España va muy bien; nada ocurre dentro de sus fronteras que le altere el ritmo cardiaco ni perturbe su apacible sueño pues, gracias al sistema político que disfrutamos los españoles, quizás aún exigentes en demasía, no todos han alcanzado el nivel de sensibilidad suficiente -perdón; yo, sí- para entender que en los tres últimos años, estos políticos -si, si; señores míos, estos políticos, no otros de por ahí, estos... ¡estos políticos, señoras y señores que se los vendo ni por tres, ni por...!- para nuestro uso y disfrute nos han sustituido graciosamente con la suavidad del terciopelo y la delicadeza de la seda importada de China -como la Covid-, el esparto que nos tenía llagado "tutto il corpo insepulto per tanti anni". Y una vez desterradas viejas formas autoritarias expresan, cuál cantarina mandolina, poéticos -poetas ellos y poetisas ellas-, sus "mandamientos políticos" para una buena gobernanza -¡ay que joderse con el palabro!- del país y, al unísono, consiguen hacer apacible, cómoda y sencilla nuestra aceptación; algo que se debería celebrar pues no es moco de pavo el vernos liberados del acostumbrado grito al que deberíamos responder "beeee, beeee y más beeee", como ovejotes sumisos camino al sacrificio. Con su inmaculado ejemplo de honradez, honestidad, decencia y altruista e incondicional entrega a los demás nos han enseñado -claro que lo deberíamos aprender- que utilizando como salvoconducto la virtud, el respeto y la lealtad, no existe lugar, por alto y brillante que sea, al que no se pueda llegar. Y, como sus enseñanzas no se agotan, también nos ha enseñado una de las más importantes enseñanzas que un maestro pudiera impartir: El Perdón. El Pedro Sánchez perdonándonos todas nuestras culpas -al menos las de los chorizantes separatistas catalanes- nos ha enseñado que el perdón es más satisfactorio y rentable para la víctima y para el mismísimo Estado -¡y no digamos para el victimario!- cuando se le agrede, de cualquier forma y manera, no importa su gravedad, que la represión: los grilletes que apresan una encadenada bola de hierro a la pantorrilla del reo, y la morbosa, tenebrosa y mezquina venganza.

¿Qué coño quiere usted, señora? Si le han ocupado la casa que tiene en el pueblo pues... Verá si perdona a los ocupas, lo bien que se va a sentir.

¡No me joda usted, señor joyero! No se ponga de ese modo; si de corazón perdona a los ladrones que le han dejado en la ruina pues... verá lo placido que usted se quedará. Pero... ¿Se va usted a poner así, de esa manera tan alterada, porque a su hija la han violado un grupo de MENAs que sin orden ni concierto se mueven a su antojo por donde les sale de sus mismísimos güitos sin que el Gobierno cumpla con su obligación? Pues... ya verá lo bien que se sentirán usted, su marido y su hija si los tres les dan su perdón y... una miiieeerrrda pinchá en un palo, que  con mucho gusto si pudiera y los años y las fuerzas me lo permitieran, yo se le haría comer a quienes todos sabemos, como si fuera una Piruleta.