Hay un virus que existe, que está ahí y negarlo es necedad. Apareció en China y desde allí, de epidemia se hizo pandemia, y como tal se globalizó. Un virus que recorre el mundo y pretende reestructurarlo, uniformarlo y someterlo. En 1918 el virus conocido como Influenza A del subtipo H1N se expandió causando la muerte de más de 40 millones de personas. Injustamente pasó a la Historia como la Gripe Española, porque desde España se informó acerca de su existencia, sin tener que ver con su origen ni propagación. El Covid-19, con toda justicia, debería ser llamado por su nombre: el virus chino.

El virus es funcional a la política de China y actúa acorde a sus intereses geoestratégicos hegemónicos. Y esta potencia no está sola en ello, ya que posee curiosos aliados que a primera vista no lo parecen, pero lo son. Más allá de la cuestión sanitaria y sus trágicos resultados en vidas humanas, el Covid trajo aparejado el miedo y el terror de la población a nivel mundial junto con las gravísimas consecuencias económicas y sociales aún en ciernes. Lamentablemente las previsiones en este sentido son más que oscuras.

Se hace política con la enfermedad, con la muerte y sobre todo con el miedo convertido en pánico. Las elites, los poderosos y sus ambiciones totalitarias saben muy bien cómo emplearlo. Para ello tienen todos los recursos disponibles: finanzas trasnacionales, medios de comunicación globales, estructuras estatales legales a discreción y fuerzas del orden suficientes para implantar la nueva normalidad de lo políticamente correcto.

Estamos percibiendo un paulatino pero incesante clima de regreso a la primera fase de la pandemia. Desde los medios de comunicación no han dejado en ningún momento de hablar acerca del Covid: todo es el virus y sus consecuencias, manifestaciones y cambios sociales debidos al mismo. Solo han graduado, a voluntad política y conveniencia, el enfoque y algo de tiempo, según se acercaba el verano, ya que había que disfrutar de la vida y el tiempo libre. Eso sí,  con responsabilidad, distancia social y boca y nariz cubiertas. Ahora, como en el juego de la oca, volvemos a la casilla de salida y por culpa de… la ciudadanía.

En España, el caso del Estado de Alarma selectivo y autoritario evidencia hasta donde se pretende llegar. Hay una parte de ese camino que ya está recorrido y del cual es difícil dar marcha atrás por las evidencias de lo sucedido hasta ahora en la gestión de la crisis. Cuando se impone el terror la incompetencia, la inoperancia, la maldad, la mentira, la manipulación, y a pesar de ello no hay consecuencias políticas, el paso hacia el despotismo y la tiranía están a la vuelta de la esquina.

Ya están anunciando que si los datos de la pandemia siguen así nos espera otro confinamiento y nuevamente la llegada de una situación gravísima con el inevitable colapso del sistema sanitario que llevará a la muerte, no solo a los infectados por el virus chino, sino también a otros pacientes con otras patologías que no podrán ser tratados ni atendidos.

El derrumbe económico y el asistencialismo de supervivencia por parte del Estado es lo que sigue. El pánico está instalado. Van preparando a la población para aceptar lo que sea, con tal de no morir horriblemente como muestra el telediario día a día.  Se les instruye para acatar medidas extremas que cuidarán de sus vidas. Se realiza una transacción antropológica entre la salud y la seguridad a cambio de la libertad e independencia. Y las mayorías parecen aceptarlo obedientemente.

Cuando los gobiernos entran de manera obscena en las vidas de sus ciudadanos, por ejemplo limitando las libertades de movimientos, reunión o incluso diciendo el número de personas con el cual está permitido reunirse, la democracia como tal está muerta. El estado se vuelve despótico, autoritario y totalitario, una dictadura curiosamente muy parecida a la China, de donde vino este virus.

La larga mano del poder llega a todos lados con estas políticas. Emplea y manipula una emoción natural y humana que aparece cuando nos vemos en peligro: el miedo. Cuando este se hace extremo y no se ve salida aparece el pánico que inmoviliza, que deja inmune al sujeto a merced del victimario. Poco después se impone el terror ante el horror de que la tragedia es inevitable. Entonces cualquier solución aplicada por quien sea es sumisamente aceptada. Finalmente el hombre se acostumbra a la servidumbre y mucho más si va ligada con un cierto confort tecnológico que suple viejas necesidades de naturaleza espiritual. Como en China.

Se hace política globalista con el virus chino. Ya impusieron la mascarilla uniformando a la población quitándole su rostro e identidad, alejándola de sus semejantes e instalando en el subconsciente que lo táctil se convierte en mortal. Lo que sigue puede ser aún peor.

Ante esta situación hay una salida política para derrotar al miedo y también otros caminos por recorrer. Para ello es necesario que los pueblos soberanos se pongan en pie y alcen la voz, disientan del poder despótico, atreviéndose a enfrentarlo. Es necesario que surjan nuevos dirigentes formados en el trabajo, la capacidad y el mérito. Líderes que recuperen la identidad que quieren destruir, que pasen al frente y encabecen el reclamo de sentido común y libertad de millones de personas que hoy aún están silenciosas.

La vacuna para la pandemia del totalitarismo globalista es el coraje y la valentía del reclamo de un mundo diferente al que muestra el telediario. Un mundo de ciudadanos libres, con pasado y con futuro. Sin miedo a nada ni a nadie, y mucho menos a un virus chino.