Sí. De esa mazmorra figurada aunque angosta en la que algunos, por dispares razones y por el qué dirán, nos recluimos. Más cerca de los sesenta que de los cincuenta, muchas cosas han dejado de importarme aliviando las alforjas de pesos innecesarios. Ando tras la verdad, al menos, tras la mía; tras la coherencia ideológica e intelectual. España y los españoles jamás me fueron indiferentes porque no es posible permanecer impasible frente a aquello que se ama.

Quienes algo me conocen saben de mi pasión por la política. Media vida buscando mi lugar y, por fin, he visto la luz. Una candela que siempre estuvo ahí aunque que, por mi ceguera, pasó inadvertida durante demasiado tiempo. Reconozco que sus llamaradas fueron insistentes pero fui cobarde.

Nada ganaré tras esta confesión salvo incomprensión, indiferencia o sorpresa pero nada de esto me inquieta. Lograré, acaso, paz interior y fidelidad a las propias ideas, lo que no es poca cosa. Nunca fui pragmático y quisiera seguir no siéndolo aunque los dividendos, por semejante terquedad, sean de naturaleza muy distinta de los bursátiles.           

Soy falangista pues en el mensaje de José Antonio Primo de Rivera se condensa, desde una óptica política, cuanto soy y pienso. Un mensaje hermoso y nítido que, para ser entendido y no necesariamente compartido, debe desprenderse de espurias interpretaciones de acólitos que nada entendieron y que, a la postre, han prostituido gravemente la doctrina joséantoniana. Un mensaje hermoso y nítido, digo, muy alejado de exégesis desquiciadas de voluntariosos desconocedores de la Historia Política y de las ideas. Falange nació en una España muy diferente a la de hoy e interpretar la Historia, también la de la Falange, con los ojos de nuestro tiempo sólo arrojaría conclusiones erróneas. Anguita, por ejemplo, fue comunista confeso y en su acertado periplo de regidor cordobés no hubo hambrunas, ni vergonzosos muros, ni checas, ni persecuciones religiosas. ¿Se comprende el paradigma? Se colige que Don Julio, al menos él sí, evolucionó muy favorablemente deshojando la margarita de pétalos fraudulentos.

La doctrina de José Antonio se resume en una solemne declaración de intenciones que cimenta y moldea el resto de su filosofía política: PATRIA, PAN Y JUSTICIA en el entendido que, faltando el pan y la justicia, la sóla idea de mentar la palabra patria resultaría inadmisible.  Amo a mi país y a mis paisanos, sobre todo a los mansos y humildes. Amo la tierra de mis padres, de mis abuelos y de cuantos ancestros reposan en ella. Amo la justicia, independiente y ciega, que no distinga cetros de cayados. Amo la república como forma de jefatura del Estado, donde la legitimidad de su máxima representación provenga de las urnas y no de las alcobas. Amo la cultura, con C y no con K. Con C de conocimiento, de concordia y de compromiso. Quienes con K escriben cultura, han convertido a ésta en una especie de ikastola donde el markenting  sektario se reserva el derecho de admisión y conmina a sus discípulos a estudiar y leer con un ojo, una fosa nasal y un pabellón auditivo tapados.

Con la izquierda comparto algunos de sus planteamientos como su cercanía al más débil o la conveniencia de la prestación pública de servicios esenciales, sin cuya plenitud no es concebible una sociedad justa. Pero, en modo alguno, puedo admitir su tibieza respecto de la sustantividad, unidad y supervivencia de la nación española ni su connivencia, cuando no complicidad, con los nacionalismos vasco y catalán, forjados con soflamas y actitudes levantiscas, excluyentes, victimistas, segregacionistas y supremacistas. Jamás entendí, ni perdoné, su tibia e indolente actitud con el terrorismo de ETA, anteponiendo una supuesta afinidad ideológica con canallas a la carnicería perpetrada. Nunca comprendí que quienes, con teatrales sobreactuaciones, llamaban racistas a sus adversarios por denunciar la inmigración ilegal, se echaran en brazos de xenófobos contumaces que vislumbraban supremacía en las etnias vasca o catalana. Hay algo peor que ser tonto a secas; ser tonto útil para el mal. Y el mal no admite conjunciones adversativas que prologuen alegatos exculpatorios.

Aunque fuere de perogrullo, conviene recordar que obrero y empresario son dos realidades condenadas a entenderse pues se necesitan mutuamente para existir. La dialéctica de la lucha de clases puede que explicara parte de la Historia pero jamás fue ni será una herramienta útil, y muchos menos pacífica, para corregir las desviaciones y desequilibrios que se generan entre los codiciosos y los que aspiran a un salario justo y suficiente. No mantengo un discurso equidistante sino lógico y, aunque el odio y las trincheras generan mantecosos beneficios, jamás viviría de él inmolando a los más frágiles de la ecuación. Demasiados viven muy bien fraguando falsas contiendas entre ricos y pobres, hombres y mujeres, carnívoros y vegetarianos o animalitas y cazadores. Es la nueva religión que enriquece a profetas y distribuidores y trocea a parroquianos. Profetas que, desde una hipocresía nauseabunda, en un santiamén abrazan la riqueza que otrora deploraron,  abandonan a su familia y quién sabe si, para rematar la faena, se meten entre pecho y espalda un chuletón de Ávila. Que uno puede hacer lo que quiera con su vida pero si decide encaramarse a un ambón para impartir moral y ética, lo menos que puede hacer es predicar con su ejemplo. Digo yo.

Siempre preferí la auténtica o la burda imitación; la religión, digo. La católica, apostólica y romana que, con indudables sombras e infinitas luces, ha mantenido y transmitido el verbo del Nazareno a lo largo de dos mil años. Una palabra que propone amor, entendimiento y caridad aunque los pastores y el rebaño (a diferencia de agnósticos y ateos níveos, puros y libres de toda mácula) reconozcamos nuestras debilidades humanas. Reconocimiento que nos honra y que, a su vez, explica en parte nuestra Fe. Una Fe que, por mil razones y por mil jirones, merece un trato preferente por parte de un Estado por descontado aconfesional. Bajo palio sólo SU sangre y su cuerpo y el resto a trabajar, desde diferentes y complementarios carismas, por el presente y el futuro de nuestros hijos y nietos.

Todas las ideologías, el falangismo también, tienen muertos en el armario aunque algunas, con mejor prensa, infinitamente más que otras. Es lo que tiene el homo sapiens, capaz de sodomizar grandes ideales hasta convertirlos en monsergas. Mi falangismo es fiel al néctar de las fuentes originales, libre de aditivos, adendas y ocurrencias. Desprovisto de las sucesivas capas de barniz secularmente añadidas por detractores y prosélitos despistados.

Me disgusta el brazo estirado y, mucho más, el puño en alto y apretado. Mejor un apretón de manos, un abrazo o un beso. Lean ustedes algo y entérense, de una puñetera vez, que antes y durante la II República española, una parte demasiado importante de la siniestra ansiaba convertir a España es un satélite más de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. De haber prosperado semejante paranoia o de haber ganado la guerra el bando republicano, las consecuencias habrían sido seguramente funestas. Habríamos padecido la misma desventura que Alemania Oriental, Rumanía o Bulgaria, por citas algunos ejemplos.  Se comprende, por tanto, que Falange tuviera ramalazos de fascismo y autoritarismo pues imagino que las flores, la prosa o el verso habrían resultado estériles frente al fascista carmesí de Largo Caballero que, entre otras perlas, dejó dicho: “La clase obrera debe adueñarse del poder político, convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo y, como el que tiene el poder no ha de entregarlo voluntariamente, por eso hay que ir la revolución” (Linares, 20/01/1936)

Tampoco Pablo Iglesias, cuya efigie mancilla las casas del pueblo socialistas, se andaba con bromas: “El partido que yo aquí represento aspira a concluir con los antagonismos sociales,… esta aspiración lleva consigo la supresión de la Magistratura, la supresión de la Iglesia, la supresión del Ejército… Este partido está en la legalidad mientras la legalidad le permita adquirir lo que necesita; fuera de la legalidad cuando ella no le permita realizar sus aspiraciones.”  (diario de sesiones del 5 de mayo de 1910)

“Queremos la muerte de la Iglesia, cooperadora de la explotación de la burguesía; para ello educamos a los hombres, y así le quitamos conciencias. Pretendemos confiscarle los bienes. No combatimos a los frailes para ensalzar a los curas. Nada de medias tintas. Queremos que desaparezcan los unos y los otros” (Cuadernos para el Dialogo, Madrid, 1972, página169)

Toda una declaración de intenciones que conocería su descarnada praxis de forma sistemática y vil por obra y desgracia de sus más fieles devotos. Dicen que las pistolas las carga el diablo como las sandeces al necio; esto último lo digo yo.

Podría seguir aunque se me antoja innecesario para quienes conocen la Historia y estéril para quienes encuentran acomodo en su ignorancia.

Permítanme, eso sí, que recuerde algunas de las reflexiones de José Antonio que revelan, como ninguna otra ideología, la belleza de un corazón partío  entre un profundo y sincero amor a España, el servicio a los más humildes, la Justicia y nuestra tradición cristiana.

“Cuando hablamos del capitalismo –ya lo sabéis todos– no hablamos de la propiedad. La propiedad privada es lo contrario del capitalismo; la propiedad es la proyección directa del hombre sobre sus cosas: es un atributo elemental humano. El capitalismo ha ido sustituyendo esta propiedad del hombre por la propiedad del capital, del instrumento técnico de dominación económica. El capitalismo, mediante la competencia terrible y desigual del capital grande contra la propiedad pequeña, ha ido anulando el artesanado, la pequeña industria, la pequeña agricultura: ha ido colocando todo –y va colocándolo cada vez más– en poder de los grandes trusts, de los grandes grupos bancarios. (Discurso sobre la Revolución Española del Cine Madrid el 19 de mayo de 1935)

“Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas cualidades entrañables, la Patria, el Pan y la Justicia. (Testamento de José Antonio Primo de Rivera)

“El ser derechista, como el ser izquierdista, supone siempre expulsar del alma la mitad de lo que hay que sentir”

“Falange Española no es un partido más al servicio del capitalismo. ¡Mienten quienes lo dicen! El capitalismo considera a la producción desde un sólo punto de vista, como sistema de enriquecimiento de unos cuantos. Mientras que F. E. considera la producción como conjunto, como una empresa común, en la que se ha de lograr, cueste lo que cueste, el bienestar de todos.”

“Falange Española no puede considerar la vida como un mero juego de factores económicos. No acepta la interpretación materialista de la historia. Lo espiritual ha sido y es el resorte decisivo en la vida de los hombres y de los pueblos”

“Queremos menos palabrería liberal y más respeto a la libertad profunda del hombre”

“El capitalismo, muy en breve, en cuanto vinieron las épocas de crisis, acudió a los auxilios públicos; así hemos visto cómo las instituciones más fuertes se han acogido a la benevolencia del Estado, o para impetrar protecciones arancelarias o para obtener auxilios en metálico. Es decir, que, como dice un escritor enemigo del sistema capitalista, el capitalismo, tan desdeñoso, tan refractario a una posible socialización de sus ganancias, en cuanto vienen las cosas mal es el primero en solicitar una socialización de las pérdidas”

En la mañana del veinte de noviembre de mil novecientos treinta y seis, en el patio de la cárcel de Alicante, disparos indiscriminados y desaforados, sellaron los labios de José Antonio pero no pudieron ni podrán jamás silenciar sus ideas.

Abundan comunistas, marxistas o anarquistas que, con desvergonzada desfachatez,  nos tildan de nostálgicos pues, como ustedes sabrán, las soflamas por ellos enarboladas nacieron antes de ayer.

Sarcasmos aparte, tal como yo lo veo, las ideas de José Antonio se me antojan universales, transversales y permanentemente vigentes. Ya va siendo hora de que su legado deje ser muleta de felones y coartada de tarados para convertirse en la hermosa realidad que él esbozó. No hay más camino que la democracia ni voz más autorizada que la surge de las urnas. Pero a la democracia le ocurre lo que a la libertad; que el fin perseguido y los medios utilizados determinarán la grandeza o miseria de sus valedores. Corres tiempos decadentes en los que demócratas convencionales llevan arrojando piedras en la tumba de Montesquieu desde mil novecientos ochenta y cinco. Tiempos grises en los que la fiscalía general de Estado actúa como letrada del gobierno. Tiempos malolientes en los que las cloacas del Estado no evacúan las boñigas pero  depuran, o lo intentan, la inmundicia de sucesivos gobiernos. Tiempos peligrosamente decadentes en los que el Gobierno asalta Indra (empresa puntera en tecnologías de la información e informática) para, según el asaltante, proteger a los más vulnerables. En mi infinita candidez, creía yo que los más débiles necesitaban pagar los combustibles, adquirir alimentos u obtener los más elementales bienes y servicios a precios justos. Sin perder de vista el objeto social de Indra, parece que el Gobierno ve en la propaganda una herramienta para que el español ame sus servidumbres y renuncie a su libertad y sueños.

Anoche tuve un sueño. El de una España orgullosa, unida y próspera. Donde las plusvalías empresariales a todos alcanzasen. Donde la familia, en su concepción más amplia y hermosa, recobrase el vigor y protección tantas veces vilipendiados. Una España abierta al mundo, singularmente a Hispano-América porque no es posible entender una sin la otra. La Hispanidad es infinitamente más que una brisa del oeste. Es la cara y la cruz de España. Un dicho criollo reza así:  España está donde hay un español. Y de América nunca se marchó. En efecto, anoche tuve un sueño, tantas veces soñado y otras tantas traicionado.