Nuestro brillante literato D. Camilo José Cela interpelado, por algún cretino plumilla, sobre su opinión respecto a la homosexualidad respondió con su laconismo habitual: “No estoy ni en contra ni a favor, simplemente procuro que no me den por el culo”.

Esta frase recoge fielmente mi pensamiento al respecto. Por ello, en esta carta no haré escarnio aludiendo a tu condición homosexual, dado que te he considerado UN HOMBRE DE HONOR que siempre ha merecido mi respeto por su valor y acatamiento a la Ley en su ejercicio profesional contra los asesinos de E.T.A. No quiero entrar en los pormenores de la decisión que te llevó a convivir con un compañero leal con el que supongo mantendrás una relación marital fundamentada en la identificación ideológica y espiritual, y solo puedo desearos larga vida juntos y no hijos naturales, por imposibilidad genética. Siempre has llevado con elegante discreción tu vida privada hasta que, un día, me sorprendiste con un ataque de rebeldía que te llevó a sustituir el negro de tu toga por un ridículo “plumífero” (no es con segundas) de color incalificable y una gasa, creo recordar que rosa, anudada al cuello al igual que un apache parisino. Ahí comenzó tu declive o tal vez cuando prometiste (supongo) desempeñar con honradez el cargo de ministro del interior que aún hoy, lamentablemente, ostentas por pertenecer al equipo de gobierno de un oportunista sin escrúpulos, carente de toda moralidad. Pese a ello, aún interpretaste el allegro molto vivace de tu sinfonía vital encabezando una horda de individuos grotescos, que me hacen sentir vergüenza ajena por denigrar su condición de seres humanos parodiando algunos ritos que estarían más adaptados a escenarios como Sodoma y Gomorra. A tu lado caminaba otra de mis decepciones, la traidora Calviño que, por puñetera ambición, ha tirado por la borda una brillante trayectoria profesional y las ilusiones de muchos descontentos con el Felón, que ojalá un día acabe haciéndoos compañía en el banquillo, ya que, como dicen los taurinos, ¡EL TORO QUE OS VA A MATAR YA ESTÁ COMIENDO HIERBA! Pero me pregunto ¿cómo es posible que un hombre que tiene en su mente tanto dolor por los asesinados y tantas muestras de fervor por parte de sus familias haya podido prostituirse así? ¿Por qué?

En tu imagen actual te veo demacrado y con tendencia a perder los papeles. Eso denota que en el fondo te desprecias a ti mismo. Tu rostro ceniciento parece arrancado de un cuadro del París nocturno de Toulouse Lautrec, y yo me pregunto ¿Qué pensará tu marido de todo esto? Es sintomático que los paparazzi te hayan sorprendido tomando una hamburguesa en soledad dentro del gueto de los tuyos, el barrio de Chueca ¿tal vez, has destrozado tu vida familiar? Después de escandalizar a tu pobre madre, mujer de ley que tal vez cometió el error tan común de protegerte en exceso al sentirse condenada a gobernar un hogar muy amujerado. ¡De aquellos barros vienen estos lodos!

En fin, no tengo maldito interés en adentrarme en tu vida privada, pues correría el peligro de comprenderte por haber tratado con la parte más sucia y tenebrosa de nuestra, ya de por sí, podrida sociedad.

Solo puedo manifestarte que eras una figura que apuntaba maneras, y pronto serás un Beria de pacotilla, un viejo juguete roto en manos del inmoral que tu confiesas amar intelectualmente (supongo), y algún día tal vez, ¡Dios no lo quiera!, tu compañero, que se ha mostrado partidario de proteger vuestra intimidad, abandonará el hogar para no volver a sufrir día a día la decepción y la repulsa que, al igual que a mí, le inspiras.

Adiós. Hasta nunca. Te repudio, no por homosexual sino por traidor a tu patria y renegado de tus ideales. Pronto te veré, con tus apellidos vascos, vestido con caico y txapela, enarbolando la ikurriña en medio del mundo abertzale que, a tu espalda, te calificará entre risas de “chapurra maricón” por mucho que te mimetices.

P.S.- Ampliando información relativa a vuestro matrimonio, esta me arroja luz en este asunto, y ahora veo claro que, tras haber traspasado todos los límites del deshonor, estás en entredicho con la justicia que representas, y lo comprendo todo. Me he equivocado cuando vaticiné que tu convivencia marital peligraba. Ahora tengo claro que permaneceréis juntos el resto de vuestras vidas. Os unen los secretos compartidos y el reparto del botín, fruto de tu ignominia, y por ello os veréis condenados, como decía el poeta, a LA SOLEDAD DE DOS EN COMPAÑÍA. Me he equivocado contigo, perdona, nunca volverá a ocurrir.