Dios está perdiendo las elecciones en Estados Unidos. El diablo debe estar regocijándose  en su infernal tugurio anticipándose a celebrar con sus esbirros una segura victoria electoral  que no nos extrañaría nada que fuera fraudulenta, pues los agentes del mal que siguen sus designios en la tierra no tienen escrúpulos a la hora de hacer cuantas trampas sean necesarias para conseguir su objetivo, que no es otro que el de desbaratar todo intento por parte de los políticos temerosos de Dios de guiar a sus respectivos pueblos  por el camino de la moral y de las buenas costumbres. Y los sistemas políticos democráticos son tan fáciles de manipular desde esas zonas oscuras del inframundo (y desde otras muchas zonas no menos oscuras de nuestro propio mundo) que estos hombres lo tienen muy difícil, por no decir imposible, para lograr su misión. En Estados Unidos, ese emisario al que la Divina Providencia eligió para que recondujera a su pueblo por el buen camino se llama Donald Trump. Su condena del aborto, su apoyo a las confesiones religiosas y al concepto de familia cristiana frente a los dogmas de la progresía feminista y del colectivo gay,  su firme defensa de la ley y el orden para proteger a los buenos y honrados ciudadanos  de la delincuencia, de la violencia callejera promovida por la izquierda y de una inmigración ilegal masiva que deteriora su pacífica convivencia  y hunde su economía, entre otros valores, todo ello es lo que  representa Trump. Si la Corte Suprema no puede corregir los posibles desmanes cometidos por el Partido Demócrata en el cómputo de los votos por correo en los Estados decisivos y Trump pierde definitivamente estas elecciones -en las que el bien se enfrenta como nunca contra el mal- su nación habrá perdido una oportunidad histórica de regenerarse moralmente. Y con ello también se vendrán abajo  las esperanzas de millones de personas de otros muchos países occidentales que, compartiendo sus mismos valores,  confiaban en un apoyo que viniendo de la primera potencia mundial, les permitiera librarse, más tarde o más temprano,  de ese “cordón sanitario” que  las fuerzas del sistema -los malos, en definitiva- pusieron sobre sus cuellos para estrangular toda posibilidad de alcanzar el poder y de regenerar a sus respectivas patrias sustrayéndolas de la todopoderosa progresía globalista. Si no lo evita un milagro, está llegando la hora, para quienes sentimos en el pecho encendida una chispa de la conciencia divina, de expresar nuestra pena  y nuestra rabia haciéndonos jirones la camisa. Porque expulsado de su puesto Donald Trump ya no habrá otro líder de su carisma que pueda enfrentarse con éxito al sistema corrupto de su país como él lo supo hacer, y veremos a América sumergirse en una degradación paulatina que ya no tendrá vuelta atrás y que nos arrastrará a todos los europeos por la misma senda. Y es que  personas como él no nacen todos los siglos.