La democracia, desde un punto de vista descriptivo, es un sistema político cuyo ideal es una forma de gobierno basada en la soberanía popular, es decir, en la soberanía del conjunto de los ciudadanos de un determinado territorio, con las exenciones establecidas por la ley. A su vez, desde un punto de vista prescriptivo, la democracia se sustancia en una serie de normas de obligado cumplimiento, entre las que se encuentra, quizás como expresión más genuina, la celebración de elecciones, mediante las cuales los miembros de una comunidad son convocados para elegir por sufragio universal, es decir, mediante votación entre las distintas opciones ideológicas que se presentan como candidatas, a aquellos que habrán de representarlos en las instituciones políticas. Evidentemente, para que la cita electoral exprese realmente la voluntad general, es condición “sine qua non” que los comicios se celebren en un clima de libertad, sin ningún tipo de amenazas ni coacciones.

Con el anuncio de la presentación de Pablo Iglesias como candidato por UP a la Presidencia de la Comunidad de Madrid, la posibilidad de que el proceso electoral transcurriera en un contexto en el que la violencia, tanto verbal como física, brillara por su ausencia se diluyó como azucarillo en aguardiente. De hecho, la presencia de P. Iglesias en estos comicios respondía a la necesidad de tensionar la campaña electoral, habida cuenta de las nefastas expectativas de voto que, según todas las encuestas, tenía la formación morada de cara a estas elecciones autonómicas. En definitiva, UP depositaba sus esperanzas en que, con su incendiaria oratoria, P. Iglesias, fuera capaz de generar un ambiente lo suficientemente estridente y convulso durante la campaña electoral como para poder remontar el vuelo y obtener finalmente unos resultados que les permitieran ser imprescindibles a la hora de formar gobierno de coalición con el PSOE y Más Madrid.

El esperado momento de hacer estallar la campaña llegó de la mano de tres cartas amenazantes, con balas incluidas, dirigidas al ministro del Interior, Grande-Marlaska, a la directora general de la Guardia Civil, María Gámez y al propio P. Iglesias. Ante semejante oportunidad P. Iglesias, en lugar de denunciar los hechos a la policía, trasladó a la opinión pública, en menos que canta un gallo, el contenido de las misivas, acusando a lo que denomina ultraderecha -con su permanente perversión del lenguaje- de ser responsable de las mismas, a pesar de no tener prueba alguna de ello.

En una entrevista y tras ser preguntada por los hechos narrados, Rocío Monasterio respondió que condenaba todo tipo de violencia, a la vez que pedía dos cosas: que la izquierda también condenara la violencia ejercida contra los representantes y simpatizantes de Vox en el mitin de Vallecas y que se esclarecieran los hechos acaecidos ya que todo resultaba muy extraño, sobre todo teniendo en cuenta que la coalición socialcomunista desde su llegada al Gobierno de la nación no había hecho otra cosa que engañar a los españoles, argumento éste razonablemente asumible por cualquier persona mínimamente objetiva. De hecho, lo mismo parecen pensar los sindicatos mayoritarios de Correos, UGT y CCOO, al remitir inmediatamente una carta al presidente del Servicio Postal en la que se exigía abrir una investigación que permitiera esclarecer los hechos, ya que entendían que los protocolos de seguridad que rigen en Correos debían haber impedido que unas cartas con proyectiles en su interior llegaran a sus destinatarios. Tras la correspondiente investigación se llegó a la conclusión de que uno de los vigilantes de la empresa que tiene adjudicada la seguridad de los envíos era el responsable de no haber prestado atención a los escáneres de rayos X que permiten detectar cualquier irregularidad.

Pues bien, tan solo unas pocas horas después de las declaraciones de Rocío Monasterio, en una entrevista en la Cadena Ser, P. Iglesias exigió a la candidata de Vox que se retractara de sus dudas, a lo que un tanto molesta contestó que ella ya había condenado la violencia y que le gustaría que él hiciera lo mismo. En ese mismo momento, de forma absolutamente premeditada, P. Iglesias decidió tomar las de Villadiego y abandonar el debate, con la peregrina excusa de que se estaba atentando contra la democracia misma y que el no contribuiría al blanqueo de un partido fascista como Vox. Una hora después, recibiendo órdenes de la cúpula de sus respectivos partidos, tanto Ángel Gabilondo, candidato del PSOE, como Mónica García, candidata de Más Madrid, abandonaron como corderitos el debate, quedando así retratados como unos pobres lacayos de instancias superiores, sin apenas capacidad de decisión.

En este punto es necesario destacar la enorme indecencia e hipocresía de P. Iglesias, que efectivamente cada día que pasa se parece más a una rata chepuda, ya que, acudiendo a la hemeroteca, auténtica “espada de Damocles” de este grotesco individuo, podemos comprobar que, lejos de ser un defensor a ultranza de los valores y postulados democráticos, no es otra cosa que un torpe bosquejo de dictador comunista, tan solo impulsado por el rencor y el odio.

Así, P. Iglesias ha proclamado su admiración por un dictador como Hugo Chávez, ha alentado a sus huestes a utilizar cócteles molotov y patear a la policía, ha alentado los escraches a políticos como Rosa Díez, Soraya Sáenz de Santamaría Cayetana Álvarez de Toledo o Begoña Villacís, ha omitido condenar las cartas amenazadoras recibidas por Albert Rivera, ha minimizado la importancia de las agresiones a Mariano Rajoy, ha promovido el apedreamiento de Santiago Abascal y Rocío Monasterio en Vallecas, ha apoyado a Pablo Hasél condenado por apología del terrorismo y agresiones, ha defendido a Rodrigo Lanza por el asesinato de Víctor Láinez debido a que llevaba unos tirantes con la bandera de España, ha tildado de fascistas a periodistas no afines como Federico Jiménez Losantos, Carlos Herrera, Carlos Alsina, Ana Rosa Quintana o Eduardo Inda entre otros y ya, en el colmo del cinismo, ha manifestado que jamás haría públicas las amenazas que recibe porque no le gusta ir de víctima ni de llorón por la vida.

Podríamos seguir narrando las desquiciadas manifestaciones de P. Iglesias, pero con lo hasta aquí expuesto entendemos que es suficiente como para poder afirmar, sin temor a equivocarnos, que, dada la absoluta carencia de argumentos mínimamente razonables con que su partido se presenta a estas elecciones, los alegatos de este siniestro personajillo en contra del fascismo y a favor de la democracia responden tan solo a una cuidadosa puesta en escena con la única finalidad de crispar la campaña electoral y sacar con ello rédito político.

En cualquier caso, la desesperada estrategia se les vino abajo cuando la ministra de Industria, Comercio y Turismo, Reyes Maroto, tras recibir otra misiva, en este caso con una navaja, declaró, en un alarde de impostura, que “Hoy todos los demócratas estamos amenazados de muerte si no paramos a Vox en las urnas”. Para desgracia de la ministra, cuya actividad constituye uno de los secretos de Estado mejor guardados, la policía descubrió pocas horas después que dicha carta había sido enviada por un esquizofrénico residente en El Escorial, lo cual vino a demostrar que la capacidad difamatoria de la izquierda española es solo equiparable a su capacidad para hacer el ridículo.

Pero el chocarrero espectáculo no acababa aquí, y tan solo horas después era Isabel Díaz Ayuso la que recibía, sin darle la menor importancia, otra carta amenazadora procedente de Barcelona, en la que se volvía a la bala como elemento de atrezo, con lo cual la farsa socialcomunista ha terminado por convertirse en un sainete escrito por un pésimo dramaturgo.

Decía Séneca que “No es un deshonor no alcanzar una cosa, sino cesar de poner los medios para alcanzarla”. En consonancia con esta máxima del sabio cordobés, el día 4 de mayo no podemos faltar a la cita electoral ni dejar de apoyar al gran bloque patriótico, democrático y constitucionalista que lideran Isabel Díaz Ayuso y Rocío Monasterio, ya que ello es, simple y llanamente, una cuestión de honor, ese atributo cuya presencia o ausencia nos califica de manera definitiva.