Las consideraciones del artículo anterior exploraban los posibles escenarios después de que terminen las hostilidades; nadie sabe cuándo será ni cómo será resuelta esta situación, pero independientemente de ello entramos en un mundo nuevo, una era de conflicto abierto no sólo militar, sino en varias otras dimensiones.

No dedicaré mucha más atención a las groseras manipulaciones y la propaganda de guerra de bajo nivel omnipresente el nuestros medios; excepto para apuntar nuevamente que no veo claro, ni mucho menos, que los rusos sean tan incompetentes como nos quieren hacer creer. Menos aún es creíble que sean un “tigre de papel” con reservas y capacidades muy limitadas, como parece ser el convencimiento de muchos. Lo que yo veo en todo ello es mucha auto-complacencia occidental y una repetición acrítica de todo lo que viene de fuentes ucranianas; pero también y sobre todo, una actitud constante de subestimar a Rusia.

Ello es evidente no sólo en el terreno militar sino en el económico y el político, apurando diría incluso en el psicológico y en el cultural. Y es que el globalismo occidental parece convencido de una serie de cosas cuando menos muy discutibles:

Que puede hundir a Rusia con sus sanciones económicas, expulsando al país del globalismo a tela de araña en cuyo centro están las élites financieras angloamericanas, como si nada ni nadie pudiera sobrevivir fuera de éste.

Que sancionando a oligarcas y empresas van (por así decir) a “vencer y convencer”, demostrando que “el crimen no paga” y poniendo en dificultades al gobierno ruso, o incluso provocando una lucha interna.

Que con las ridículas sanciones culturales, el histerismo de masas que han alimentado, la constante propaganda en sentido único y las operaciones de guerra psicológica (PSYOPS) van a convencer a los rusos de lo malos que son; o al menos van a convencer de ello a los rusos “buenos” poniéndoles en la humillante situación de deudores morales para que se revuelvan contra su gobierno.

Sin duda estas líneas de guerra no convencional perjudicarán a Rusia y le crearán graves problemas. Ahora bien, si miramos las cosas con más atención, no sólo es muy dudoso que de esta manera se consiga hundir y humillar al país euroasiático sino que, además, todo ello bien se puede volver como un boomerang contra el sistema del globalismo occidental, sabotear la creación de esa tela de araña, debilitar la resistencia de sus hilos y en realidad permitiendo a Rusia escapar de ellos.

Dejando el tema del boomerang para el siguiente artículo me ocuparé aquí de la cuestión más limitada, pero más actual y decisiva en este momento, de si Rusia puede sobrevivir económicamente a la hostilidad de Occidente, al bloqueo económico y financiero, en breve a la guerra económica que acaba de empezar y no terminará ciertamente con el cese de las hostilidades  militares. Me parece que entre nosotros, sin duda a causa de ciertas anteojeras mentales persistentes, se comete un grave error de valoración y se menosprecia a Rusia; se la considera una nación económicamente débil, que necesita a Occidente, que poco más o menos terminará mendigando volver al redil.

Contribuye a este error óptico el excesivo peso, en general, que le damos al PIB cuando es una medida útil pero que no vale para todo. El PIB de Rusia es bajo relativamente a otros países occidentales, sobre todo teniendo en cuenta el tamaño y población del país. Sin aburrir a los lectores con estadísticas económicas, baste saber que es unas quince veces inferior al de EEUU y del mismo orden de países como España, Corea del Sur, Australia o Canadá.

¿Significa eso que se trata de un país, hablando en general, quince veces más débil económicamente que los USA, que ha de tener el mismo peso que España, Canadá o Australia con las implicaciones industriales, políticas y militares de esa baja colocación en el ranking mundial?

De ninguna manera es lícito este razonamiento de grano tan grueso que viene de tomar esta medida macroeconómica al pie de la letra y darle un valor absoluto. El PIB hablando en términos sencillos mide el volumen de la actividad económica de un país, el valor de la producción de bienes y servicios. Tiene una relación, desde luego, con el bienestar económico y la riqueza de su población, con la capacidad de mantener un aparato militar y con la fortaleza de su economía en un mercado global; pero no es lo mismo y esa relación no es tan directa como parece.

Para empezar, si consideramos el PIB en paridad de poder adquisitivo (PIB PPA) es decir corregido con el nivel de precios general en el país, el PIB ruso es bastante mayor y se acerca al de Alemania. Esta medida es más adecuada si nos interesa el nivel de vida general y también la capacidad de mantener un aparato militar, siempre y cuando el país sea autosuficiente en armamentos como es el caso de Rusia. Sigue habiendo una gran diferencia con EEUU, pero muy inferior a la que parecería considerando el PIB nominal.

Además el PIB mide todos los ramos de la actividad económica incluidos los servicios de un sector terciario que está mucho más desarrollado en Occidente, por no decir hipertrófico; hay que preguntarse si mucha de esa actividad económica es realmente importante o necesaria o, por así decir, simple hojarasca generada precisamente por el paradigma del crecimiento económico a ultranza. Ahora bien por muy difícil que sea definir el elusivo concepto de hojarasca económica (por no hablar de medirlo de alguna forma) está claro que en una situación de crisis, emergencia o guerra híbrida  se separa lo que es hojarasca y lo que no como la ganga del mineral, revelándose la verdadera fuerza económica de una nación.

Que la verdadera fuerza económica de Rusia es mayor de lo que parece es evidente considerando parámetros industriales como la producción de acero (al nivel de los EEUU) y la extracción de importantes materias primas como petróleo, gas, carbón. La industria militar es la segunda en exportaciones del mundo con la mitad del volumen de EEUU y además Rusia es un suministrador importante de varias materias primas estratégicas. Por tanto no está en una posición tan débil como parece, tanto en lo relativo a la fortaleza interna de su economía, como en sus posibilidades de comercio exterior, sus riquezas naturales, su agricultura; sin olvidar que tiene una población con un alto nivel de educación y no es segundo a nadie en nivel científico y tecnológico.

La verdad es que Rusia tiene suficientes recursos materiales, intelectuales y económicos para volver la espalda a Occidente. Sobre todo cuando hay países muy importantes están dejando claro que no van a aceptar imposiciones ni a tolerar que les digan, desde Washington, con quién pueden comerciar y con quién no. China, India y Pakistán están marcando el camino, con acuerdos comerciales y maneras de mitigar o eliminar la dependencia de los sistemas bancarios y financieros controlados por Occidente. Quizá Rusia no sea totalmente autosuficiente, sin pagar un precio prohibitivo, pero desde luego no parece que vaya a encontrarse aislada del resto del mundo; por mucho que los medios se hayan apropiado de la expresión comunidad internacional como seudónimo de Occidente o incluso solamente Estados Unidos.

Hay sin embargo un campo donde Rusia parece tener una debilidad importante: los componentes electrónicos avanzados y los chips que no produce en grandes cantidades. La producción mundial de estos componentes está mayormente situada en países asiáticos como China y Taiwán, pero actualmente depende, en manera decisiva, de patentes y herramientas que controla la superpotencia americana. Que por tanto podría ensayar un bloqueo de suministros de estos componentes electrónicos.

Esto sería grave en cuanto a la electrónica de consumo y la investigación en alta tecnología, al menos en un primer momento. En cuanto a la industria y tecnología militar rusas, habrían sido muy negligentes si no tuvieran una solución para ese talón de Aquiles. Aparte de lo anterior, otros países son también capaces de desarrollar o copiar esas tecnologías en caso necesario,  y sacudirse esa dependencia tan condicionante; algo que sería incentivado por las necesarias injerencias y el control que sería necesario ejercer en la producción y la economía de terceros países, China por ejemplo, para lograr de verdad que Rusia se quedara sin componentes electrónicos avanzados.

Terminando ya este artículo algo prolijo y considerando todo lo anterior, la respuesta a la pregunta con la que he comenzado me parece claramente negativa: Rusia no sólo puede resistir a un Occidente hostil sino que una parte de ese Occidente (Europa) tiene bastante que perder con ello, mientras que otra (EEUU) saldrá beneficiada. Rusia no va a colapsar económicamente por ello, como parecen pensar los analistas occidentales, que en su arrogancia y petulancia globalista-neoliberal, dan por fracasado e inviable un país que no siga sus parámetros y se ponga fuera del sistema occidental.

Dejo para el siguiente artículo el examen de otras razones, algo más sutiles y menos evidentes, por las que esta guerra híbrida del globalismo para castigar a Rusia, en realidad debilita las bases mismas sobre las que basa su poder y su proyecto de Nuevo Orden Mundial.