Repasando, en estos días de meditación voluntaria, en lo poco dispuestos que nos hallamos siempre a entregar nuestra vida; en que aún teniendo recorrido un largo camino y topado durante el trayecto con desagradables obstáculos nos cuesta adquirir la suficiente lucidez para comprender que ya es el tiempo de devolverla a la tierra, recordé los versos de Mecenas que Séneca recoge en una de sus Epístolas: «Que me quede cojo, manco y con cuatro dientes bailando, pero con vida».

 

Esta confusa y prolongada pandemia que soportamos, causada por el no menos oscuro virus, ha servido para mostrar el rostro más humillante de nuestra sociedad contemporánea, así como la genocida intención de unas oligarquías despiadadas, cuya índole se halla entre el delito y la demencia, pues el proceso pestífero ha revelado los humores de cada cual, mostrando cada parcela de su alma y de sus fines.

 

Quienes han creado esta plaga universal y los sicarios que han escrito el relato a su dictado se han procurado un rico botín, sustrayendo a su gusto los tesoros de la salud y de las ilusiones de gran parte de la humanidad. Desde que comenzó este ensayo genocida muchos individuos han envejecido no dos años, sino siete u ocho, lo cual no ha sucedido sin que hayan aprendido algo. Lo aleatorio de este covid inefable les ha hecho experimentar su propia miseria, porque cualquier comercio, sea intelectual o material o sanitario, como el que nos ocupa, nunca transcurre sin proporcionar algún fruto parecido.

 

Y después de estos veinte meses, más o menos, en que la multitud se lleva viendo en este ingrato estado, la mayoría de ella, dispuesta, como digo a no entregar su vida, se siente acomodada, como si hubiera entrado en pactos con este vivir virulento, procurando consolarse y esperar. ¡Tan amedrentados se sienten los seres humanos con su naturaleza miserable, que no hay circunstancia por áspera que sea, que no acepten para conservarse!

 

Cuenta Montaigne en sus Ensayos que Tamerlán gustaba de disfrazar su crueldad bajo la máscara de la piedad haciendo matar a los leprosos que encontraba a su paso. Él pretendía, encomendándose al diablo, redimirlos de su penosa existencia, pero lo cierto es que aquellos bultos carcomidos por la terrible infección hubieran preferido ser aún más leprosos antes que dejar de ser.

 

Y Antístenes el Estoico, hallándose gravemente enfermo, no dejaba de exclamar: «¿No habrá nadie que me libere de estos males?». Diógenes, que había ido a visitarle, le dijo, mostrándole un puñal: «Éste, si tú quieres; y al instante». A lo que aquél respondió con un hilo de voz: «Digo de los dolores, no de la vida».

 

El caso es que, por lo general, los sufrimientos que afligen nuestro espíritu suelen afectar bastante menos que los que mortifican el cuerpo. A la mayor parte de los españoles les han provocado más quebrantos las consecuencias víricas que las consecuencias espirituales derivadas del abuso de mando de las autoridades en esta época de pandemia. El mundo ha juzgado más horrible su peligro de muerte que su humillación y su peligro de pérdida de libertad.

 

Los quebrantos corporales son prioritarios en comparación con los peligros de su dignidad personal bajo las botas de los déspotas. Aquellos son sin duda mucho más insoportables para el común. Más miedo ha producido la idea de la muerte que la realidad de la esclavitud. De ahí que la mayoría ciudadana haya vivido y siga viviendo como quien teme morir, no como quien espera siempre morir.

 

Temiendo morir, digo, y -tan angustioso o más- temiendo que haya alguaciles y vecinos que te denuncien por llevar la mascarilla por debajo de la nariz, o truhanes que te cohechen y te pelen y te dirijan, bajo castigo, hacia donde debes o puedes encaminarte o aposentarte, y cuándo y cómo. Porque esta pandemia, ante una muchedumbre genuflexa, ha sido el paraíso para los abusadores de todo tipo; es decir, para todos aquellos que tienen la fortuna alta y los escrúpulos y los pensamientos bajos.

 

Todos los que acostumbran a traficar con cadáveres y a rentabilizar el dolor ajeno, máxime si es universal, defienden las plagas y procuran lanzar la caña en los ríos revueltos. En las catástrofes es donde más y mejor se contempla el ir y venir de los auténticos bandoleros, facinerosos y ladrones; porque en estos lances las casas se hallan desprotegidas, los dueños hospitalizados o secuestrados, y no sabemos quién es quién, ni nos molestamos demasiado en averiguarlo. ¡Demasiado tenemos con nuestras amarguras!

 

Escuchando en lontananza el balido de los corderos, el mugido de los bueyes, los ladridos de los perros hurgando en los cubos desechados por los hospitales, los llantos o los gritos de los apestados y el rechinar de dientes de los humanos todos, los plutócratas y sus esbirros, dispersos por medios informativos, instituciones y gobiernos, viven exclusivamente para su provecho y con este objetivo no dudan en dañar a los otros. Les place vivir según su inclinación, no según su obligación; según su opinión, no según la razón; con lo que roban, no con lo que ganan.

 

No sé si el hambre es más cruel que la peste, pero sí sé que ésta - al menos como la han enfocado los poderes fácticos- es abominable porque nos impide recuperar el resuello, nos quita la memoria y el sentido de la realidad, y hace huir a muchos confesores y a muchos médicos, y no pocos padres e hijos se irritan entre sí, los parientes dejan de saludarse y los amigos se vuelven enemigos. Que es precisamente lo que busca la casta política y financiera.

 

El caso es que los de siempre se vuelven más ricos con las epidemias generalizadas, creciendo su riqueza sobre los cuerpos tendidos de la multitud, ángeles siempre caídos, siempre humillados por los poderosos, y creciendo también a expensas de los incrédulos e incorrectos, maniatados éstos por un engranaje social que los atrapa. Porque las plagas siempre sirven a los propósitos del egoísmo, de la codiciosa y dilatada propiedad privada, como la compra y la venta ilícitas, la mentira perenne, el chantaje y la usura, el lucro hiperbólico a costa del sudor y la aflicción de las víctimas.

 

La estrategia plutocrática, antiguamente llamada reacción señorial, lleva décadas despreciando el honor llano del pueblo sin consecuencias lesivas para sus intereses, tal vez porque el pueblo actual carece de honor, o tal vez porque la carestía aún no ha apretado los estómagos lo suficiente. Pero es obvio que los ultrajes se han adueñado de nuestras sociedades del bienestar. Y nadie sale al paso de los atropellos. Y menos que nadie los que por ley -ya que no por vergüenza torera- debieran defender a su pueblo de la injusticia.

 

Éstos, escudándose en constituciones y en tretas leguleyas, prefieren atenerse, a conveniencia, a la supuesta letra de la dicha ley, olvidando el irrenunciable espíritu, el alma que yace en toda legislación ecuánime. Todo ello con la complacencia y la ayuda de sus mezquinos turiferarios, esos Pepito Grillo listos para la intoxicación que se infiltran como comentaristas enredosos para desviar la atención de lo esencial y mantener el statu quo.

 

Pero decidme, malvados, minadores de la verdad y de la esperanza, sacos de gusanos, oscuros sicarios que vivís en la indignidad, ¿para qué quiere el pueblo príncipes que no sepan defenderlo con su aristocrática sangre? ¿Un monarca, unas fuerzas armadas, unos jueces, existen para la construcción o para la destrucción, para la deslealtad o para la defensa del bien? Si dichas instituciones no se humillan ante los humildes y los protegen del mal, por fuerza sus representantes han de quedar manchados de la peor infamia ante los ojos de toda la humanidad. Y ello a pesar de tantos blanqueadores de sepulcros a sueldo que tratan de justificarlos.