Las palabras, su significado y su uso son más importantes de lo que pensamos. En tiempos de frivolidad y banalización generalizada y global se debería tener en cuenta la importancia de las mismas y de ello. Las imágenes, sonidos, textos y discursos mediáticos llevan demasiado tiempo el signo de la tensión permanente, monotemática y obsesiva, cuyo propósito es lisa y llanamente que el miedo cubra todos los aspectos de la vida.

Los telediarios de los medios masivos de comunicación repiten una y otra vez, día tras día, palabras como virus, contagio, vacuna, inmunidad, UCI, confinamiento, restricciones, dosis, incidencia, refuerzo, contagio colapso, saturación, cierres… y podríamos seguir enumerando.

Según su discurso resulta que a día de hoy tenemos un tsunami de contagios, alcanzamos cifras nunca vistas antes, los hospitales están desbordados, la incidencia está disparada y sufrimos un colapso del sistema sanitario. La saturación de los centros de salud con un aluvión de bajas está batiendo récords de infectados a pesar de que el 90% de los españoles tienen la pauta completa, y volvemos a los cierres, confinamientos y cuarentenas.

Al principio angustiaba, ahora aburre ver las imágenes de los sanitarios en EPI clavando agujas en ancianos, hombres, mujeres y niños en un continuo infinito, mientras se habla de la “gripalización” del COVID. Sin embargo, en Europa, la EMA, Agencia Europea de Medicamentos, se pregunta acerca de la necesidad de la cuarta dosis o de la conveniencia de una nueva vacuna efectiva para Ómicron a mayor gloria de la industria farmacéutica.

Desde hace casi dos años el cúmulo de significantes y significados pandémicos vienen siendo asimilados por la sociedad con total normalidad. Pero la perversión semántica y discursiva es tal que todo comienza a ser relativo, interpretable o incluso falso. Hasta la abuela en el pueblo más perdido ya conoce en gran medida el alfabeto griego y las reglas de supervivencia básicas de esta nueva normalidad que no deja de atemorizar y someter a la población. Ya lo hemos dicho: vivimos en la era de los regímenes sanitarios y del terror informativo.

En España desde su gobierno se banaliza la economía, el consumo, la producción de sectores primarios e incluso se atreven con las cosas de comer de millones de ciudadanos. No solo nos dicen qué tenemos que comer, sino cuánto, cómo y dónde, desde ministerios de dudosa necesidad con presupuestos millonarios, de nula efectividad y literalmente nocivos para la población.

Se banaliza ahora también la heroicidad, el martirio e incluso lo metafísico. Se ve lo que se quiere ver, aunque allí no esté. Hay un hambre voraz por tener razón y estar en el bando correcto a cualquier precio. Las opiniones libres están dividiendo a la sociedad como nunca hemos visto en lo que va de siglo. El derecho a la intimidad se pierde cuando se pide un pasaporte de vacunación, pero también cuando de manera indiscreta se pregunta alegremente si alguien está o no vacunado en una simple reunión de amigos. Una gran parte de la población está ejerciendo el papel de controladores, de comisarios políticos de segundo orden gratuitamente, normalizando la grieta entre unos y otros según se haya pasado o no por el vacunódromo.  Se corre el riesgo de ser señalado, sufrir el ostracismo e incluso la muerte civil. Libertad, esclavitud, victimas, verdugos, héroes o traidores y su significado cambian a gusto del consumidor.

Es lógico, justo y razonable pelear con convicción por la supervivencia, pero esta no es plena si no se deja un justo legado y descendencia. No caigamos en la trampa perversa de los mismos de siempre. Ya sabemos quiénes ganan y quienes pierden cuando se llega al enfrentamiento consiguiendo que el enemigo sea quien tienes a tu lado, e incluso lleve tu misma sangre.