Estoy escandalizado por la información y las imágenes que nos llegan de la guerra que mantiene Ucrania por su independencia frente a la criminal invasión de Rusia. También estoy impresionado por la cantidad de acciones que Occidente está llevando a cabo en ayuda de refugiados ucranianos, acogiéndoles en su casa y ofreciéndoles ayuda. Especialmente me interpela la posición de Polonia, país que destaca en la acogida a refugiados y no transige con Rusia en su exigencia comercial, arriesgando su economía. Esta conducta la adopta un país que defiende su soberanía, frente a determinadas pretensiones de la Unión Europea, y asume una sanción nada despreciable.

Rusia se presenta como un Estado que pretende resucitar la extinguida Unión de Repúblicas, de corte nacionalista, por ser incapaz de acomodarse a la nueva estructura mundial que camina hacia la globalización y quizás a establecer un gobierno mundial. La posición contraria a la globalización es la de aquéllos Estados que quieren seguir siendo una unidad soberana, sin perjuicio de realizar colaboraciones internacionales, pero que no están dispuestos a ceder más soberanía, sino más bien a recuperar algunas de las competencias cedidas, como Polonia, que precisamente es el país que más ha dado la cara en apoyo a Ucrania, mientras que la europeísta Alemania parece que está esperando que pase el temporal, y mientras recibir y pagar el gas ruso.

¿De verdad le interesan a Occidente las vidas del conflicto ruso-ucraniano? He buscado información de las víctimas de la guerra por la independencia de Ucrania y he encontrado, sorprendentemente, que aproximadamente, se han producido 25.000 víctimas de rusos, y unas 10.000 víctimas de Ucrania, aunque estas cifras pueden estar afectadas por la guerra psicológica que van aparejadas a todos los conflictos. También he buscado información de las guerras que existen hoy en el mundo. Contando sólo las nueve guerras que provocan más de 10.000 muertos al año, se han producido  1.787.000 víctimas, incluyendo la invasión de Yemen liderada por Arabia Saudí, que ha causado unas 60.000 víctimas; las guerras civiles tanto en Siria como en Somalia con unas 500.000 víctimas cada una, existiendo otras con menor número de víctimas hasta completar el total. Víctimas a las que se les permitió nacer. Sin embargo,  anualmente en todo el mundo se producen más de 50 millones de abortos, víctimas inocentes eliminadas violentamente en la etapa intrauterina.

Hay que preguntarse por qué nos llega tanta información de los crímenes y violaciones en Ucrania, y apenas nos llega alguna sobre el resto de los conflictos que existen en el mundo. La riqueza de los países en guerra puede ser mayor o menor, pero si no nos amenaza, es fácil dejar de informar, con lo que esos conflictos van cayendo en el olvido. Las instituciones globalizadoras por su parte tratan de contener el crecimiento de la población mundial segando vidas antes de su nacimiento, lo que eufemísticamente califican de “interrupción voluntaria del embarazo”, cuando todos sabemos que es imposible reanudarlo, y justifican el crimen como defensa de los nacidos ante el excesivo crecimiento de los que iban a nacer.

Entiendo que lo que provoca la reacción ante la muerte y violencias de las víctimas del conflicto ruso-ucraniano que no dejan de ocupar noticias destacadas en todos los medios, es porque nos sentimos amenazados, no encontrándole  otra explicación que la preparación de la opinión pública para el caso de que el conflicto se produzca a nivel global, con una guerra nuclear, “que nos afecte”. Y paralelamente esto también explica la poca reacción ante los demás conflictos mencionados y que se debe a que nuestra sociedad no se siente afectada. Y por triste que resulte, creo que es asimismo el control de la población mundial, para que su exceso no nos afecte, lo que fundamenta la eliminación de los concebidos y no nacidos.

Insistamos en condenar la invasión de Ucrania, pero no releguemos la condena de las vidas que se pierden, en las  guerras menos mediáticas y apoyemos a las madres para que no dicten la pena de muerte a sus hijos antes de su nacimiento.