Así titula y califica el cada día más panfletario 20 Minutos el hecho de que, en 1955, el pueblo cacereño de Granadilla fuera expropiado para poder construir el embalse de Gabriel y Galán por la "dictadura fascista de Franco."

Bien; el caso es que en 1955 se decidió construir un embalse y, como suele ocurrir, hubo que expropiar tierras para hacerlo. Pero el panfleto citado lo explica así: "Los vecinos fueron empujados a tomar sus posesiones y marcharse a medida que el nivel de las aguas crecía y arruinaba las tierras fértiles de la Vega Baja."

El cuadro que pinta el plumilla -que ni siquiera se atreve a firmar su pasquín de propaganda "antifascista"-, es terrorífico; ahí es nada: vecinos empujados a marcharse. Como si fueran las deportaciones masivas de Stalin.

Pero, en su ignorancia, el escritorzuelo ni se da cuenta de que a esa escena de aguafuertes goyescos ha antepuesto algo que la invalida: las tierras fueron expropiadas. Es decir: fueron pagadas al precio tasado legalmente. De acuerdo en que los expropiados no estarían conformes, de la misma forma que nunca lo están, los expropie la "dictadura fascista de Franco", o la II República, o la cuchipanda liberal de Mendizábal -antecedente del actual socialismo-, que se quedó con las tierras de conventos para que acabaran en manos de sus amigos. Ni con las expropiaciones de esta particular "democracia" que padecemos.

El embalse se construyó y ahí sigue, dando de beber al sediento, permitiendo la elemental higiene, regando los campos; dando servicio a los habitantes de la zona, mejorando sus vidas. Si no se hubiera construido, el becario semianalfabeto -dice, por ejemplo, que la decisión la tomó el "Congreso" de Ministros, cosa que en España jamás ha existido-, clamaría por la dejadez de la "dictadura fascista", que no había embalsado las aguas.

Pero el problema fundamental es -para el iletrado- que el pueblo de Granadilla "nunca llegó a inundarse. Cuando el agua del pantano alcanzó su nivel definitivo, quedó claro que el pueblo estaba suficientemente por encima, si bien había quedado aislado en una península de difícil acceso." Y la "dictadura fascista" no permitió que los antiguos habitantes regresasen a sus casas.

Porque para este idiota -clínicamente hablando, señor fiscal- lo normal hubiera sido que los habitantes volvieran al pueblo, a riesgo de que cualquier crecida esporádica los aislara y, quizá, inundara sus casas. Es lo que lleva permitiendo esta democracia, ¿no? La construcción de barrios en zonas donde hace unos años que no se desborda un torrente, pero que en cuanto cae una tromba de agua se lleva por delante casas, muros, animales, coches y hasta a veces vidas humanas.

¿Eso es lo democrático, verdad? Permitir que los amiguetes del partido que detenta las competencias de urbanismo se forren construyendo en torrenteras, en las márgenes de los ríos, en orillas de pantanos, que periódicamente se inundan como hemos visto no hace mucho. Eso es lo democrático: jugar con los bienes y las vidas de las personas que confían en que quienes mandan sabrán lo que hacen.

Pues ahí está la diferencia entre la "dictadura fascista" de Franco y la corruptocracia actual. En aquél tiempo se era precavido de sobra para evitar futuras desgracias, aún a costa de tener que pagar a los expropiados. En este, se percibe el porcentaje que corresponda por permitir la construcción en zonas donde antes o después habrá inundaciones que causarán perdidas –en ocasiones, de la vida- a quienes confiaron en los políticos corruptos.