La civilización occidental se ha ido forjando, a fuego lento a lo largo de los siglos, sustentada en 4 pilares básicos: la cultura griega, el derecho romano, la moral cristiana y la democracia liberal, constitucionalista y representativa. A su vez, la ciencia moderna –surgida de la mano de Galileo Galilei en los albores del siglo XVII- con su continuo e imparable progreso ha dado lugar a un impresionante desarrollo tecnológico, el cual ha contribuido, de manera decisiva, a satisfacer las necesidades de buena parte de la humanidad. Así, como señala Steven Pinker en su obra “En defensa de la Ilustración”, “en la actualidad, el cambio de porcentaje de pobreza extrema en el mundo es apabullante, con el 90% del siglo XIX reducido al 10% del siglo XXI”.

Sin embargo, a pesar de la indudable mejora del bienestar social y la calidad de vida de las personas, particularmente en los países desarrollados, de un tiempo a esta parte estamos padeciendo, por paradójico que pueda parecer, un proceso de progresiva demolición de los propios cimientos del paradigma cosmovisivo occidental, que tantos siglos de esfuerzo colectivo ha costado consolidar. Así, con creciente perplejidad, vemos como emerge, desde las tinieblas y de forma sibilina, un “Nuevo Orden Mundial” (NOM), que amenaza con acabar con los derechos y libertades individuales tan arduamente adquiridos.

Este NOM lo que pretende es la implantación en Occidente de lo que se ha dado en llamar “democracias iliberales”, esto es, un sistema democrático de baja calidad, en el que las elecciones son tan solo un trampantojo, cuyo único objetivo es ocultar la pérdida de soberanía por parte de los ciudadanos, la cual pasa a residir en opacos “centros de poder”, en manos de los magnates de las grandes corporaciones mundiales. La clave del nuevo entramado de poder reside en que estos poderosos individuos manejen a su antojo a los gobiernos estatales, a través de organizaciones supranacionales de distinta naturaleza y condición.

Evidentemente, para que tan insidioso plan llegue a buen puerto resulta imprescindible diluir el poder y limitar la capacidad de decisión de los Estados-Nación, pasando, así, la gobernanza del mundo a estar en manos de unas élites político-económicas entrelazadas por intereses comunes.

Junto a este proceso de degradación democrática, aquellos que están detrás del NOM están impulsando a nivel mundial un fenómeno de “globalización”, caracterizado por un progresivo aumento de las interconexiones entre las diferentes naciones del mundo en el plano político, económico y social, con la consiguiente deslocalización del poder en todos los ámbitos.

En consecuencia, gracias a todo ello, estamos asistiendo a la formación de una estructura de poder omnímoda y piramidal de dimensión planetaria, en la que los ciudadanos se hallan cada vez más alejados de los círculos donde realmente se toman las decisiones que determinan, en cada momento, el rumbo a seguir por la humanidad.

Ante este panorama la pregunta que cabe hacerse es ¿Cuáles son los motivos que han llevado a los próceres del mundo libre a impulsar el desarrollo de un NOM? Parece claro que la respuesta no puede ser tan solo el afán de enriquecerse, puesto que que ya son inmensamente ricos, por lo que resulta obligado realizar un esfuerzo reflexivo suplementario, para analizar en profundidad que subyace en tan malévolo proceder. Decía Bertrand Russell, en su obra “El poder”, que “Entre los deseos infinitos del hombre, los principales son el poder y la gloria. No son idénticos, pero están estrechamente aliados (…) Por lo general, sin embargo, el camino más fácil para obtener la gloria es el poder”. En consonancia con ello, entendemos que es precisamente en el afán de poder donde debemos poner la mirada para intentar explicar lo que está acaeciendo.

Desde esta perspectiva, es necesario poner en valor el espectacular auge económico alcanzado en las últimas décadas por la República Popular China. Así, si bien ha mantenido un régimen político de carácter comunista, a nivel económico Deng Xiaoping, allá por 1978, propició una auténtica revolución al liberalizar parcialmente el sistema económico interno y abrirse al libre comercio con el exterior, si bien el control de todo ello ha seguido correspondiendo al Partido Comunista. De esta forma, China se ha convertido en el único país del mundo donde comunismo y capitalismo van de la mano, en una suerte de productiva simbiosis. En definitiva, el poderío militar que ya poseía junto al crecimiento económico y el desarrollo tecnológico han llevado a China a convertirse en una potencia de primer orden, hasta el punto de amenazar la hegemonía a nivel mundial de EEUU y la Unión Europea. En consecuencia, esta competencia, unida a las diferencias políticas que separan a China de las potencias occidentales, ha propiciado un escenario de creciente confrontación.

En este enfrentamiento en busca de la hegemonía mundial hay un factor desequilibrante que puede inclinar el fiel de la balanza a favor de China. Este factor no es otro que los costes de producción, mucho más elevados en Occidente que en China. Así, dado el carácter totalitario y colectivista del régimen chino, la mayoría de la población, inmersa en la pobreza, constituye un enorme granero de mano de obra barata. Por su parte, en los países occidentales el desarrollo de sistemas de protección social y las mejoras de las condiciones laborales son logros consolidados desde hace ya muchos años, si bien, como contrapartida, ha supuesto, por un lado, el aumento del gasto público y la fiscalidad y, por otro lado, el encarecimiento del proceso productivo. Todo ello ha provocado que los centros de producción de las propias empresas occidentales se hayan desplazado a los países con mano de obra barata, con el consiguiente perjuicio económico para los países desarrollados y las personas que en ellos viven.

Por otra parte, el progreso científico no solo ha favorecido el desarrollo tecnológico, sino que también ha traído consigo una desespiritualización progresiva del ser humano, que no se ha visto compensada por la resolución de los problemas más entrañablemente humanos. Si bien en China ello no ha supuesto problema alguno dada la desacralización absoluta impuesta por el Partido Comunista en todos los ámbitos de la sociedad, en Occidente ha supuesto la pérdida de sus seculares principios morales y la germinación de un hedonismo decadente y superficial que ha llevado a la “Paradoja de Easterlin”, según la cual en las sociedades desarrolladas las personas tienen unas expectativas siempre crecientes, por lo que jamás se conforman con lo logrado. Debido ello su felicidad es efímera, sus exigencias permanentes y su frustración constante.

En definitiva, como consecuencia de todo lo expuesto podemos decir que frente a la sumisión, la resignación y la lucha por la mera subsistencia propia de los asiáticos, nos encontramos la rebeldía injustificada, la insatisfacción frívola y el consumismo compulsivo característico de los occidentales. Ninguna de estas dos formas de vida parecen deseables, pero es evidente que en el ámbito económico, de mantenerse esta situación, las potencias occidentales llevan las de perder. No obstante, es posible plantar cara al expansionismo chino si Occidente es capaz de volver a sus raíces fundacionales para, de esta forma, recuperar el conjunto de valores que cimentaron su grandeza y, a la par, desarrollar políticas de contención del gasto público, ayuda a la I+D+i y fiscalidad no confiscatoria que favorezcan el crecimiento económico, el desarrollo tecnológico y la conservación del medio, propiciando a su vez un escenario de oportunidades que haga posible el que cada individuo pueda desarrollar, conforme a sus motivaciones y objetivos, su propio proyecto vital.

Sin embargo, todo parece indicar que el camino a seguir es bien distinto, apuntando a un modelo de sociedad en el que los individuos se ven cada vez más sometidos a las pretensiones de aquellos que, desde las más altas esferas del poder, tienen como objetivo implantar el NOM. Así, el surgimiento de partidos de corte socialpopulista en Occidente -tal y como ocurre en España con Podemos- constituye la punta de lanza para el desarrollo de un modelo aparentemente democrático, pero que en el fondo conlleva la destrucción del constructo político, económico y social generado por la revolución liberal derivada de la Ilustración. El éxito de esta estrategia de deconstrucción del paradigma liberal no ha sido pequeño, y así vemos como en los países desarrollados la conflictividad social y la amenaza socialpopulista van in crescendo, allanando así el camino al sometimiento de la ciudadanía y el nacimiento de un NOM.

Sin embargo, para el definitivo establecimiento del NOM se hacía necesaria la aparición de lo que Nassim Taleb denominó un “cisne negro”, es decir, la aparición de un suceso absolutamente inesperado y, a su vez, generador de un gran impacto social. En este sentido, la pandemia provocada por el SARS-CoV-2, con independencia de su origen, constituye el perfecto cisne negro, por su capacidad de generar un cataclismo socioeconómico a nivel mundial. Así, dicha pandemia ha provocado que la confusión, la incertidumbre y el miedo se hayan instalado en unas sociedades asentadas en la tranquilidad de una vida confortable. Como consecuencia de ello, desde que el coronavirus llegó a nuestras vidas la sociedad occidental en su conjunto ha aceptado dócilmente el mayor recorte de derechos y libertades acaecido desde el final de la Segunda Guerra Mundial, sin caer en la cuenta de que, como dijo Benjamin Franklin, “Quien sacrifica la libertad por la seguridad no merece tener ninguna de las dos”.

En conclusión, hay razones suficientes para temer que estemos asistiendo al final de una época en la que los sueños de los hombres tenían la posibilidad de dejar de serlo, si se contaba con la capacidad y el arrojo suficiente para materializarlos. Pero también es cierto que de la oposición inquebrantable de todos los que estamos en la “resistencia” frente a la nueva normalidad que nos quieren imponer depende que hasta el último aliento podamos seguir soñando realidades.