Sr. Director:

    Vivimos tiempos fuertes, y esto de contemporizar, poner de aquí y quitar de allí, aunque nunca fuera norma ni proceder en algunos, hoy sería suicida. Por eso se responde. 

    Bien sabemos que nuestros mártires de 1931 a 1939 estuvieron durante años olvidados. Que el honor que se les debía fue aparcado no tanto por conveniencias y miedos como por faltaba fe en la jerarquía. Pasado ese tiempo ignominioso, la llegada a la sede de San Pedro del cardenal Karol Józef Wojtyła, Juan Pablo II, fue el comienzo de lo que no ha parado de darse. Subsanar ese tremendo delito social a España y a todo el mundo católico, y ese gravísimo agravio a Dios, procediendo a beatificar y santificar a tantos hermanos nuestros, sacerdotes, religiosos y seglares que in odium fidei fueron asesinados por la horda roja desde el mismo comienzo de la Segunda República y durante nuestra Cruzada de 1936-39.  

​    Hablamos de la mayor y más cruel persecución de la historia contra la Iglesia católica, y la segunda gran persecución de la Historia contra Cristo. Siendo absolutamente injusto calificarles de “mártires del siglo XX”, porque la precisión espacio temporal es absolutamente necesaria en este genocidio satánico, sí queremos que su martirio por causa de la fe tenga la dimensión y los frutos que debe tener.  

    Hablemos entonces de los mártires de España en el período comprendido entre 1931 y1939, vejados, martirizados y asesinados por la horda roja: PSOE, PCE, CNT, UGT, Ezquerra Republicana, izquierdistas de todo pelaje y masones. Horda roja a la que se ha dejado mentir sobre este y otros asuntos. Y por cierto, ¿se acuerdan ustedes del cardenal Cañizares siempre del brazo de José Bono en todas las ceremonias de beatificación y canonización de nuestros mártires? 

    Por eso, aunque sepamos que el cura vive bajo las órdenes del obispo de  turno, hay en cuestiones en las que el sacerdote de Cristo no puede ceder, adocenado en su ministerio sagrado o cuando tiene que dar testimonio de la fe de sus hermanos como ejemplo que todo fiel católico debe asumir. Una fe que hemos recibo del Señor Jesús, y que se nos ha trasmitido primero por los Apóstoles, luego por los Santos Padres y siempre por la Tradición de la Iglesia de Cristo.