Soy español, lo cual considero un honor y una distinción, mucho mayor que cualquier otra que tenga en mi haber personal. No es una exageración, es un sentimiento profundo y sincero y, sin ninguna reserva, una inquebrantable convicción. Es por esta poderosa razón por la que siento vergüenza, indignación, cabreo y nauseas cuando, cada día, tengo que soportar al infame presidente del Gobierno del, todavía, Reino de España.

Su intervención en la Asamblea de la ONU (Organización de las Naciones Unidas) es toda una declaración cínica, hipócrita, farisaica y, con el descaro que siempre le acompaña, profundamente demagógica. En nuestro idioma castellano, hermoso y rico como pocos, hay un calificativo que, aunque suene dulce o discotequero, describe al narcisista Pedro Sánchez Pérez-Castejón, de cuarenta y nueva primaveras madrileñas, es un tartufo. También es el título de una excelente comedia de cinco actos, escrita en versos alejandrinos, por Jean-Baptiste Poquelín –Moliere-. Les recomiendo su lectura encarecidamente, en ella aparece el farsante o impostor, siempre dispuesto al engaño, al juego sucio y traicionero, y que acredita las cualidades de un ser despreciable por su condición inmoral y obscena.

“La democracia está amenazada en el mundo” –declaró solemnemente ante la comunidad de naciones-. Qué cuajo y qué insolente aseveración proferida por quién ha convertido a la democracia española en un porquerizo embarrado. ¿Cómo se puede tener tanta cara y capacidad para profanar la verdad? Lo peor –si es que no hay algo todavía más vergonzante- es que habla en nombre del pueblo español, en nombre de mi Patria –con mayúscula-, y es aquí por donde no paso y trago al infame presidente, lenguaraz y descarado.

“Mire usted” –como decía  Mariano Rajoy desde su bonhomía-, miente más que parpadea. Con ese tonito moralizante, empalagoso, de gesto teatralmente afligido y, con tono circunspecto, se autoproclama salvador mesiánico de la democracia avanzada, ejemplo virtuoso de hombre de estado –a escala planetaria según el argumentarlo socialista de los últimos tiempos- y se permite el lujo de sentar cátedra.  Su osadía no tiene medida, su licencia para la verborrea es excesiva por demasía, su locuacidad, parsimoniosa y petulante, rezuma una insolencia verdaderamente audaz.  En definitiva, sus intervenciones públicas, precedidas de ese paseíllo desgarbado hasta llegar a la tribuna de oradores, son toda una pamema y comedia de fea factura y pésimo gusto. El mismo que tiene usted para escoger sastre y corbatas –de dudosa elegancia-.

Espero y deseo que el pueblo español no se vuelva a dejar engatusar por su labia y verbigeración, que sepa separar el trigo de la paja, la mentira atrevida de la verdad callada y ocultada. Como madrileño y como español que ama a su Patria –con mayúscula- reniego de usted y de sus métodos, de sus pactos adúlteros y su programa sectario. Es usted una condena y un suplicio insoportable. Sus charlotadas, operetas y comedias, con aires melodramáticos, son lamentables y execrables. Así de claro se lo digo, sin reparo, sin miedo, ni temor a la vendetta o la represalia.

Qué mal presidente para tan magnifico estado –afirmo parafraseando a Felipe II respecto al menguado de su heredero-. Usted nos habla de peligros para la salud de la democracia a nivel mundial, así lo regurgitó en Nueva York. Y ¿Qué es lo que hace? Ya lo vemos, atropellar la división de poderes característica de un verdadero estado social, democrático y de derecho. Tiene al poder judicial controlado, salvo el irredento Consejo General del Poder Judicial, pues ha colocado a sus comisarios al frente de la Fiscalía General del Estado y en la abogacía del Estado.  Su intromisión e intimidación es permanente e insultante. Controla el Parlamento Nacional desde el palacio de la Moncloa, sometiéndolo a sus caprichos ideológicos a través de decretos y disposiciones sin debate ni discusión. El presidencialismo con el que actúa es un comportamiento propio de las repúblicas bananeras caribeñas, a las que muestra su cálida acogida. No habrán olvidado queridos lectores la bienvenida dispensada a Delcy Rodríguez, vicepresidenta de la República Bolivariana de Venezuela, con todo su oropel de maletas de contenido dudoso. José Luis Ábalos ya fue purgado por su jefe en la última remodelación del Consejo de Ministros, por el afamado vodevil del aeropuerto de Barajas.

Tampoco es cuestión menor la de la política exterior respecto a Marruecos. La actuación de la diplomacia española, entonces dirigida por Arancha González Laya, también depurada por el in misericorde Sánchez, es de pena mora –nunca más acertado el dicho popular-. Una chapuza que no es capaz de organizar ni la TIA (Técnicos de Investigación Aeroterráquea), creada por Francisco Ibáñez para sus historietas de Mortadelo y Filemón. Arancha –Ofelia en el cómic- servía a su jefe el superintendente Vicente –José Luis  Ábalos-,  con la intervención de unos agentes de cualidades más que dudosas. Es decir, un montaje chapucero que provocó una gravísima crisis con Marruecos, convirtiendo nuestras fronteras en la casa de tócame roque. Barra libre para  la llegada masiva de súbditos de Mohamed VI, poniendo en grave peligro la seguridad de nuestras fronteras y comprometiendo nuestra seguridad nacional.

Brahim Galli, presidente de la República Árabe Saharaui Democrática y secretario general del Frente Polisario, entró y salió de España como Pedro por su casa. Es un motivo de deshonra y deshonor para todos los españoles que, una vez más, vemos a la alegra pandilla social-podemita hacer el ridículo –ahora sí- a escala planetaria.  Pero Sánchez, infatigable al desánimo, da consejos en la ONU sobre el futuro del Sahara, sin decir nada, como siempre. Un discurso cargado de eufemismos, declaraciones grandilocuentes y fatuas que, como era su vanidoso propósito, engolan su tono afectado, dando gravedad al discurso pronunciado. Vacunas para todo el mundo, el cambio climático, el futuro del Sahara o, la preocupación por la salud democrática mundial llenaron el papo de nuestro ínclito jefe de gobierno.

Mientras, en España, sus tropelías anti democráticas son clamorosas. La negociación de los Presupuestos Generales del Estado o la cuestión de Cataluña, manifiestan un talento, sin talante, a diferencia de Zapatero, en el que la clandestinidad  en las negociaciones, la ocultación de los acuerdos alcanzados y las promesas efectuadas a cambio de apoyos parlamentarios, son otra muestra inequívoca de la precaria salud de nuestro maltrecho y maltratado Estado social, democrático y de derecho. La hipocresía es natural y espontánea en el quehacer de Pedro Sánchez. Téngalo claro, hace lo contrario de lo que dice.