Tomemos como dato revelador que en la muerte del ex general Enrique Rodríguez Galindo las muestras de condolencias han sido escasas, y que la Asociación Pro Guardia Civil (APROG) no necesariamente representa al Cuerpo. Dicho esto, digamos también que Enrique Rodríguez Galindo ascendido a general de brigada no muy reglamentariamente por la gracia de Felipe González, la X absolutamente despejada de la guerra sucia del Estado contra ETA, es un personaje con más sombras que luces en la Gran Chapuza que fue la banda del GAL, con algunos inocentes asesinados, compuesta mayormente por mafiosos y narcotraficantes.

Nuestro mundo político, amplio y desigual, y con tantas querellas intestinales, siempre ha necesitado para desfilar de un espadón o un mitrado. Puede que vaya en nuestra naturaleza, porque eso de “recorrer la vida por el amargo camino de la crítica” nunca ha sido lo nuestro. Y cuando se ha hecho, quienes de esta forma han procedido se han apartado de la ortodoxia hasta situarse en los márgenes de la demencia. Lo nuestro siempre ha sido el dandismo, y principalmente la enfatización sin razonamiento, o la inconsciencia sin sentido. Puede que sea porque en nuestras filas con harta frecuencia los sargentos se han amotinado. Si tuviera que elegir un animal para representar a estas gentes, sin duda que elegiría el gallo, que fue silvestre, y desde hace siete mil años es ave de corral, orgulloso y altanero, pero con poco vuelo. De lo que se deduce que la crítica al entorchado se califique de “complejo”. Y esto dicho sin ánimo de criticar a nadie.   

Nadie pone en duda el saldo del general Galindo en la lucha antiterrorista que según consta está determinada por la desarticulación de 90 comandos y unas 800 detenciones. Ahora bien, sin poner en duda esta contribución, no deberíamos dejar de considerar el modus operandi que utilizó el general para llevar a cabo ese famoso saldo de 90 y 800. A menos, naturalmente, que consideremos que todo vale, porque sin caer en la estupidez de que se prefiere una derrota digna a una victoria que no lo sea, que es lo propio de los poetas, no es menos cierto que el fin no justifica todos los medios. A menos que prescindamos de la moral, de lo lícito y la ética. ¿De qué estamos hablando?

Hablamos de lo que se hacía como práctica habitual en la sección de información de Inchaurrondo, bajo la dirección del entonces coronel Galindo de no informar a los guardias señalados por ETA a fin de despejar toda sospecha a los comandos por la falta de medidas de seguridad que el objetivo tomaba en su seguridad. Siendo así que unas veces salía bien y otras mal. Pregunto, ¿es lícito actuar de esta forma? ¿Cómo enjuiciaríamos al ex general si una de esas víctimas hubiera sido nuestro padre? Más aún, ¿se pudieron salvar algunos de esos guardias de haber estado advertidos? Son preguntas que se suceden, que inquietan y que no podemos dejar de plantearnos.

Pero todavía hay más. Nos referimos a la connivencia del general con la práctica delictiva junto con sus dos hombres de máxima confianza que con él formaban el Tridente de Inchaurrondo:

Felipe Bayo, cabo, un tarado mental que rompió su silencio y prestó declaración acusando a sus dos superiores, a Galindo y al sargento Enrique Dorado Villalobos, un homosexual con novio reconocido que antes de ser condenado a 67 años de prisión por el secuestro, torturas y asesinato de  los terroristas Lasa y Zabala, había sido condenado en varias ocasiones: a cuatro meses por tráfico de tabaco, a cinco años de presidio por robo con violencia en relación con un atraco y a dos años por torturar a un atracador de un furgón blindado. Este era el Tridente de Inchaurrondo. Mientras hacían una cosa, hacían otras… A río revuelta, ganancia de pescadores.

El general Galindo fue condenado a 75 años de prisión por dos delitos de secuestro, dos de torturas y dos de asesinato en las personas de los terroristas de ETA Lasa y Zabala. Dejemos al margen otros posibles delitos no tipificados como sería el caso de la quema de los cuerpos y su ocultación que denota una crueldad extrema por cuanto deja una profunda herida en los familiares que nunca sabrán si viven o no, o dónde están enterrados los cuerpos de los que son sus dueños.

No considerar de respeto al general Enrique Rodríguez Galindo no es padecer ningún complejo porque no todo vale. Siendo más bien que en la actuación de este hombre lo que hay es una  historia truculenta de tráfico de tabaco y droga, participación y encubrimiento de delitos. Eso, y puede que algo más en la relación de los tres sujetos. Aunque tan poco hay que descartar que recurrir al Tridente de Inchaurrondo sea la única oportunidad que se tenga de salvar a España en su lucha contra ETA. 

Por mi parte, me sigo quedando con Don Antonio Tejero como el mejor soldado contra ETA. Con Tejero, del que el coordinador de este Correo, Álvaro Romero, ha escrito una estupenda biografía, sin enfatizaciones gratuitas, exacta y medida.