Intervención de la presidenta de la Comunidad de Madrid en el pleno de la Asamblea de Madrid durante la comparecencia para abordar la XXVI Conferencia de Presidentes del pasado 13 de marzo en La Palma 

 
La Conferencia de Presidentes es la Conferencia del Presidente para que hable él, y una vez que ya no están los medios de comunicación hacernos pasar un rato a los demás, este encuentro y los acontecimientos posteriores han servido, sobre todo, para comprobar la incapacidad del Gobierno a la hora de afrontar una hora tan crítica como la que vivimos. 
 
Así se intuía ya el día 13 y ese temor se vio pronto confirmado por la dramática evolución de los acontecimientos, que han llevado a España a una situación próxima al colapso. Abordamos temas diversos como la pandemia, los fondos de recuperación o la cooperación en materia de protección civil, pero el asunto más relevante fue el impacto de la guerra en Ucrania y las políticas que precisan para afrontarlo.
 
El problema es que el presidente Sánchez partía de una actitud interesada y un análisis equivocado. La estrategia del gran escapista, que cuando no se adueña de las ideas de los demás busca siempre atribuirles la responsabilidad que le es propia, tiene sus límites.
 
En este caso, consiste en achacar a la invasión de Ucrania las causas de una crisis económica anterior, que él ha agravado, callando que la inflación superaba el 7% antes de la guerra. Con los tanques de Putin ya en marcha, la vicepresidenta tercera del Gobierno todavía negaba que el conflicto pudiera tener incidencia sobre el sector energético español. Y ahora la inflación se ha elevado hasta rozar la barrera del 10%. Entre Sánchez y Putin, nos han hecho un 10% más pobres a los españoles.
 
Pues bien, en apenas una semana después del encuentro de La Palma, el descontento social estalló en las calles de Madrid de forma de pacífica pero contundente marcha de agricultores y ganaderos. Y al final de la semana siguiente, eran los transportistas, cansados de los insultos del Gobierno, quienes llevaban a su apogeo una huelga que ha sido solo un síntoma de una irritación general de toda la sociedad.
 
Del malestar hemos pasado a la parálisis: la flota pesquera amarrada, empresas cerradas o trabajando a pérdidas, sectores económicos al ralentí, desabastecimiento y estantes vacíos en los supermercados, autorización para racionar ciertos productos... Un escenario de auténtica emergencia nacional, que no ha sido suficiente para apartar a Sánchez y su Gobierno de radicales de sus políticas intervencionistas e ineficaces, cuando no de la pasividad.