Tras cuatro sentencias condenatorias por enaltecimiento del terrorismo, injurias a la Corona, agresión a un periodista y amenazas a un testigo, Pablo Hasél, por fin, ingresó en prisión, como corresponde a todo aquel que hace de las actividades delictivas su forma de vida. Este hecho, que entra dentro de la normalidad en un Estado en el que el imperio de la ley y la isonomía procuran que el manto de la justicia se extienda sobre el conjunto de la sociedad, ha provocado que una turbamulta de descerebrados, amparada por la inacción cómplice de la Generalidad de Cataluña, haya protagonizado continuos y violentos disturbios, convirtiendo las calles de Barcelona en un aterrador escenario.

En relación al sujeto en cuestión, dada su patética insignificancia, baste señalar que llama poderosamente la atención como una persona, cuando se deja atrapar por el discurso del odio, pierde todo atisbo de raciocinio, dignidad y decoro, pasando a convertirse en un energúmeno poseído por la intolerancia, la iracundia y la violencia.

Más relevancia presenta el hecho de que una formación política como Podemos, que, no lo olvidemos, forma parte del gobierno de  la nación, haya alentado tales actos vandálicos, en esta ocasión principalmente por medio de su portavoz parlamentario, ese grotesco monigote que responde al nombre de Pablo Echenique, el cual, demostrando su extrema necedad y su nulo respeto a las resoluciones judiciales, no ha dudado en transmitir a través de las redes sociales “Todo su apoyo a los jóvenes antifascistas que están pidiendo justicia y libertad de expresión en las calles”, confundiendo la justicia con la impunidad delictiva y la libertad de expresión con la apología de la violencia y el terrorismo. En este sentido, cabe recordar que no es la primera vez que el partido morado alienta la violencia como arma política y de hecho su cada vez más enloquecido líder, Pablo Iglesias, ha llegado al extremo de recomendar la utilización de cócteles molotov contra la policía y convocar manifestaciones como las de “Rodea el Congreso” y ”Alerta Antifascista”, por el mero hecho de no estar conforme con los resultados electorales, demostrando de esta forma su absoluta falta de convicciones democráticas, como no podía ser de otra forma en un irredimible comunista.

Todo ello no resulta en absoluto sorprendente, dado que tanto Marx, padre del comunismo teórico, como Lenin, padre del comunismo real, abogaban, sin ningún tipo de circunloquio, por la violencia  como método fundamental para llegar al poder y la eliminación de la disidencia como recurso primordial para mantenerse en el mismo. Es desde esta perspectiva que debemos entender la apuesta de Podemos por mantener un clima caracterizado por una permanente crispación social y una continua deslegitimación de las instituciones democráticas. En definitiva, su estrategia no es otra que la de socavar el Estado de Derecho y destruir los cimientos de la nación española, con el objetivo de  sustituir la monarquía parlamentaria por un régimen populista y totalitario, como es el socialcomunismo del siglo XXI.

Pero, volviendo a las movilizaciones y yendo más allá del hecho cuantitativo que supone la congregación de un determinado número de personas con un afán destructivo del todo injustificado, si analizamos en profundidad a esta masa amorfa de vandálicos sujetos encontramos que en todos ellos subyace, como mínimo común denominador, una escasa formación intelectual, una ausencia total de proyecto vital, unas desmesuradas expectativas de bienestar y, lo que es más grave, la asunción de todo ello desde la más absoluta autocomplacencia. Podría decirse, por tanto,  que estamos ante el “hombre masa” descrito por Ortega y Gasset en “La rebelión de las masas”,  que no es otra cosa que ese hombre que nada construye porque nada se exige y que, además, desde la presuntuosa vulgaridad que le caracteriza, pretende establecer el rumbo a seguir por el conjunto de  la sociedad, sin, por supuesto, ser capaces de ofrecer nada plausible, dada su absoluta irresponsabilidad y falta de sentido común.

El proceso de formación psicológica del hombre masa comienza, como no, en la escuela, donde desde hace ya demasiado tiempo se desdeña el mérito, el esfuerzo y el conocimiento, todo lo cual viene a suponer el triunfo de la mediocridad sobre la excelencia. Esta estructura educativa es la base de un sistema ideológico caracterizado por el paternalismo estatal como elemento central de la acción política, el hedonismo sin fundamento filosófico como principal soporte cultural y la exacerbación de los sentimientos de minorías identitarias que se concretan y confluyen para constituirse en el nuevo sujeto revolucionario que tiene como misión eliminar los fundamentos de la civilización occidental.

De esta forma, nos encontramos en la actualidad con una ingente cantidad de individuos que deambulan por el mundo desquiciados y sin rumbo propio, en un escenario social que les resulta las más de las veces hostil y casi siempre frustrante, dado que su manifiesta incapacidad para afrontar las exigencias que toda existencia conlleva les conduce a ver incumplidos sus pueriles deseos, sin entender que solo con la ociosidad alborotadora como embarcación es imposible arribar a su anhelada y, a la vez, desconocida Ítaca.

Por lo tanto, la presunta rebelión de las masas defendida por Ortega solo lo es en apariencia, pues, como decía Gustave Le Bon en su obra “Psicología de masas”, “En las masas es la estupidez y no la perspicacia lo que se acumula” y, evidentemente, desde esta perspectiva, resulta en la práctica altamente improbable que un grupo falto de cordura y entendimiento, por más numeroso que sea, pueda alcanzar el pleno poderío social, ya que es cosa bien sabida que todo rebaño de majaderos tiene un pastor que le habrá de devolver al redil.

 A todo esto debe añadirse el hecho de que debido a su insuficiente desarrollo emocional todos estos hombres masa son fácilmente manipulables, pues, como decía el filósofo inglés Thomas Hobbes, “Las masas sin educación son fácilmente influenciables por la lisonja y la adulación de los políticos”.

Es, por tanto, a estos individuos, que combinan la insolvencia intelectual con la inmadurez emocional, a los que socialcomunistas y nacionalistas, en estrecha connivencia, se dirigen para incorporar a sus filas mediante campañas de márquetin social cuidadosamente elaboradas, en las que se les garantiza un grupo con el que identificarse y un proyecto vital con el que comprometerse. De esta forma, una vez captados, los nuevos adeptos ya no se sienten solos y desamparados, pues su inclusión en la secta les proporciona cobijo y camino, por lo que, presos de la dictadura del pensamiento único que les han inculcado, se entregan sin reservas a la causa, convirtiéndose en marionetas de aquellos para los que solo son los “tontos útiles” necesarios para subvertir el orden constitucional establecido y así alcanzar su meta, que para los unos es el poder absoluto y para los otros la destrucción de la nación española, sin que el bienestar de los ciudadanos les ocupe ni les preocupe.

Al final, a los que formamos parte de la resistencia solo nos queda, tomando a Ulises como ejemplo, no dejarnos embaucar por los fatales cantos de sirena y mantenernos firmes en los principios e ideales que nuestros padres y abuelos nos transmitieron, haciendo así honor a su inmenso legado.