Charles Darwin no tuvo conocimientos genéticos porque vivió antes de George Mendel quien publicó en 1865 sus leyes. Por ello los cambios graduales que Darwin observó en los animales, los había interpretado él   no, como una adaptación natural al medio en el que vivían los animales, sino como “El origen de las especies”, y así tituló su famosa obra en 1859, seis años antes que la de Mendel.

Son esencialmente distintos los cambios de adaptación al medio dentro de cada especie, que el salto de una especie a otra, dada la naturaleza cromosómica de la genética que hacen imposible los cambios graduales, o poco a poco, que Darwin observó en las especies que estudió. Lo esencial es definir el concepto de “especie”.

La genética se ha desarrollado enormemente y se sabe que el núcleo de cada una de las células de una especie, el número de cromosomas, portadores de los genes, es fijo,  siempre número par y siendo independiente del tamaño del animal el número de cromosomas que tengan, así la vaca tiene 60 (30 pares), la paloma 80 (40 pares), el elefante 56 (28), la hormiga 2 (1) y la mariposa agrodiaetusm ¡¡¡268 cromosomas!!!  ¿Y por qué tiene que ser par el número de cromosomas? Porque las células sexuales tienen la mitad de cromosomas, por tanto las células sexuales, espermatozoides y óvulos, de la vaca 30 cromosomas, no 60 como el resto de las células. La especie humana tiene 46 (23) cromosomas y al fecundar el espermatozoide al óvulo, cada célula aporta sus 23 cromosomas y la célula hija, tiene de nuevo 46 cromosomas es decir dos cadenas de 23, que se unen como las dos partes de una cremallera.

Como es fácil de suponer la información que contiene cada cromosoma es diferente de una especie a otra, por eso la información que contienen los cromosomas de la jirafa portan distinta información de la que portan los de la polilla, aunque ambos tengan 62 (31) cromosomas. Esta configuración distinta de la información que hay en los cromosomas de cada especie se llama cariotipo que refleja toda la ingente información genética de cada individuo, presente en cada núcleo de cada una de las células.

Se dan casos de animales diferentes pero próximos, como el león y el tigre, que no se cruzan porque no se reconocen de la misma especie, pero ambos tienen 38 (19) cromosomas y se ha logrado algún cruce, lo que nos lleva a pensar que son de la misma especie, y que por la selección natural que explicó Darwin, se adaptaron a medios tan diferentes que les llegado a dificultar la relación entre ellos.

Un caso revelador es el cruce del caballo con 64 (32) y el asno con 62 (31) cuyo cruce da lugar a un mulo que se presenta con 63 cromosomas,  y que al no tener un número par de cromosomas, no puede dividirse en dos, para producir células sexuales con la mitad de cromosomas. Es un híbrido estéril. Por tanto se puede concluir que sólo los ejemplares que pertenecen a una misma especie pueden reproducirse y es imposible que se produzcan cambios graduales en el número de cromosomas, porque el número de cromosomas es un número natural, y por tanto no puede tener decimales, que pudieran avalar la teoría de un cambio gradual y es impensable que se modificase el número de cromosomas manteniendo la información que porta el cariotipo, y menos probable aún que esos cambios se produzcan al tiempo y con el mismo contenido  en un macho y en una hembra. Siempre que se da por buena la teoría de que el hombre desciende del mono, se prescinde de entrar en la capacidad de reproducirse, ya que si eran compatibles para reproducirse eran de la misma especie y si no lo eran, tendrían que investigar el número de cromosomas y su cariotipo.

El origen de las especies es un misterio, pero en cualquier caso hay que descartar la selección natural que es simplemente el proceso de adaptación de los ejemplares de una especie a distintos medios.

Y en este punto no está de más una mirada al Génesis donde de una forma totalmente vinculado a la reproducción de las especies, se afirma:

            Y dijo Dios: verdee la tierra yerba verde, que engendre semilla y árboles frutales que den fruto según su especie… y la tierra engendró semilla según su especie, y árboles que daban fruto, y llevaban semilla según la especie suya. Y vio Dios que era bueno.

Creó, pues, Dios los cetáceos y  los animales… y que el agua hace pulular según sus especies, y las aves según sus especies. Y vio Dios que era bueno.

            Dijo todavía Dios: Produzca la tierra animales, reptiles y fieras según sus especies, los animales domésticos, según sus especies y los reptiles según sus especies. Hizo, pues, Dios las bestias salvajes de la tierra según sus especies.

Este texto además de la insistencia en repetir la referencia a las especies, igualmente repite con insistencia la expresión “Y vio Dios que era bueno, lo que nos indica que los pasos que se iban produciendo en la creación, estaban sometidos a una forma de verificación sobre su conveniencia, que, “mutatis mutandis”  bien puede interpretarse como una forma de la selección natural subsiguiente a la creación de las especies, donde los caracteres se van seleccionando tras la verificación de su conveniencia.

Así que se puede concluir que Darwin hizo un trabajo importante y meritorio, explicando audazmente los cambios que experimentan los individuos de cada especie para adaptarse al medio natural en el que viven, a través de la selección natural, pero debió titularlo “La adaptación de las especies” en lugar del “El origen de las especies”.