Hace poco más de medio siglo Occidente implosionó culturalmente en el Mayo de 1968, la revolución pregonada por marxistas, anarquistas, desnortados y oportunistas. Los jóvenes, que entonces enarbolaban banderas rojinegras y retratos de Mao, fueron los protagonistas de un fracaso en lo político y económico, pero de un triunfo en lo cultural.

El Mayo Francés dejó como resaca la liberación sexual, la despenalización del consumo de drogas, el divorcio, el aborto, las uniones homosexuales, la deconstrucción de la familia, y acabó hoy en el discurso hegemónico de la dictadura de la corrección política. En el 2021, sus herederos ideológicos pasaron de “la imaginación al poder” como lema, a ejecutar el dictado del poder de la elite mundial.

La izquierda pasó en medio siglo de luchar por los pobres, el proletariado, los oprimidos y los trabajadores, a reivindicar el homosexualismo, la transexualidad, el feminismo, el animalismo, el lenguaje inclusivo, el veganismo, y la transición verde, ecológica y digital para los ricos. El sesentayochismo y su revolución cultural intraburguesa acabaron en la consolidación del discurso progresista como vehículo cultural del globalismo. Pura farsa e hipocresía.

¿Que dejaron Daniel Cohn-Bendit y sus secuaces con sus barricadas, flores, piedras y lemas como “¡Haz el amor y no la guerra!” o “¡Prohibido prohibir!”? ¿Cuál fue su legado? La respuesta es fácil. El capitalismo no se derrumbó sino todo lo contrario. Las estructuras de poder se afianzaron y se expandieron mundialmente. La izquierda después del 68 dejó de representar al proletariado, a los trabajadores, a los pobres y oprimidos para vehiculizar el discurso único del poder global. Su triunfo ha sido el derribo de los valores tradicionales, cristianos, morales, religiosos y la radicalización de la permisividad extrema en las conductas y costumbres sociales. Hoy se ha consolidado el relativismo moral, el imperio del deseo, la deificación del sujeto y el individualismo de masas. El mundo utópico del 68 es el mundo distópico del mundo uniforme homogeneizado sin razas, pueblos, culturas, historia ni fronteras.

La vieja izquierda que clamaba por la libertad y la liberación hoy lo hace por el toque de queda, el estado de alarma, la restricción y el confinamiento en el marco pandémico ideal para el advenimiento de la utopía global. Hoy en el poder, ordenan y el resto obedece. Y lo hacen por el bien del planeta, transicionando ecológica, digital y sexualmente hacia la nueva normalidad. Los Dany el rojo del 68 han acabado como instrumentalizadores culturales de la revolución tecnológica y mediática, las Big Tech, las altas finanzas, el Estado profundo mundial y el modelo social del control total chino. La otrora contracultura de hace medio siglo es la cultura oficial del Nuevo Orden Mundial.

La sociedad contestada por el sesentayochismo era una sociedad también hipócrita, injusta, contradictoria y viciada de miseria y corrupción; pero el remedio resultó peor que la enfermedad. Por entonces hubo quienes se opusieron al caos y deconstrucción, pero han terminado pregonando en el desierto. La batalla cultural comenzó a perderse ahí por parte del bando de la Tradición y la Civilización. Occidente empezó lentamente a suicidarse en las barricadas de París y en el momento en que las madres comenzaron a querer parecer más jóvenes que sus hijas. En Mayo del 68 se inició el recorrido hacia el triunfo absoluto del capitalismo global, la perdida de las soberanías, las identidades y las culturas de Europa como paradigma de Civilización.

Recordemos también que el 68 no solo fue solo permisividad sexual, relativismo moral, liberación del deseo y el goce burgués radicalizado, sino también fue el germen que derivó en la locura y violencia terrorista de la Baader-Meinhof, las Brigadas Rojas, ETA, Montoneros o Tupamaros. Medio siglo después el fenómeno guerrillero fue banalizado convirtiéndose en un producto más del mercado globalmente aceptado en mayor o menor medida, de una u otra manera.

Es mayo de 2021 y tiempo también empezar a pensar como neutralizar el 68 que se repite una y otra vez como una pesadilla recurrente o como una mutación de un virus que busca el contagio permanente.