Mi problema cuando me siento al ordenador es elegir el tema. Tendría que escribir diariamente cinco o seis artículos para quedar satisfecho. Diariamente nos ofrecen noticias dignas de glosar. Otra tentación son los comentarios sobre escritores que usan, aun,  la inteligencia y la lógica. Leo a varios: unos, de doctrina ortodoxa, alguno agnóstico o ateo --pero con gran sentido común—

Estos últimos días, Juan Manuel de Prada y Gabriel Albiac, han escrito sobre el “ataque a la inteligencia” por parte del Vaticano, empeñado en su guerra contra la misa tradicional y al latín. De Prada –al quien ataqué con ironía, al inicio de su brillante trayectoria,  augurándole “el Premio Nobel de Literatura”, en vista de los elogios recibidos por “algunos”, y presenté mis disculpas años después,  por haber “errado” y tomado por  lo que no era--  ha escrito un artículo preciso y objetivo --como todos los suyos--: “El sombrero y la cabeza”. En su último párrafo resume su pensamiento a la perfección:

“El Dios en el que creo es Logos y por lo tanto no puede pedirme que me quite la cabeza. El “motu proprio” de Bergoglio me lo pide y no pienso hacerlo”.

No serás el único, Juan Manuel. Hace mucho que tomé esa misma decisión y como yo, hay bastantes -- la inmensa mayoría de quienes conservan la capacidad de pensar por sí mismos--. Aprovecho, para decirte que no te compadezco, simplemente rezo por ti. Sabías bien lo que te vendría encima si no te sometías a los dictados de la Sinagoga de Satanás y optabas por defender a pecho descubierto los valores cristianos e hispanos.

Gabriel Albiac,  por su parte --gran inteligencia no creyente y excelente pluma—le da una lección a Francisco –así le gusta ser llamado--  sobre todo lo que representa el latín no solo para los católicos y para las naciones de lengua romance sino para el  Mundo entero;  y  hace una pregunta decisiva: “¿Era conveniente  matar la lengua litúrgica bajo el argumento de que nadie lo entendía? Es absurdo.”

¿Un “no creyente” tiene las ideas más claras que “un jesuita” de alto copete intelectual, la mayor parte de su vida “mandando” –con lo que eso supone en un discípulo de San Ignacio de Loyola?—

  ¡Aquí hay “gato escondido”!

Solamente alguien de escasas neuronas en su cerebro, atribuye ese a ignorancia de la trascendencia de la misa tridentina –canonizada “expresamente” por San Pío V, como garantía absoluta de su perennidad--.  Bergoglio sabe lo que hace y lo hace a conciencia,  pero la reacción no es solo de los auténticos católicos pues desde los primeros ataques a la misa tridentina y en latín,  sabios y hombres importantes,  --alguno “agnósticos y ateos”--   resaltaron el atentado a la inteligencia encerrado en la eliminación del latín de las misas.

Desligado de la obligación de obedecer a los ataques a la inteligencia,  nunca dejé de asistir a las misas tridentinas cuando tuve ocasión; no era necesario que Benedicto XVI, aclarase lo obvio: “nunca se había suprimido” la misa tridentina.

Creo dejar claro mi opinión sobre el nuevo motu proprio Traditionis Custodes, con los comentarios ut supra,  pero deseo  comentar una realidad  esclarecedora. ¿Saben para que ha servido el Vaticano II?

– Para demostrar el estado de “gran vagancia” de parte importante del clero. Me explicaré.

En los años sesenta había católicos y sacerdotes modélicos y apóstoles,  pero una mayoría vivía en la rutina. La mejor prueba, cuando acabó el concilio “todos” se pusieron,  con celo envidiable y desconocido,  a poner en práctica los “cambios” decididos en el Concilio --sobre todo en España donde siempre somos más papistas que el papa--. Se volvieron locos, quitando los antiguos altares –“crimen cultural”, algunas veces--, sustituyéndolos por las nuevas “mesas” --para poder rondarlas y decir las misas “cara al pueblo”--.

En Gavá, nuestro párroco mandó serrar los reclinatorios para impedir arrodillarse y así seguimos “arrodillándonos en el suelo” cincuenta años después, quienes estamos convencidos de que “la postura normal ante Cristo” --presente en cuerpo y alma en el sagrario, si se tiene fe--  es “de rodillas”--.

Maravilló tanto celo hacer participar a los feligreses en las “asambleas y banquetes eucarísticos” – olvidan lo principal: ser la repetición incruenta del  “sacrificio de la Cruz”--. 

Desde mis inicios como docente, venía combatiendo de palabra: la apatía de los sacerdotes como “maestros de sus feligreses”. La comparaba con el celo del Hermano Florencio, y no entendía su proceder. Ese marista leonés,  utilizaba sus cualidades -- su dominio del arte de enseñar, su amor al deporte, su simpatía, su sentido del humor…si le llamabas por su nombre, el añadía sus apellidos: “Oveja y Oveja”, desconocidos por todos—esos religiosos al profesar cambiaban su nombre y perdían los apellidos – para convencer a sus alumnos de la importancia de la misa diaria. Por él, desde los diez años, a pesar del frió invernal –en Carrión de los condes  los “bajos cero” son habituales--,  salía de la pensión a las seis de la mañana e iba  a misa dos horas antes de iniciar las clases. Durante los ochenta y tres años  siguientes he mantenido lo aprendido.

Nunca entendí a esos sacerdotes, que veían aburrirse a sus feligreses en la misa no hacían nada enseñarles a oírla debidamente, sabiendo lo que hacían.  Si hubiesen puesto la décima parte del celo invertido en “vaciar las iglesias” y en disuadir a los fieles de arrodillarse, no hubiera sido necesario inventar nuevas liturgias.

Hace treinta años, puse en circulación un breve escrito titulado: “Los pingüinos, ¿van a misa?”. Tuvo mucho éxito y hubo quien lo hizo suyo y lo publicó en un periódico. No me costó gran esfuerzo redactarlo. Era fruto de mi impresión inevitable, en las misas de mi Parroquia, al ver a “todos siempre de pie”, como esas aves “bianconeras” del polo sur.

Era yo el único en arrodillarse durante el canon de la misa –reducido a su mínima expresión en el Novus Ordo--. Cincuenta y cinco años después, veo  dos o tres que se arrodillan.