Así pues, lo de menos es que el presidente tenga con España un sentido del compromiso muy leve. Que esto se sabe desde el primer día. Lo demás es el sistema, que lleva en su naturaleza un relativismo axiológico capaz de preguntarse sobre la misma naturaleza humana y clasificar, como de hecho hace, qué tipo de cosas tienen valor, aceptando que todos los deseos son iguales y tienen los mismos derechos, porque para el sistema no hay categorías de razón, sino decesiones de voluntad sustentadas en la mayoría, aunque una decisión por más demócrata que sea, no necesariamente es racional. Que es lo que comprobamos en nuestra época, dándose como bueno todo tipo de aberraciones. De ahí, que sea un sistema que atenta contra la moral natural y la razón objetiva, se erija en difusor de una determinada ideología (racionalista, relativista y laicista) y sea promotor de ciertos valores que traspasan los límites de su misión. De lo que se infiere que este sistema no tiene que coincidir necesariamente con la verdad ni con la virtud. Lo que no deja de ser un contrasentido de razón.

    Este sistema que ahoga la verdadera representación, gira entorno a la lucha competitiva entre las elites políticas, los partidos. Y el partido político es una máquina electoral que busca la conquista del poder político mediante la propaganda para persuadir al electorado de sus bondades, lo que hace que en el sistema haya una progresiva ecualización entre la izquierda y la derecha que difumina los límites de sus ideologías. Por ello, en cuanto a las pretendidas discusiones en la Asamblea, no son más que disputas que oponen opiniones subjetivas, cuyas contradicciones traducen su insuficiencia. Por lo que las ideologías de los partidos políticos no importan ya. Lo que importa es la capacidad de los partidos para promocionar y sostener un liderazgo político. No en vano las técnicas de publicidad electoral son idénticas a las técnicas de publicidad comercial. De ahí, que este sistema destruya el parlamentarismo, que es la institución central en la deliberación racional, libre y pública sobre el bien común.

    En cuanto a la voluntad del pueblo decir que es una ficción, porque los electores en este sistema son apáticos y no tienen un conocimiento político preciso ni riguroso. Y esto es así, porque el pueblo es sensible a la propaganda, propenso a impulsos emocionales e incapaz de hacer nada decisivo. En definitiva, son las élites políticas al margen del pueblo quienes deciden las cuestiones políticas en su nombre y sin su conocimiento. Como ha sido en el caso de proyectar una globalización sin fundamento racional, hoy fracasada ante el caos mundial de las cadenas de suministro debido a las políticas anticovid, el aumento de las tensiones entre China y Estados Unidos, la guerra en Ucrania y la crisis energética, que pone a debate el fracaso del proceso sobre la pérdida de soberanía de las naciones para proyectase ellas misma en su unidad de destino.

    En resumidas cuentas, este sistema es “el dominio de los sofistas o demagogos”, como afirmaba Platón, que son “asalariados que no enseñan otra cosa que los mismos principios que el vulgo expresa”. De ahí, que la refutación platónica a la democracia insista en la necesidad de asociar el saber con el poder. Así pues, si los clásicos nos dan una verdadera perspectiva que bien podría aplicarse al hombre progresista de nuestros días por su insolencia, su indisciplina y su desenfreno para el que todos los deseos son iguales y tienen los mismos derechos. Que es lo que se constata en nuestra época, dándose por buenas todas las perversiones.

    Dicho lo cual, hagámonos cuatro preguntas absolutamente necesarias al hilo del debate…

    1ª. Si el pueblo, como de sobra sabemos, carece de elementos de juicio suficientes y, por tanto, de capacidad de controlar políticamente a nadie, ¿acaso no dependen del azar todas las instituciones políticas, comenzando por la Corona?

    2ª. ¿A quién le correspondería juzgar a quienes perpetraron un golpe de Estado contra la integridad territorial de España?

    3ª. ¿Acaso no resulta un contrasentido impulsar la “denominación de origen” como sello que impulse la economía de la España rural y al tiempo repoblar con todo tipo de etnias nuestros pueblos abandonados por falta de previsión?

    4ª. ¿Se imaginan ustedes el problema que se le presentaría al Estado si mañana nos concentrásemos 1.000 personas en la Puerta del Sol con un cartel que dijera: ¡VIVA EL CAUDILLO DE LA VICTORIA CONTRA LA CANALLA ROJA!

    Ahora bien, este sistema no es en modo alguno un valor absoluto, máxima que viene sosteniéndose y exportándose al mundo desde el final de la II Guerra Mundial. Y no lo es, porque es tan sólo un método para generar decisiones. Y si es un método, lo es como cualquier otro -pongamos como el que propone José Antonio en el teatro de la Comedia, el 29 de octubre de 1933-, por lo que no puede constituirse en un fin en sí mismo, independientemente de las condiciones históricas. En este sentido, cualquier otro puede ser posible.

    El tiempo apremia y deberíamos empezara a tener criterio, a pensar bien, a no dejarnos manipular por una realidad que atonta. Cargar contra Pedro Sánchez la quiebra de España, a parte de no ser ético, en el caso que nos ocupa es propio de descerebrados.