La belleza conmueve los corazones de los hombres desde que hay registros. Es capaz de detener la mano del verdugo en alto —antes de que el filo del hacha descienda sobre el cuello del ajusticiado—, si entonces se escucha el tañido de unas campanas a tiempo. Sin necesidad de un discurso articulado, la belleza transmite la Verdad en el fogonazo de un instante fugaz. Los verdaderamente totalitarios son los únicos que escapan a los encantos de la belleza. Es más: los desprecian porque conocen su poder sobre el resto de los hombres; en definitiva, desprecian la belleza porque desprecian al hombre y no sienten respeto por su patrimonio. Todos los fanáticos son iconoclastas. Sin excepción. La pulsión asesina del hombre encuentra un paralelo inconfundible en la pulsión iconoclasta. Matar al enemigo, incendiar su idea. No basta con destruir al hombre: el fanático cree que debe aniquilar su forma de entender el mundo a través de sus representaciones artísticas.

Hay culturas que reniegan de la representación: el protestantismo, el mahometismo, el judaísmo. Tienen miedo de la mentira del arte: algo que podría derribar la certidumbre de su tenue verdad. Por contra, la Contrarreforma tuvo en el teatro a un abanderado de su causa, con los “Autos de Sacramentales” del gran Calderón de la Barca como seña de identidad y buque insignia. Hay otras culturas que, además de negarse a representar, persiguen las representaciones de otros y las pulverizan. Las golpean con denuedo hasta reducirlas a las piedras irreconocibles que otros tallaron con su ímprobo esfuerzo, con su furioso talento. Todos conocemos episodios como la destrucción de la Biblioteca de Alejandría (siglo III a.C.), la toma de Constantinopla (siglo XV), el Saqueo de Roma (siglo XVI) o la quema masiva de libros en Berlín (1933). Tenemos episodios recientes como la biblioteca que fue reducida a cenizas en Bagdad con más de un millón de libros dentro en 2003. También en Irak recordamos las imágenes en las que hombres del ISIS destruyen a mazazos figuras asirias de miles de años de antigüedad. Eso provoca el odio a la belleza: la iconoclastia totalitaria del asesino ahíto de sangre enemiga.

Estos días en los que el sol cae de plano en Madrid y las calles céntricas de la ciudad se muestran vacías como sólo pueden estarlo en verano, cuando la mayoría de madrileños salen en estampida en busca de playa o de montaña, los resistentes decidimos juntarnos en busca de un lugar acogedor donde poder apacentar bajo el suspiro constante del aire acondicionado, donde poder abrevar con los mejunjes más espiritosos para la época y donde tener la ocasión de poder conversar tranquilos junto a un interlocutor no lobotomizado. Un buen amigo poco sospechoso de franquista que, por sus estudios y su sensibilidad estética tiene un conocimiento acreditado de arquitectura, me enumeraba —a raíz de una pregunta mía—, las múltiples particularidades por las que El Valle de los Caídos es una obra “de una magnitud y una ejecución que está fuera de toda duda”. También me decía que dudaba mucho que se pudiera destruir la Cruz por la dificultad logística que plantea la ejecución de dicha tropelía y por el poder de la Iglesia —”Con la Iglesia hemos topado”, citaba—, que podría derivar incluso en un escándalo internacional. Al escucharle, hice una tímida mueca: “son capaces de todo”, me dije interiormente. Aun así, quise creerle. Todavía quiero hacerlo. En el momento de la conversación con mi amigo, yo había leído hace poco las palabras regurgitadas por el periodista y tertuliano Antonio Maestre en un artículo de ElDiario.es titulado “Demoler la cruz”, lleno de las habituales inconsistencias. Por hacer tres observaciones muy someras al respecto:

  • Los regímenes fascistas detestaban “la cruz” porque para ellos representaba “la moral de los esclavos” igual que la figura de “Cristo”; a cambio, luchaban por la consecución de un “hombre nuevo” basado en la filosofía de Nietzsche y en los héroes de la mitología pagana —sea romana o sea germánica— en los que encontraban un referente que abogaban por restaurar. Sus iconos artísticos iban más por el camino de la vanguardia futurista de Marinetti, que exaltaba el ruido industrial del mundo moderno, que por el silencio y la meditación unamunianos que evoca con maestría el Cristo de Velázquez. Eso para empezar;
  • La comparación entre Auschwitz y El Valle de los Caídos es, sencillamente, inframental e irrisoria, como sabe cualquiera que conozca lo mínimo imprescindible de ambas localizaciones y de sus respectivas historias. Habría que explicarle a Antonio Maestre que El Valle de los Caídos no fue construido por presos políticos, como suele decirse, y que tampoco era un campo de trabajos forzados —y mucho menos se exterminaba a nadie como en Auschwitz—. De hecho, el modelo de Hitler para Auschwitz era el sistema de gulags instaurado por Lenin y perfeccionado por Stalin. Y no sólo: Mussolini empezó su carrera de revolucionario como periodista afín al Partido Socialista Italiano, admiraba a Lenin y creía, como los comunistas, en la posibilidad de una utopía realizable en el futuro; Hitler jamás dejó de ser socialista —a la par que nacionalista en perfecta continuidad con el protonacionalismo de Lutero y del luteranismo—, como mostraba claramente el nombre de su partido, pactó con Stalin hasta que decidió invadirle, ebrio de narcisismo, y era un admirador declarado de la religión de Mahoma como muchos progres al estilo de ese Foucault que Maestre tanto admira; Franco, por contra, era un furibundo anticomunista que había sido condecorado y ascendido por luchar contra los mahometanos en Marruecos, y que hizo de la piedad religiosa el epicentro de su vida y de su régimen autoritario —no fascista— que distaba mucho del fascismo tanto en lo ideológico como en lo estético, pasando por su gestión política autárquica muy alejada de la “economía de guerra” típicamente imperialista del fascismo;
  • Aclarados algunos conceptos básicos que no se encuentran en las pocilgas intelectuales donde suele revolcarse el “intelectual” zurdo, habría que enseñarle al bueno de Antonio Maestre a escribir con un mínimo de calidad. Pero antes tendría que dejar de garabatear tantos libros basurientos de la baja estofa de Franquismo S.A., e incluso de comprar los paupérrimos trabajos de otros —de la calaña de Paul Preston, no se crean que acude a Nicolás Gómez Dávila— para adornar sus librerías, para ponerse a leer, a cambio, alguno con una cierta calidad literaria y de un nivel intelectual acreditado. Aunque quizás sea pedir demasiado a quién, sospecho, no tiene mucho que ofrecer, me permito el lujo de recetarle, a modo de bálsamo cultural, leer a Rafael García Serrano: igual hasta se le pega algún adjetivo depurado de verborrea cursi a su limitado vocabulario de marxista precario.

Destruir la Cruz es una infamia: es la típica iconoclastia soviética propia de quién quiere reconstruir la historia a su gusto demoliendo la belleza; y de quién quiere ganar la guerra profanando los cuerpos de los muertos para derrotar sin honor a quienes no pudieron vencer con valor cuando estaban vivos. Se trata de la vuelta de los peores totalitarismos encarnados en unos tipos mediocres, bastante pusilánimes y no menos arribistas, el prototipo totalitario, que se creen acreedores de la potestad necesaria para poder defenestrar el patrimonio de los ausentes sin mayores consecuencias. Quisiera terminar apelando no sólo a aquellos que defendemos el motivo con el que se construyó El Valle de los Caídos —un homenaje a todos los que perecieron por España y un lugar que simboliza la reconciliación nacional—, sino también a aquellos que, sencillamente, aprecian la innegable belleza del lugar y de la construcción. No permitamos que los necios enarbolen el mazo de la ignorancia para borrar aquello que no están habilitados para comprender ni legitimados para destruir.