Comenzaremos con una pequeña adivinanza: además del circo, el lugar donde haya enanos, bailarinas, payasos, animales, equilibristas, saltimbanquis y trepas.

No es muy difícil, lo admito, reconocer en este cuadro la viva imagen de la política como es hoy, y en particular la clase política española.

Sobre el espectáculo lamentable de nuestra castuza, poco hay que decir que no esté a la vista de todos, que no haya sido dicho mil veces y no encuentre lamentable confirmación día tras día. Incompetencia mezclada con alegre irresponsabilidad; gente mediocre y vana venida a más, desprovista de cualquier noción de deber cívico, cuyo huerto personal son las instituciones y su chiringuito para amigos la cosa pública. Sin nivel y sin pudor, ostentan sus privilegios y airean la mediocre sustancia de la que están hechos, cobrando los premios de esa lotería que les ha tocado accediendo al poder.

Se suele comparar este estilo, o más bien falta de él, con el de países nórdicos o centroeuropeos; más puritanos por así decir, allí no se admiten escándalos tan descarados, se dan muestras de mayor sobriedad y moderación. Un ejemplo fue el de cierto ministro alemán que tuvo que dimitir, por haber plagiado una modesta parte de su tesis. Aquí por bastante más no pasa nada, con el agravante de no saber ni siquiera copiar bien. Un ejemplo más excesivo, el de cierta ministra sueca, que aparece en una foto comiendo un bocadillo mientras espera el tren para volver a su casa. Sin duda es una mejora respecto al chulo del Falcon y su horda. Si no por otra cosa, por la falta de clase de los segundos y la imagen que dan.

Pero tampoco es eso. Una ministra que vuelve a casa en tren no es una clase dirigente y evidentemente no dirige nada. Será como mucho una buena administradora. Desde luego una mejora, respecto a la fauna lamentable que aquí ocupa las instituciones, pero es lo que es. Se le podrán pedir cuentas de su trabajo, pero no de la marcha del país ni de ninguna decisión porque no las toma ella. Cuando los políticos, por muy honestos que sean, están desprovistos de los atributos visibles de la jerarquía y el mando, es que esas funciones residen en otra parte.

La ministra del tren ejerce su función de manera mucho más decorosa que los de aquí. Ella tiene el sentido de la responsabilidad de su buena administración; los de aquí tienen el sentido del disfrute institucional de jamón, marisco, vacaciones, viajes en avión y helicóptero, subvenciones para sus amigos y demás. Pero tanto el uno como la otra representan una clase política que no es soberana sino administradora de una instancia superior.

¿Qué instancia superior? Dejando de lado esa ridiculez de la voluntad popular, porque un pueblo (hoy una masa) no es un sujeto capaz de dirección y decisión política, la instancia superior será una de dos cosas.

O bien un mecanismo impersonal, un procedimiento, un algoritmo; y en este caso habrá sido diseñado por alguien aunque luego, como Frankenstein, se escape al control y se vuelva un proceso automático; en una distopía posible, un programa de ordenador que nos controla y vigila sobre todos nosotros.

O bien una clase dirigente efectiva, pero oculta y en la sombra. En ambos casos se desemboca en una tiranía sin rostro y sin nombre, contra la cual es muy difícil luchar.

Pero existe también la posibilidad de una verdadera clase dirigente y pondré el ejemplo del gobierno ruso actual y su presidente. No dudo que esa clase política tenga sus miserias y su corrupción, probablemente superiores a las de los altos funcionarios suecos que comen su bocadillo mientras esperan el tren. Pero son una auténtica clase dirigente porque, en Rusia, se sabe quién manda, quién tiene la responsabilidad del país y su futuro. No son irresponsables, como lo son la variedad chulesca de los españoles y la variedad puritana de los nórdicos.

Las jerarquías sociales deben ser visibles y reales. Tengo que saber quién manda y a quién pedirle cuentas. Porque naturalmente, por muy autoritario que sea el sistema ruso, si su presidente no está a la altura y los rusos le retiran su apoyo, caerá de una u otra manera.

En cambio, si quien en realidad manda no es visible, no da la cara, las papeletas electorales y todo el circo de las elecciones no son más que una farsa, un engaño y un juego de colorines. Sirve para tener entretenida a la gente, pero sobre todo para conseguir que acepte abusos y prepotencias que, de otro modo, no aceptaría sin rebelarse.