Aunque ande por caminos oscuros

Yo confío en ti, Dios mío.

A los Hijos de la Luz.

 

Cada orden de existencia dispone de sus propias ficciones. Las analógicas son excesivamente burdas, pero operan fácilmente en mentes muy limitadas, poco acostumbradas a razonar y dóciles de llevar, sin conflicto, hacia el propósito que las inspiran. Utilizan las tecnologías antiguas de los medios de comunicación, la letra (periódicos), el lenguaje (radio) y la imagen (Cine y TV).

En cambio, las ficciones digitales no se proyectan desde el exterior hacia el sujeto, como las analógicas, sino que involucran al sujeto, convertido en nodo, como elemento del dispositivo conjunto en el que opera. Su medio es la información, la red por la que discurre y se transmite, los códigos y los algoritmos y la sinergia de los estímulos. Carece de imagen porque es sustituida por la organización de los bits para proporcionar una percepción discreta determinada que ordena los sentidos.

La diferencia resulta evidente: las ficciones analógicas vienen de fuera y aspiran a parasitar por dentro al individuo; las ficciones digitales son el efecto de una red compleja en la que la cognición constituye un elemento más de la estructura operacional y que resulta imposible desobedecer (los juegos digitales serían como su actual horizonte de posibilidad y Meta su implementación lúdica a gran escala).

¿Qué tienen en común el virus y Putin, el estado epidemiológico y el estado ruso?

Que ambas han sido construidas como ficciones analógicas. Levantadas con exquisitez. Y tienen como función elaborar o inventar una narrativa (la cosa fingida). Pero eso no significa que no tengan implicaciones y consecuencias: la histeria de la enfermedad por la infección del virus o la histeria de la guerra nuclear y un inmenso orden de efectos prácticos de todo tipo en lo personal y en lo colectivo.

Otra cosa distinta es que sus efectos sean realidad y por eso, resulta evidente, permite que ‘la realidad’ se exprese: una población mundial entera sometida al flagelo de un virus omnipotente o al inminente estallido de una debacle nuclear que sería como la realización fatal del sueño perfecto de todos los catastrofistas.

Por eso tendríamos que saber huir de las narrativas oficiales que se sustentan en el proyecto de las ficciones analógicas dispuestas para ser completadas y proyectadas por sus adherentes: los ‘infectados’ por el virus o los ‘paranoicos’ de la guerra termonuclear. Lo importante es que las ficciones analógicas actuales suscitan comportamientos en la población, tanto cognitivos como prácticos y de unas dimensiones jamás antes vistas.

Ya no se lucha por ideologías de liberación o que prometen un mundo futuro mejor. Ahora se trata de competir para demostrar que, entre todos los demás de tu cuerda, tu eres el que más y mejor cumple con todas las recomendaciones sanitarias para combatir el virus. Que tu capacidad para destilar odio hacia Putin está a la altura del más estúpido del barrio o del opinador de TV y que estás dispuesto a todo, incluso a coger las armas y marchar a Kiev para matar rusos (pese a decirnos las noticias que Rusia se encuentra en ‘bancarrota’, estar gobernada por ‘mafiosos y psicópatas’ y ‘estar perdiendo la guerra’ matando indiscriminadamente a la ‘población civil’).

Transformado en un fiel cumplidor de las ficciones oficiales, tu existencia se convierte en una carrera enloquecida para acreditar tu cretinismo humano y tu insignificancia intelectiva.

Un ejemplo vivo: el aceite de girasol. Estando en funcionamiento la cosa fingida de una guerra nuclear que evocaría en nuestro imaginario una supuesta falta de suministro, solo es necesario que corra la especie de que el aceite de girasol tendría que ser racionado (porque las importaciones de girasol de Ucrania han descendido por la guerra) para que la población, convertida en recurso para explotar su gregarismo, se dirija en masa a los establecimientos de alimentación y arrase con todas las existencias.

No importa el dato de que España sea el tercer productor del mundo. Que, en caso de escasez, se trata de una planta que puede fácilmente ampliar su área de cultivo. Esa insuficiencia, por lo demás, supone siempre ventajas de coyuntura para el sector español y sus trabajadores.

Pero, además, y resulta sorprendente como con el papel higiénico en la etapa inicial del virus, no sería el aceite de girasol precisamente uno de aquellos productos que estarían en la lista de emergencia para paliar una escasez repentina de alimentos. Las consecuencias son claras: un aumento artificial del precio y aumento del beneficio para el especulador. Y todo ello porque tenemos una población que ya no aspira más que a recrearse en sus miedos miserables y su banalidad absoluta.

Del mismo modo funciona el mundo de las finanzas mundiales. Creo un conflicto aquí o allí, provoco un problema de suministro, de colapso, de desplazamientos de población, etcétera y mientras tanto invierto o desinvierto en función del comportamiento de los valores sean bajos o altos para obtener un beneficio. Se juega con la insuficiencia de un metal o de un producto del tipo que sea. Los precios del mercado mundial jamás responden a la suma de sus costes más un beneficio.

Todo esto nos conduce, pues, desde una sociedad de la opulencia (sociedad de consumo) hacia una sociedad de la escasez (economía de la parvedad) calculada sobre una base de abundancia material y tecnológica que organiza el imaginario de la población convertida en un recurso biótico novedoso.

Del mismo modo que la ficción de la epidemia del virus proyectaba unas finalidades y unos objetivos (la fragilidad y la muerte, la vacuna y la mascarilla, la sustitución de lo presencial, la eliminación de la economía del ocio y de la diversión, etcétera), la situación de conflicto entre Ucrania y Rusia responde a la creación de una mentalidad apocalíptica de guerra nuclear, causa y motivo de todos los actuales problemas del mundo: insuficiencia de los recursos mundiales. Ni el Club de Roma hubiera podido dar crédito de la infinita disposición actual de la población para ser, literalmente, sometida y domesticada en la insuficiencia económica y existencial.

Y, por tanto, la disposición de una población embrutecida y entregada para aceptar cualquier imposición derivada de la economía de la parvedad, del desarrollo de la economía verde, de la reducción drástica de la natalidad, del nivel y de la esperanza de vida, de la sustitución de los sistemas energéticos, de la invasión de las nuevas dietas alimentarias hipocalóricas y de origen sintético…

Pero si descendemos a la tensa estructura subyacente de la situación podemos percibir un rápido proceso de degradación del modelo occidental de dominio del mundo. Eso se traduciría en la convergencia de una cultura de la enfermedad y de la muerte, con el virus, y una economía de la parvedad, con la guerra. Dos de los jinetes del apocalipsis. Lo que expresa, en resumen, un decaimiento brutal de la vitalidad del orden occidental que ha apostado por una tecnologización absoluta sin alma, por una materialización duplicada del mundo prescindiendo de dios y del espíritu.

El dólar es el objetivo de la guerra. Y quien lo sustituirá será en yen-oro. Es una sustitución de nada por algo. Detrás del dólar no hay más que un consenso y un exceso de confianza. Todos saben que la inflación tiene hambre. Pero con el nuevo yen chino, como con el mito del Rey Midas, todo lo que toca lo convierte en oro.

Todos los intentos de digitalizar el dinero y que desaparezca el papel y la moneda va en la línea de hacer prisioneros a sus usuarios del modelo de referencia monetario fiat: dólar o euro. De ahí esa extraordinaria aceleración de los Bancos Centrales de Europa y de Norteamérica hacia la conversión de toda la masa monetaria y de sus transacciones financieras en moneda y circulación digital. Los grandes especuladores, ya se sabe, jamás estarán sometidos a esas restricciones porque su juego comprende el mundo entero.

Banco Central, pues, con cuentas corrientes de dinero digital. No habrá atracos a los bancos, pero tampoco habrá posibilidad de ejercer una auténtica autonomía financiera, económica, personal. Todo monitorizado. Trazabilidad del ingreso y del gasto hasta en sus más nimios detalles. Perfecta correspondencia entre los inputs y los outputs. Transparencia extrema de toda tu dimensión de materialización personal. En esa situación, ¿qué podrías ocultar o velar que quedara intacto y protegido en tu interior y en tu intimidad?

Y la Unión Europea, en este nuevo escenario de ficción de la guerra, podemos adelantar la hipótesis de que será el conjunto occidental sacrificado (crisis fiscal, endeudamiento y bancarrota, desestructuración de los sistemas de servicios universales prestados por el estado nacional desde la educación a la sanidad pasando por las pensiones, pero también extremismo de un relativismo radical y suicida con implosión de los viejos valores judeocristianos, política de género y feminismo extremo, imposición del pensamiento ‘verde’ y de un ecologismo que desustancializa aceleradamente el ser…).

¿Por qué? No interesa que la Unión Europea pueda ser consciente de sus posibilidades de futuro y unirse con el resto del bloque asiático (Rusia y China, especialmente) configurando un nuevo dominio euroasiático que descuajaría al Imperio Anglosajón. 

Aquí nadie tomará un arma, amparado en la absurda idea de un pacifismo suicida que nos convierte en reos de los guerreros del mundo que se toman la revancha después de varios siglos de dominio occidental.

Ahora el adepto que dibuja la conjunción de esas dos ficciones, la vírica y la nuclear, es la de aquel individuo embutido con mascarilla hasta las cejas enarbolando un trapo sucio con el eslogan místico bien claro y visible de ‘no a la guerra’ (Nisi bellum virus, claro).