“España no representa nada ni interesa en el planeta. No hay proyecto de país, no hay proyecto exterior. Lo dramático es que la política exterior, de la que es tan dependiente la estabilidad e integridad territorial de España, no interesa ni a los políticos españoles ni a los medios de comunicación ni a la ciudadanía”, sostiene Araceli Mangas, incidiendo, más allá de su maximalismo, sobre su no alta entidad exterior, sobre lo que nosotros denominamos la hipostenia diplomática española, de la que podría ser sinopsis paradigmática, sin necesidad de ulteriores elucubraciones, el déficit de nuestros contenciosos diplomáticos, que hoy, sin que sirva de precedente que diría el clásico, no vamos a tratar.

Se abren para Madrid dos frentes y ambos con carácter inmediato: la aspiración saudí, todavía no formalizada, a ser la nueva sede de la Organización Internacional del Turismo, y la RAN, la reunión de alto nivel con Rabat. Y los dos, que se están fraguando y que se celebrarán en Marruecos, en Marrakech y en Rabat respectivamente, facultarían en principio para calibrar el peso internacional de España.

La pretensión saudí delinea con cierto grafismo nuestro poder/prestigio internacional y ello, hasta ex ante, es decir, con independencia del desenlace, porque la legitimación de este en alguna forma insólito, inaudito movimiento, radica más en la hipostenia hispánica que en la reconocida potencia financiera de Riad. Con unos aprestos sobresalientes que facultan para esa y otras aspiraciones, siempre de la mano compartida con la Casa Blanca, sus posibilidades parecen antojarse invocables desde determinados y visibles análisis ante los títulos españoles, incontestable potencia turística mundial y única sede la del turismo que alberga nuestro país, que como fallido para designios quizá más atingentes a su etopeya histórica, si ese concepto fuera operativo y siempre en mi opinión, ha hecho de la industria turística clave mayor en el desarrollo económico.

Incidentalmente y puesto que la cuestión de la sede turística mundial lleva a la votación internacional, se insiste y se seguirá insistiendo, en la consecución de un efectivo lobby iberoamericano, una de las grandes bazas de la diplomacia española.

Cuestión diferente aunque similar en el fondo, la hipostenia española, es la RAN. “Zarandeados por Marruecos”, dice la citada internacionalista, Madrid lleva persiguiendo el ponerse a negociar desde hace tiempo, así en genérica técnica diplomática. Sabedor el gobierno español que la reunión bilateral constituye paso imprescindible para comenzar a desbloquear la situación, ahí está en ese incómodo papel a la espera de la preceptiva invitación para sentarse a la mesa. A la negociadora y a la de Palacio, desde donde Mohamed VI, cuyo carácter resuelto al parecer ya se entreveía a sus doce años en los funerales de Franco y la coronación de Juan Carlos I, y que a diferencia de Hassan II, con su manejo de los tiempos con España, quién sabe si más urgido, parece orientarse hacia lo que he llamado “diplomacia acelerada”, impulsado por el blessing USA, otra vez el parámetro norteamericano como en el caso saudita, en el tema más importante en la actualidad para el vecino del sur, el Sáhara, sobre el que planea la sentencia del TJUE, el monarca alauita, decíamos, presiona a Madrid mediante acciones no fácilmente calificables, tensando la doble cuerda propia de la migración y sobre Ceuta y Melilla, amén, desde otro ángulo, de hacer valer su condición de dique ante la amenaza omnipresente terrorista.

No conozco el equipo que llevará Madrid, al que me he ofrecido claro, pero ya he subrayado que será en verdad una ingeniería diplomática de alto nivel, casi modélica, la que tendrán que esgrimir Moncloa, Santa Cruz et alii,  para compatibilizar el objetivo central de revitalizar y antes de reconducir, los seculares lazos con el vecino del sur, en su polícroma globalidad, la de mayor complejidad de los países limítrofes, con la firmeza en los principios.