Como si el problema de la inmigración que ya padecemos no fuera asunto serio, tanto que nos puede conducir a la quiebra como nación, ahora traemos a unos cuantos miles de afganos, en este caso con el pretexto de que han sido colaboradores de España. ¿En qué han colaborado y cuánto?

La cosa no parece seria. No lo parece, porque se nos dijo que el contingente militar que teníamos destacado en la zona, como parte del dividendo de paz internacional impuesto por la OTAN -organización militar mundialista que no defendería Canarias de un ataque por parte de Marruecos-, contaba con no más de una docena de intérpretes y algunas personas del personal de limpieza de nuestra Embajada en el lugar. Y si resultará que lo que teníamos destacado en la zona fuera dos soldados, una soldada y un capitán, y que el grueso de la tropa bajo bandera de España hubiera sido de nacionalidad afgana.   

No digo que traernos a unos cuantos miles de afganos, que no nos engañemos no quiere nadie y que se quedarán en España de por vida, incluso varones que deberían estar defendiendo su país de la invasión talibán, no sea un acto de valor filantrópica que puede identificarse con las buenas maneras y el paternalismo. Con todo, la cuestión tiene mucha más hondura. Tanta, que esa piedad que venimos exportando hace que los pueblos donde plantamos las botas sean incapaces de no vernos como enviados a proporcionales el progreso técnico-industrial, el incremento de los bienes de consumo y el bienestar social, subordinando todo ello a la misma defensa de su identidad y de sus valores. Ahora bien, la única fuerza capaz de que los pueblos preserven esa identidad y esos valores es defendiéndolos, porque cada pueblo debe escribir su propia historia.

Bien es cierto que si el pueblo español, tan soberano él, no se rebela… Pues nada. ¡Qué vengan, y que se traigan a más! Los afganos son gentes que se reproduce bien y pueden ser de una importancia capital en el crecimiento de las grandes empresas, por ser mano de obra barata que competirá por el trabajo de los españoles que se ocupan en las profesiones más humildes, rebaje sus salarios e introduzca distorsiones sociales en sus barrios, uno de los acicates necesarios de la especulación inmobiliaria. De momento los instalados, esto, quienes no van a padecer estos problema, pueden mantener su escéptico-relativista silencio o su pluralismo agnóstico que no hace sino beneficiar a cientos de productos ideológicos que sojuzgarán aún más a la mayoría de los españoles. Ah, eso sí, que no hagan poesía de estos peligrosos vuelos Kabul-Torrejón, o crean que por una homilía de Berglogio van a convencernos a algunos.