Hay momentos en los que sobran los diagnósticos y la descripción de lo evidente, de lo obvio que afecta a la vida cotidiana de las inmensas mayorías. Tal vez este momento sea uno de ellos, ya que hay mucho más que evidencias ante nuestros ojos. Me refiero sobre todo a los discursos, al llamado relato de lo político y de sus gestores, que básicamente se han limitado a contar lo mal que lo hacen unos o lo bien que lo hacen otros.

La política actual fue dejando paso paulatinamente a la difusión de una débil narración según conveniencia, dejando atrás la acción y la materialización de las demandas y necesidades sociales de los ciudadanos para vivir mejor. Las intervenciones parlamentarias y su prolongación dialéctica en actos, medios o redes sociales, se parecen cada día más a los zascas en Twitter, en ver quién es más ocurrente y mordaz con el adversario, mientras se aprueban silenciosamente leyes cada día más liberticidas, totalitarias, absurdas e incluso antinaturales.    

El divorcio con la realidad que sufre la clase política, la desvergonzada falta de pudor, el oportunismo por conseguir beneficios personales de forma descarada, la lamentable y trágica gestión sanitaria, económica y social desde el inicio de la pandemia, la dirección totalitaria y la de perdida de derechos y libertades serían motivos suficientes para manifestar disgusto, desagrado e indignación. Sin embargo, esto no sucede y tal vez aquí el refranero nos ayude a entender la actitud mayoritaria de nuestros compatriotas y semejantes: “No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír”.

Un cierto conformismo ontológico parece aflorar y apoderarse del espíritu de un pueblo que otrora marcó el rumbo de la civilización occidental. Nada parece que pudiera despertarlo de un letargo comatoso, ni siquiera la mayor de las evidencias enmascaradas detrás de sonrisas impostadas, desatinos mortales o anormalidades normalizadas. Siempre termina apareciendo una excusa o un motivo para que todo siga su curso sin inmutar a nadie.

No vale la victimización apelando al poder económico y mediático o a la superioridad moral hegemónica de la izquierda y el progresismo, o a que la derecha está marginada, desautorizada, e incluso criminalizada, y por ello la disidencia, patriota, e identitaria, posee pocos recursos y desigualdad para dar la batalla cultural y política. No es suficiente recordar las victorias del pasado, los logros de los gigantes de nuestra historia y de nuestra cultura que fueron conservadores, reaccionarios, tradicionalistas o de “derechas”, o proclamarse custodios irreductibles e insobornables de la llama eterna de la ortodoxia, cuidando solo lo simbólico de un pasado glorioso o simplemente mejor.

Se impone la necesidad de plantear auténticas alternativas de contrapoder. Para salir del laberinto hacen falta otras cosas, como pensar en empezar a recorrer otro camino, sin olvidar quienes somos, de dónde venimos y cuál es nuestro destino, nuestro legado cultural, nuestras raíces ligadas con la trascendencia y poder rejuvenecerlas en algo diferente. La clave para ello tal vez esté en ser generosos, acercar aliados, sumar a quienes tienen una concepción del mundo alternativa a la dominante hoy en día, a pesar de diferencias lógicas y naturales. Seguramente unir en esta dirección sea transgresor y polémico en algún aspecto, pero sin una síntesis de principios que estén más allá de las etiquetas, no será posible evitar el colapso anunciado y prometido, envuelto en el papel multicolor del buenismo.

¿Es posible construir un contrapoder al hegemónico? Sí, aún es posible hacerlo como una alternativa viable y creíble, que sea atractiva sobre todo a las nuevas generaciones que son las destinatarias y continuadoras de ese legado milenario de la cultura occidental y europea. Para ello, quienes así lo crean, deberán dejar de lado el egoísmo, la soberbia y la falsa superioridad de los puristas. Ello será posible con la autoridad que otorga el ejemplo, con la entrega y la generosidad de los que crean verdaderamente que no son simples individuos, sino hijos de una familia, miembros de una comunidad con un origen y destino común unido a lo divino. Es el momento de proponer una alternativa con los principios perennes -más allá de la política- al modelo antagonista de siempre, siendo conscientes del momento histórico en que vivimos.

Lo que está en juego hoy es la auténtica Libertad, escrita con mayúsculas, el principio que define al ser humano tal y como es. La libertad es la herencia de los hombres recibida del Creador por haber sido creados a su imagen y semejanza. Y como dijo George OrwellSi la libertad significa algo, es el derecho a decirles a los demás lo que no quieren oír”. Es tiempo de empezar a ejercerlo.