Una imagen vale más que mil palabras y la imagen que nosotros podamos transmitir o proyectar a los demás es fiel reflejo de lo que somos y, en buena medida, también de lo que pensamos y de cómo actuamos.

Realmente, es indiferente cuando la imagen que transmite una persona concreta afecta, exclusivamente, a su esfera individual, a su círculo más íntimo y personal, lo grave radica cuando con esa misma imagen se acude representando a otros. En tal caso, el que representa se convierte en fiel reflejo de los representados quienes se lo permiten por acción u omisión.

Estamos asistiendo, desde hace años, en muchos casos por postureo político, a una completa degradación del aspecto externo de los individuos e individuas -en este caso hay que ser políticamente correcto- que nos representan en las Cámaras legislativas.

Viendo algunas de las sesiones, nos encontramos con todo tipo de fauna. Desde algunas que parece más bien que van al mercado o a realizar labores agrícolas, hasta otros que se presentan, cual en vulgar tasca expendedora de vino peleón, sucios, desaliñados o con rastas en el pelo y vestidos con jersey. Así que, aquí todo vale.

Algunos podrán aducir que todo ello es fruto de los tiempos que corren y que en las Cámaras tiene que estar representado el pueblo, como si con ello pretendiesen decirnos que todos los que formamos el pueblo liso y llano somos unos guarros o tenemos que serlo para estar al día dentro de esta intentona de uniformarnos a la baja e “iluminar” nuestra inteligencia con un pensamiento único que nos afecta en todos los ámbitos.

Ya fue vergonzoso ver al chiquilicuatre aquel, imagino que saben a quién me refiero, presentándose ante S.M. el Rey vestido en mangas de camisa, aunque, a decir verdad, tanta culpa tuvo el susodicho como los que le permitieron entrar a la Zarzuela de aquella guisa, máxime cuando, días después, se vistió con un poco flamante esmoquin, sin duda alquilado pues se veía que ni tan siquiera era de su talla, para concurrir a la fiestuca anual de los de “la ceja”, esa pantomima que, a imitación de los yanquis, organizan cada año en Madrid para homenajearse por los bodrios sectarios que fabrican, todos ellos bien subvencionados con el dinero de todos. De todas formas, al tipo aquel del esmoquin, había que recordarle el viejo dicho de que “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”.

Pero que todo esto es un postureo, una pantomima miserable, lo demuestra una anécdota de la que se hizo eco la prensa de mí ciudad, La Coruña, hace algunos años. Mal gobernaba, entonces, el Ayuntamiento coruñés aquella comparsa, inculta, sectaria y mediocre, de la marea, un grave error de muchos coruñeses que condujeron a la ciudad a los cuatro años más oscuros de su historia reciente.

Pues bien, el Alcalde de turno, al igual que su mariachi de concejales y concejalas -hay que ser correcto para que ellas no se salven de la quema-, siguiendo las pautas dictadas por su partido, vestían de forma innoble y zarrapastrosa. Les daba igual que los invitasen a un acto donde el resto teníamos que acudir de gala y con Cruces, que a una jira campestre o a tomar unas tazas de vino en una inmunda tasca, ellos, fieles a sus retorcidos principios, se uniformaban a la usanza más miserable posible, eso sí, con ropa de marca.

Pero hete aquí, que un día, el susodicho Alcalde, se fue a China, no sé si de viaje de placer o a firmar algún convenio que, desde luego, no repercutió para nada en La Coruña, al menos que sepamos. El caso es que, al día siguiente, en la prensa local apareció el citado personaje vestido con un impoluto traje de chaqueta, probablemente comprado en su odiada Zara, aunque a decir de algunos se lo hizo en un sastre de postín, saludando al Ministro o dirigente chino de turno.

Se ve que el precitado comunista, miembro del partido chino, debió decir a su jefe de protocolo aquello de “este que venga de corbata o que no venga” y el otro, como chico obediente y disciplinado, bajó la cabeza y se puso de tiros largos, algo que jamás había hecho ni hizo en acto alguno organizado en nuestra ciudad, con una absoluta falta de respeto, pese a ser nosotros los que pagábamos su buen sueldo y a los que nos debía, cuando menos, un mínimo de decoro.

Y algunos lectores se preguntarán, ¿a que viene toda esta perorata? Pues bien, hace unos días, S.M. el Rey, acudió acompañado por dos miembros -bueno, un miembro y una miembra- del gobierno social-comunista -menudos compañeros de viaje que le clavaron a S.M., nunca mejor dicho aquello de “es mejor solo que mal acompañado-, a la toma de posesión del nuevo presidente de Bolivia, otro que tal baila.

Por cierto, a la vista de los personajes que aparecen en las imágenes referentes a la mencionada visita y que supongo formaran el nuevo gobierno populista de aquel país hermano, creo que en Bolivia deberían erigir monumentos varios a la colonización que hicimos los españoles, ya que si en lugar de nosotros, hubiesen sido ingleses o franceses, estoy seguro que, a día de hoy, ninguno de ellos ocuparía un puesto relevante en la política de su país como no lo ocupan los indios en Estados Unidos, por razones que todos conocemos y sino que se lo pregunten al legendario Custer.

Pero volvamos al tema de la visita. La pinta zarrapastrosa e innoble de los dos que acompañaban al Rey era lamentable. El uno, eso sí, de traje de chaqueta, pero con los zapatos todos guarros como si no supiese que existe el betún o como si, poco antes, hubiese caminado sobre un “lameiro” como decimos en Galicia; este indigno personaje tal vez ignore que los zapatos son el espejo del alma, así que ya me contarán. Y la otra, la “pitagorina”, la que, en teoría, tiene que representarnos allende nuestras fronteras, se presentó con todo el aspecto de venir de la compra mañanera en día de semana y encima con una especie de prenda de abrigo y bufanda, ignorando, por lo que parece, que, cualquier prenda de ese tipo, se tiene que apear cuando asistimos a una recepción o realizamos una visita a un despacho del algún mandatario. Desde luego, para enviar a unos de esta guisa, mejor hubiera sido que remitiesen en la embajada a la insoportable de la “negurítica” que, por lo menos, sabe vestir y es elegante, o al mismísimo “Bartolo”, un personaje singular de mi ciudad, ya desaparecido, de andar torpón que, por una razón que ignoro, no paraba de mover la cabeza de forma pendular y de sacar la lengua, al menos aquel no hablaba ni molestaba.  

Resumiendo, que a la vista de estos individuos e individuas -hay que ser inclusivo- que andan por ahí representándonos, con moños, pendientes, jerséis, bufandas y rastas, con pinta de no conocer el agua de la ducha, cualquiera, en el rincón más recóndito de la tierra, por muy corto de inteligencia que sea, exclamará, como lo hacía mi buen amigo Moisés, aquello de “sí estos son a los que mandan, cómo serán los que se quedan”. ¡Menos mal que todavía tenemos al Rey!  

 

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