En estos tiempos de epidemia y sufrimiento, nos hemos reencontrado con una realidad que creíamos superada. Desde que el hombre venció a Dios, o eso quiso creer, la muerte careció de sentido, asustaba. Se ha intentado alejar lo más posible del mundo de los vivos. Los muertos ya no se velan en casa, se alejan. Incluso los más mayores y enfermos son, en cierta forma, escondidos. La muerte es demasiado cruda para el hombre victorioso.

El hombre, de naturaleza arrogante, se quiso creer vencedor de Dios para poder reinar en la verdad y la razón. Como si de fenómenos físicos se tratase, el hombre quiso darle a todo una explicación y un porqué. Llueve porque el agua de los mares y los ríos se evapora, sube y forma las nubes, que al toparse con una corriente de aire frío, se condensa y se precipita en forma de lluvia. La manzana cae del árbol al suelo debido a la fuerza con que es atraída por la Tierra, a esa fuerza la llamamos gravedad. Han sido miles los descubrimientos del hombre en el campo de la física, la química, la matemática, la biología… la materia y los fenómenos que la rigen.

Desde tiempos inmemoriales hemos tratado de buscarle una explicación a la muerte. La fe puede entrañar la respuesta, pero en tiempos postmodernos, donde el antropocentrismo rige nuestra nueva cultura artificialmente impuesta, la fe solo responde a la debilidad intelectual del hombre, a su incapacidad de razonar. Pero como ocurre con la belleza, la armonía de una canción, un poema, el amor el hombre no ha podido darle una explicación a la muerte; no, al menos, si la muerte puede ser explicada con las mismas leyes que rigen a la materia.

Pero, si la muerte no tiene explicación, ¿qué razón tiene la vida?— Una pregunta demasiado dura para dejar sin respuesta. Entonces, la muerte, debe ser escondida con la vergüenza de la desnudez de un hombre que se estimó vencedor. Como esas últimas motas de polvo que no podemos recoger, lo escondemos. Bajo el sofá, bajo la alfombra, donde sea. Pero que no se vea. La muerte no existe.

Bien, sin muerte no hay vida.

¿O sí?— El superhombre postmoderno nos corrige.

La vida lo es todo, tú lo eres todo, todo lo puedes.—

Con la muerte escondida y Dios muerto, el hombre es libre de vivir la fantasía de la eterna juventud. La libertad adquiere un nuevo significado. El hombre, al fin, posee la hegemonía de la verdad en su propio reino.

En ocasiones, y ahora que la muerte y la enfermedad abren todos los telediarios, la vida nos golpea con tanta fuerza que nos hace caer de nuestro propio reino. Ese mundo infantilizado que hemos creado a imagen y semejanza de nuestras debilidades. Donde no hay dolor, no hay muerte. Donde puedes obrar libremente, sin remordimientos, pues no has de rendir cuentas a nadie, donde nada tiene consecuencias. Donde solo importa el yo. Donde la moral no existe, es relativa. Donde al bien y el mal solo les distingue la opinión.

Con la misma inseguridad de un niño separándose por vez primera de su madre, salimos del reino del superhombre y nos reencontramos cara a cara con la muerte. Víctimas de nuestra propia humanidad, hemos querido olvidar que somos frágiles y finitos.

Si algo podemos sacar de esta terrible epidemia, es la reconciliación con el valor de la vida y la importancia de preservar las virtudes y cualidades innatas del hombre: la dignidad, la razón y la libertad en su significado más genuino.

Alberto Tarradas Paneque

Presidente de Vox Gerona