De niño fui feliz a la sombra del Movimiento; del "Glorioso Movimiento Nacional". Fui dichoso a la sombra del joven y frondoso árbol que crecía con vocación de altura y me inundaba de vigor y alegría. Escuchaba boquiabierto y atónito con los cabellos erizados y el corazón en un puño las historias de la guerra contadas por mis mayores, mientras saboreaba la victoria, al amor de la lumbre en los fríos inviernos montañeses. Habíamos ganado, destruido el mal y salvado a la Patria, y esto supone esa doble dimensión glorificante: de victoria, y de acierto. Una victoria merced a la intercesión divina y un acierto por la fuerza de la razón. Y habíamos regalado a nuestros enemigos -no la revancha- si no el amor y el perdón, como manda nuestro credo. Éramos grandes, afortunados y la verdad nos pertenecía. Éramos poderosamente bienaventurados con un montón de patatas cocidas; con un puñado de castañas que llevar a la boca, con un largo bagaje de miserias, pero ricos en todo lo demás y en la persuasión de que cualquier felicidad aun sembrada de pobreza es mayor que todas las riquezas materiales juntas.

El "Alzamiento Nacional", era el origen de nuestra felicidad; la semilla plantada del árbol que empezaba a florecer. Franco había sacado a España del caos, la había librado de caer en el comunismo y, restaurado la justicia, el orden y la paz. La Patria era, Una, Grande y Libre, y emprendíamos el camino que iba a devolver a España su grandeza imperial y su gloria.

Habían callado los cañones y empezado a sonar las campanas. Las campanas de la paz y la concordia. Tras la Guerra de Liberación, la consigna de !Arriba España!, animaba la reconstrucción de un país devastado por la guerra. Y nada más bonito que construir, que tener ese espíritu útil a los demás, de solidaridad entre todos los españoles, que da sentido a las cosas y, al final, a la propia vida de cada cual, con la satisfacción del deber cumplido. Ese es el bien, que hoy no existe. Atesorábamos esperanza en el ánimo y por eso podíamos abrazar la ilusión con ganas de vivir y efusivo entusiasmo.

Portábamos la bandera de la paz entre un vuelo de palomas rumbo al infinito. La nueva España nos regalaba la devoción poética; José Antonio ya lo había dicho: "Al mundo no lo mueve nadie más que los poetas". Se respiraba el esplendor de poder celebrar el misterio de vivir, con la meta de la eternidad que Dios nos reservaba tras el paso terrenal. Era nuestra la libertad, ese don más preciado que según Cervantes regalan los cielos a los hombres. También la seguridad de la convicción que a todo viajero da el saberse en el buen camino. No asomaba el mal por ningún sitio.

De niño fui feliz imaginando lo que después el tiempo me demostró que nunca iba a existir: la cordura, el entendimiento y buena voluntad; la armonía y la paz presidiendo la convivencia. Perdido el paraíso de la infancia y su inocencia, hoy, transcurrido más de medio siglo, asisto a la degradación de lo que antes eran valores y una filosofía de vida. Concibo el

fin de la decencia, la dignidad y la vergüenza, en la falta del respeto a la naturaleza y al prójimo. En la exacerbación patológica del mundo y en el regreso de los humanos al estado cavernario, si bien, auxiliados por las herramientas que han inventado, con lo cual la terminación de la especie natural y humana es aún más rápida y destructiva. Observo con estupor en lontananza los nubarrones que se avecinan. Recordando aquella primera década de mi vida, en plena posguerra -años cincuenta-, hoy me siento decepcionado. Y, !ay!, que vértigo la fugacidad del tiempo. Qué triste la caducidad de las cosas. Y esa sensación de dejar atrás fragmentos irrepetibles de vida y un rosario de muertos en el camino. "El tiempo se desliza sin ser notado y engaña a los mortales", escribió Leonardo da VinciDesde luego que nos ha engañado con los humanos que lo han dirigido.

En la niñez las carencias presagiaban la abundancia; la autenticidad tenía el peso esperanzado de un tierno corazón. Brillaba la verdad y era nuestra. Y de todos los que la quisieran porque vivíamos con libertad. Libertad de pensamiento, movimiento, y de emprender la empresa que desearas. Nuestra empresa era la del Bien. A los pequeños las abuelas nos armaban con el sagrado escapulario correspondiente. Una piadosa reliquia que venía a solucionarlo todo. El escapulario semejaba al brazo de Santa Teresa de Jesús que Franco llevaba a todas las batallas. Había que estar alerta y no bajar la guardia, el enemigo de España, nuestro enemigo, es el demonio que nunca duerme. Tras este cuidado y tal protección, la dicha estaba garantizada.

Vivíamos pensando que Franco era Dios; no solo una representación vicaria del Altísimo en la tierra, sino el mismo Dios hecho hombre; el Salvador de la Patria, el Poseedor del bien, la verdad suprema y la justicia. El día que mi abuela me enseñó la leyenda de una rubia, verifiqué la realidad de mi presentimiento.

-Mira, hijo: -afirmó la abuela con cierta gravedad mostrando la peseta- ves lo que dice aquí: "Francisco Franco, Caudillo de España, por la Gracia de Dios", y se calló, ruborizada con un punto de emoción.

Aquel misterioso silencio me dio mucho que pensar, pues hasta que no tuve uso de razón no entendí por qué mi abuela escupía sangre desde el asedio de la guerra en el pueblo, por tanto sufrimiento. No podía caer entonces en esa cuenta, que en mi madurez advertiría. Mi abuela se calló presa de la emoción, por todo lo que le habían hecho sufrir en la guerra, los que la habían traído, para después perdonarlos, y librarlos de la muerte. Pero aún tenía la peseta en sus manos cuando pensé que si el "Caudillo de España" estaba representado en el dios dinero quería decir, que era aun más que él. Quizá los mayores nunca afirmaron que Franco era Dios, pero se podía inferir de su actitud tal evidencia; de su disposición cuando hablaban de él con tanta reverencia, o escuchaban por la radio su mensaje de fin de año, o lo veían fotografiado en los periódicos. Tal vez ellos también lo creían así, como los pequeños, aunque no lo aseguraran rotundamente, o no supieran definir esa impresión que les asistía ante el salvador de España. Era un dios para ellos que les había librado de la muerte más cruel. Franco era muy pobre en palabras, pero muy rico en las imaginaciones que suscitaba. Los niños no dudábamos de que Franco era Dios convertido en hombre. Él se sentía un Enviado, decía su confesor, y otros, así lo imaginaban. Seguro que lo era. Nada es demostrable, pero esta percepción colectiva resultaba muy beneficiosa. Se había pasado muy mal en la guerra, y había estallado la paz. Rezar con fervor suponía la terapia espiritual del sosiego y la conciliación. Ricos en la fe, vivíamos de creencias, que hoy vemos que eran más que ciertas y acertadas; felices en el dulce e incomprensible sueño que es la vida, y la Virgen se aparecía a los pastores que éramos nosotros y nos daba esperanza y ganas de vivir.