniego. ¿Recuerdan cómo terminaba? Pues que la pobre niña tropezó, cayó y se dio de bruces contra el suelo. Sólo se hizo unos rasguños en las rodillas, pero su cántaro (su partido) voló por el aire y se rompió en mil pedazos. La leche (los diputados y concejales) se desparramó por todas partes y sus sueños, se volatilizaron. Ya no había leche que vender y, por tanto, todo había terminado.

– ¡Qué desgracia! Adiós a mis huevos, mis pollitos, mi lechón y mi ternero (Presidencias, Vicepresidencias, Direcciones Generales, alcaldías) – se lamentaba la niña entre lágrimas – Eso me pasa por ser ambiciosa.

Con amargura, la niña del cuento, recogió los pedacitos del cántaro y regresó junto a su familia, reflexionando sobre lo que había sucedido.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.