Un mamacallos es aquél que espera que el olmo dé peras, los callos leche y los bobos, chispas. Del correlindes dícese que está entre Pinto y Valdemoro, que no es ni chicha ni limoná, pero que no se cansa de no saber qué es ni dónde está. Y a la figura del pinchaúvas se le representa con un racimo en la mano y un tenedor en la otra. Resumiendo: participan todos ellos de ese curioso grupo de tontos sin conciencia de ser tontos. Pero que se jartan de joder al común, aplaudiendo muy a menudo al delincuente, cuando no alzándole a un pedestal.

Comentan los «expertos» que, en las próximas elecciones andaluzas, el caso «Braulio Medel» puede restarle algún escaño al PSOE. Pero, a estas alturas, ¿quién es el guapo que sabe lo que le da y le quita votos al PSOE? Y no crean, mis amables lectores, que es este un dilema simple, pues si el asunto estuviera tan claro y la ciudadanía tan bien formada como muchos bienintencionados creen, el PSOE -lo mismo que el PP- hubiera desaparecido hace muchos años de nuestra faz política, destruido por su inmenso oprobio, por su criminal historia; y la mayoría de sus dirigentes, gracias a sus atrocidades, estarían forzados a galeras, con sus cadenas bien aseguradas en las branzas.

Ahora, es el caso «Braulio Medel», que no es sino un caso más que añadir al vademécum delictivo socialista, tan desmesurado como indecente. Un caso más, paradigmático de que en esta política de nuestros pecados muchos saben y al mismo tiempo callan, arropados por un silencio especulativo y condicionado, como todos los mutismos áulicos. Un caso más para la casuística de las alcantarillas del poder, de los entornos palaciegos, en los que ninguno de los advenedizos que ejercen de cortesanos de partido se presenta a las reuniones y asambleas con las manos vacías, ni sin ases en la manga, porque todos conocen y ocultan gravísimos secretos, que los protegen o protegen a los suyos.

Pero, cabiendo en las cloacas españolas tantas múridas bestezuelas o ratas rojas como alberga en su seno el caso «Royuela», mayestática cumbre del sumidero mefítico en que el atroz socialismo convierte a España siempre que se le deja, y que nadie se atreve a purificar para mayor baldón patrio, el caso «Braulio Medel» es, con ser gravísimo, una jugada para «chica». No obstante, ¡qué no sabrá el sevillano Medel, tras más de treinta años de banquero al frente de Unicaja, entidad financiera de inconfundible idiosincrasia andaluza, tanta como el peculiar andalucismo de los «chaves» y «eres» o de los créditos a fondo perdido solicitados por los angelicales sindicalistas y políticos en todas estas décadas!

¡Qué no sabrá para mantenerse aún terne y respondón, sin amainar las velas, sino templándolas al viento! En fin, si un hombre público, un político o un partido desea de veras regenerar una sociedad podrida como la española no puede hablar contra la verdad, aceptar una educación pervertidora, ser parcial en favor del poderoso, ni mostrarse débil al hacer justicia. Ni, por supuesto, practicar el secretismo. Hay que levantar y airear las alfombras, porque debajo de ellas han anidado todas las cucarachas.

Pero esos personajes regeneradores no están hoy de moda. Y España entera -con la proa de Andalucía, el próximo domingo, para demostrarlo- padece esa ausencia de figuras ejemplares en los pasillos institucionales, y entre el electorado.

Las izquierdas han prevalecido en su maldad gracias a la inoperancia e insustancialidad de las derechas. Traidoras ambas. Corruptas ambas. Paseando la mirada alrededor se comprueba que no hay rincón de la vida pública que no esté henchido de mugre. Hoy España ofrece, en sus instituciones -y en su mayoría social-, el aspecto insalubre de una ciénaga habitada por parásitos y demás agentes infecciosos. España es un territorio contaminado, de pronóstico incierto. Y Andalucía lo corroborará el próximo domingo, no permitiendo que les gobierne VOX, la única, aunque hipotética, esperanza política de esta hora.

Líderes ambiciosos y corrompidos, de fracciones sectarias y de grupos con afincados intereses clientelares copan el seno de la nación. Aunque existe el riesgo de la simplificación excesiva, atribuyendo un ánimo uniforme a una población heterogénea, no podemos ignorar la influencia y confianza que, en esos mandarines, para sus depredaciones, depositan los millones de fans que los reeligen.

Y ahora, ¿qué? Sólo se me ocurre que, o se busca la verdad, liquidando la impostura, o se acaba -metafóricamente- de morir. Porque es necesario desalojar de la Moncloa y del noventa por ciento de los sillones del Congreso y del Senado a ese frentepopulismo radical, revanchista y vengativo -junto con sus cómplices del PP- que se ha aliado para aferrarse al poder y destruir a la patria.

Pocos de entre los españoles pueden proclamar que han estado exentos de prevenciones culpables o no han escondido la cabeza bajo el ala olvidando sus deberes. Pocos podrán respirar ya una sola vez a gusto ni sentir su conciencia en paz si no se supera toda esta miseria que nos ha caído encima, no de repente, sino poco a poco, para nuestra vergüenza, por culpa de la cómoda ceguera.

Y ahora, ¿qué? Pues elecciones andaluzas. Y a contar cuantos votantes están por la labor regeneradora y cuantos continúan en el grupo de los que abrieron, con rimbombante sonoridad, este artículo, y que vienen manteniendo a España, su patria, en suicida postración, en indeseable agonía.