Hace tiempo que también la identificación ideológica ha dejado de ser un principio de coherencia en la política práctica. Nadie, entre nuestros políticos, tiene hoy aspiraciones épicas al honor y a la gloria, menos aun sufriendo penalidades y peligros, ni posee el ideal caballeresco de servicio y el impulso del héroe para modelar el mundo a su medida, a la medida de la historia de España. Y mucho menos se esfuerza por abandonar una existencia temporal e histórica áptera, para vivir en la región esclarecida de la poesía.

Me adelanto a los resultados de las elecciones andaluzas para decir que de ellas se obtendrán los mismos frutos que de las anteriores. Escasos y equívocos para las gentes de bien; sorprendentes para quienes no dejan de caerse del guindo todos los días; suficientes para las gentes de la casta y sus clientes. Tanto dudo de que sean limpias y legales, como tengo la certidumbre de que no son democráticas, porque ¿puede llamarse democrática una sociedad mayoritariamente sin educación en la que pueden votar los simios y pangolines -con virus y sin ellos-, los tigres, los corderos y los chanchos?

Los votos han de pesarse, no contarse, dijo Schiller. La democracia es un abuso de la estadística, insistió Borges. No hay una inteligencia común, sólo una voluntad común, coinciden otros sabios, y es obvio que la voluntad hoy del común resulta, como mínimo y siendo benevolentes, negligente y obtusa.

No solo es la nuestra una sociedad ignorante, peor aún, es una sociedad que no desea curarse de su ignorancia, porque quien quiere curarse de ignorancia es preciso que la confiese. Y eso no ocurre. Nadie forma hoy a los jóvenes para que conserven la esencia de aprendices a los setenta años, en vez de representar el papel de doctores a los quince, como es corriente. Y no hablemos de la formación -profesional y moral- de los innumerables jueces que sentencian desde la venalidad y la arbitrariedad. Educación y justicia: ciénagas ambas. Esa es la clave.

Sí, una sociedad ignorante y sin alma, cuyos hombres y mujeres desean que la casta política los enganche a las varas de sus carruajes. Todos mudos y ciegos, sin nadie entre ellos que defienda la justicia, la fraternidad y la fe en España. Bultos ebrios que se divierten haciendo añicos la vasija vacía después del festín, y que abandonan la fiesta llevándose las copas de valor. Bultos irresponsables que se quejan como plañideras esperando que los parásitos de la política les solucionen su vida. Así son hoy la mayoría de los españoles, gente de esa que, hurgándose la nariz, contemplan indiferentes el mundo y lo que en él sucede.

Muchos españoles sólo piensan en tener sus cuevas llenas de tesoros, ignorando el desprecio a su lengua común y la perversión cometida contra sus hijos y nietos; ignorando los insultos y agresiones de separatistas y terroristas; vendiéndose unos a otros como el ganado en la feria. Prefieren las migajas que les echa la partidocracia, las subvenciones y concesiones de unos políticos que con sus botas corruptas les pegan en los hocicos, a la hermandad ciudadana, al enaltecimiento de España por encima del engranaje burocrático de un Estado podrido.

En cada cita electoral se comprueba una constante histórica: esa sorprendente facilidad con que los pueblos se dejan manejar, por su credulidad y su esperanza, a favor de las conveniencias de sus conductores, y ello a pesar del cúmulo de errores, engaños y crímenes que estos han ido amontonando en el tiempo. Al resultar inexplicable para algunos, debe deducirse que el asunto supone una cualidad incorregible de los errores populares. Una vez suelto el primer error, las opiniones se suceden según los vientos, y ya nadie puede encerrar o encauzar a la razón, que se disipa entre la vulgar batahola.

Así vemos a tantos y tantos que se acercan a las urnas obstinados en contribuir sin inmutarse a la ruina de su país, porque la debilidad humana, como dijo Cicerón, es indulgente consigo misma. Así vemos, en fin, cómo medio sector de la ciudadanía es irrecuperable, y que tenemos que acostumbrarnos a convivir con su perniciosa condición, sin siquiera impedirles que accedan al poder o a sus ganancias. Esta mitad, por sectarismo, por interés material o por naturaleza, es el granero electoral del capitalsocialismo, inveterado depredador del pueblo.

Media sociedad, izquierdas y derechas, traidora a España, a pesar de su retórica fingidora. Sólo fiel a sus intereses próximos, particulares. Es sabido que ni el capital, ni la mayoría de los políticos, tienen patria. Mas la pregunta obligada es: ¿la tiene el pueblo? ¿Tiene conciencia de pueblo soberano o sólo se estima como una tropa de ciegos dirigida por traidores? Y si tiene conciencia, ¿dónde queda el respeto que se debe a sí mismo frente a quienes lo esquilman y desprecian?

La naturaleza corrupta o corruptible de muchos gobernantes provoca el malestar y excita la codicia y la envidia en buena parte de la ciudadanía, que ansía para sí una particular e inagotable época de vacas gordas. Y es en épocas electorales, sobre todo en tiempos de corrupción y engaños, en sociedades hipócritas, llenas de resentimiento y envidia, cuando un grupo de demagogos, con propuestas ideológicas tan falsas y viejas como el andar a pie, utilizan su habilidad oportunista y salen a la palestra ofreciéndose para arreglar el mundo y repartir la riqueza de los poderosos entre los pobres de espíritu y los desasistidos.

Y éstos, generalmente faltos, además, de suficiente formación intelectual, se entregan en número considerable a esta provecta doctrina populista, como podían entregarse de igual modo a la superstición y a la hechicería, pues las increíbles propuestas de los casposos políticos parecen cargadas de un carácter mágico al llegar a los exorcizados oídos de la multitud, aunque se hallen alejadas absolutamente de la realidad y, sobre todo, de los verdaderos intereses de nuestra patria.

Algunos quieren creer que por ignorantes e inmorales que unos y otros sean y aunque se hayan revolcado en el estercolero de la genuflexión o del abuso, aún queda en ellos una partícula de sentimiento español. Y alguna vez han de despertar y echarse las manos a la cabeza, maldiciendo a gritos su mezquina vida, obligados a purgar su vergonzosa conducta. ¡Que todos sepan lo que significa el sentimiento de la tierra española! Y que comprendan que nuestra obligación consiste en desterrar de sus poltronas a tantos viles ambiciosos que sólo persiguen su interés personal en detrimento del bienestar de todos.

¿Cómo hacer ver a la ciudadanía indiferente el alcance de sus actos? ¿Cómo podrá llegar a comprender las consecuencias que sus pecados tuvieron, tienen y tendrán para sí mismos y para otros? ¿Cómo evitar el esperpento de un pueblo envilecido que refrenda a quienes lo envilecen? En fin, la cuestión es que se acercan nuevas elecciones y, con la experiencia acumulada durante cuarenta años, lo normal sería que los electores consideraran necesario esquivar los golpes de que no son capaces de defenderse, actuando en consecuencia. Pero será inútil, una vez más. Y seguirá siéndolo hasta que la gran catástrofe se produzca.